El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 16 · Dos campanas #2
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16 · Dos campanas #2

Después hay un peso menor en las manos de Ana.

Lo frota con el lienzo. Espera una respuesta que no llega bastante fuerte y manda traer agua de la tinaja tapada, la de dentro.

Marina sostiene al primero mientras Brígida llena el jarro.

Ana recibe el agua y la vierte sobre la cabeza del segundo, a la vez que dice, para que la oigan las tres:

—Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El agua corre hasta el paño. Ana vuelve a secarlo. Mutia ve moverse la tela, una sacudida breve, y oye por fin una queja distinta del llanto que tiene al lado. Alarga la mano. La partera acerca el bulto lo suficiente para que pueda tocarlo.

No le dicen que duerma. Le acomodan la espalda y le ponen al primero en el pecho. Brígida aguanta la lámpara demasiado cerca, hasta que Ana se la hace retirar. El otro sigue entre sus manos. Cuando se mueve otra vez, la partera deja salir despacio el aire por la nariz.

Afuera cae una fruta o una rama. Ninguna se levanta para mirar.

Durante los días siguientes, la casa pasa delante de la puerta y deja cosas: un cuenco, lienzos, la comida que se enfría mientras Mutia intenta alimentar al que espera.

Han traído otra estera, pero es tan corta que el cesto tiene que quedarse fuera.

La ropa lavada cuelga ahora de una cuerda baja, tendida desde el poste hasta un hierro del muro.

Al abrir la puerta roza una de las prendas; Mutia oye el goteo aunque no la vea y sabe cuál lleva más tiempo puesta por la separación de las gotas.

Al principio pide que le alcancen primero al pequeño.

Después no siempre hace falta: el primero reclama con tanta fuerza que despierta al otro.

Ella aprende a cambiar de brazo sin incorporarse del todo.

Brígida dobla un paño para apoyar el codo y, cuando los dos empiezan a llorar, se queda con uno andando de la puerta a la tinaja.

No canta. Cuenta lo que le falta hacer en la cocina, repite un ingrediente, vuelve a empezar porque no se acuerda de qué iba detrás.

Ana pregunta cuándo llevarán al primero a la iglesia. Brígida responde que el capitán espera a los padrinos. Lo ha dicho el mayordomo. La partera se vuelve hacia Mutia, pero Mutia no tiene otro nombre ni otro día que darle.

Abril acaba con ropa pendiente de secar.

En la primera lluvia de mayo el patio se llena de un ruido tan parejo que durante un rato no se distingue el agua que cae del cielo de la que desborda las tejas.

Los extremos del corredor desaparecen detrás de cortinas oblicuas; los postes conservan un lado seco, claro, y otro casi negro.

De los tejados llegan fragmentos de hojas, un insecto grande que gira en un remolino, polvo acumulado que hace correr un agua parda hacia el desagüe.

Brígida sale a destaparlo con un palo, recogida la ropa hasta las rodillas.

Mutia la ve desaparecer detrás del tendido y reaparecer más lejos, agachada, sin más ayuda que la mano con que aparta el agua de la cara.

Una ráfaga alcanza los paños limpios del corredor. Se levantan juntos y golpean la barandilla; el extremo de uno cae hacia el patio. Marina lo sujeta desde abajo, pero al tirar arrastra los otros. Pide ayuda. El muchacho asoma por la cocina con la boca llena y tarda en entender de qué le hablan.

—Por arriba —le dice Mutia—. Sube.

Él intenta pasar detrás de Marina. Ella se aparta lo justo para dejarlo y el paño le cae sobre la cabeza.

Durante un instante no puede ver ni soltar lo que sostiene.

Mutia oye una palabra japonesa que ha oído pocas veces y sabe que esta vez no debe reírse.

Señala al muchacho la escalera con toda la mano.

Al fin sube; desde el corredor recoge una punta y espera instrucciones.

—Todo —le grita Marina.

Él levanta el resto. Del paño escurren hilos de agua sobre el patio. Brígida abandona el desagüe, se pone debajo y le manda que lo lleve a la sala. Hay sitio junto a la puerta, dice; que aparte las sillas. El muchacho pregunta si puede. La vieja levanta el palo que aún tiene en la mano.

El agua sigue bajando por la escalera cuando ya está todo a cubierto.

Marina se quita del pelo una hebra blanca, la examina y mira a Mutia.

Ahora sí se ríen, apenas, mientras la viuda escurre su propia manga.

El primero se despierta. Mutia lo levanta del regazo y el niño busca el pecho sin acabar de abrir los ojos.

Arriba han dejado la puerta de la sala abierta.

A través de los balaustres se ve el paño colgado del respaldo de dos sillas, con el extremo perdido detrás del friso de madera.

Detrás asoma una jarra puesta en la mesa de las visitas.

A Mutia le sorprende lo poca distancia que separa una cosa de otra.

Desde abajo la sala suele parecer más profunda: las conversaciones continúan mucho después de que las voces se hayan alejado de la puerta.

Al cesar la lluvia queda una frescura breve.

El cuarto huele a cal mojada, a leche, a los lienzos tibios que Mutia ha puesto sobre sus rodillas.

La claridad del patio alcanza ahora la pared del fondo y saca de la sombra una veta curva de la madera, cerca del suelo.

Uno de los niños duerme. El otro mantiene la boca abierta sobre el pecho, sin mamar, y ella espera antes de retirarlo.

Desde arriba baja una risa, luego el arrastre de una silla.

En el hueco del tejado, el cielo conserva un color entre azul y gris que va oscureciendo por los bordes.

Mutia puede mirarlo hasta que el niño vuelve a moverse.

Una mujer que ha parido hace poco viene a darle leche al primero algunas tardes.

Lleva consigo a su propia hija y la deja a su lado mientras amamanta al otro.

Si se despierta, Mutia la coge. La mujer le muestra cómo le gusta que le sostengan la nuca; después las dos tienen que intercambiar los niños, porque la niña no se conforma y el primero no quiere soltar.

Brígida, que pretendía pasar con una olla, espera en el umbral.

—Aquí ya no se cabe —dice.

Deja la olla fuera. Ninguna le discute eso.

El lunes veintiséis de mayo, a media mañana, se llevan al primero.

Mutia lo ha alimentado antes de que vengan por él.

Brígida le quita el lienzo usado y le pone el limpio; una mujer vestida para salir espera junto a la puerta y le indica que doble hacia dentro el extremo deshilachado.

No le pregunta a Mutia si puede cogerlo.

Se inclina, lo recibe con las dos manos y lo acomoda contra su cuerpo.

—Al Sagrario —dice Brígida, cuando ya lo tienen fuera.

Mutia acerca al segundo. Le pasa un dedo por la comisura de la boca para que se despierte lo suficiente. En el corredor hay calzado, una espada que choca contra el pasamanos, alguien que manda darse prisa mientras tarda más que los otros. El capitán pregunta por un paño. Brígida va a buscarlo.

La campana empieza cuando aún están saliendo. Cada golpe entra en el cuarto por encima de las voces, ancho, con un temblor que tarda en acabarse. Mutia cuenta. Al cuarto tiene que cambiar al niño de lado y pierde el siguiente. Sigue por donde iba.

Después cierran la puerta de la calle. Queda sola con el pequeño y con Brígida, que ha vuelto a la cocina.

La escalera no cruje. En el corredor alto, una hoja mal sujeta da una vez contra la pared y permanece allí, sin golpearse de nuevo.

Por la sombra del poste conoce el tiempo que tardará el sol en alcanzar la cuerda; antes habrá que retirar dos lienzos que no deben resecarse.

Trata de calcular si el primero estará de vuelta para entonces.

Ha dormido poco. El niño se le queda quieto entre los brazos y ella apoya la cabeza, pero un ruido del patio la hace levantarla enseguida. Brígida mueve la tapa de la tinaja. No han vuelto todavía.

Tardan cerca de hora y media. La casa empieza a llenarse antes de que aparezca nadie: risas en el corredor, el golpe de una jarra contra otra, un hombre que pide al muchacho que no deje el vino al sol.

Mutia distingue dos voces de mujer y la del capitán.

Otra voz, más fuerte, se detiene en la escalera.

—Diego, ahijado. Dejaremos que subas tú cuando sepas.

El hombre resuella al subir. Alguien le dice que no ha cargado con el niño ni un paso. Las risas pasan arriba.

Diego.

Mutia mira al pequeño que tiene en brazos. Está despierto, busca con la boca un pliegue de tela. Ella lo aparta y se acomoda la ropa antes de que traigan a su hermano.

De la sala llega el ruido de las jarras al dejarlas sobre la mesa.

Hablan a la vez. Brígida entra con una fuente de dulces, vuelve por otra cosa, pide sitio a quien no puede oírla desde allí.

El hombre de la escalera ha empezado a repetir algo.

Levanta la voz al decir «hijo legítimo».

Luego baja, se pierde una parte; Mutia alcanza «del capitán Hernán de Silva» y, detrás, «doña Juana de Ribera, su mujer, difunta».

Alguien pregunta qué ha dicho el cura.

—Eso. Difunta.