El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 16 · Dos campanas
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16 · Dos campanas

El cuarto se aclara por abajo. Primero aparece la rendija de la puerta, después el pie del cesto y, cuando el sol alcanza la pared del patio, una claridad devuelta por la cal permite distinguir las cañas del techo.

Mutia puede quedarse tendida un poco más.

Desde que el vientre le impide levantar las tinajas, Brígida llena el primer cántaro antes de llamarla.

Lo deja fuera, a un paso del umbral, y ella lo reparte con un jarro.

En los primeros días no había sabido adónde daba la pared del fondo.

Lleva ocho meses conociendo lo que hay detrás: una cocina separada del cuerpo principal por un trecho sin cubrir, el cobertizo de la leña, una puerta estrecha por donde entran las aves vivas y salen las cenizas.

Nada de eso puede verse entero desde su cuarto.

Se anuncia por partes: las patas de una gallina atada, un extremo de tronco que tropieza en el poste, el revuelo gris del cesto vaciado demasiado cerca.

Más allá de la cocina hay un muro. Por encima asoman unas hojas largas, desgarradas en tiras, que se doblan todas a la vez cuando llega viento. No ha visto el pie de la planta.

Desde la puerta del cuarto, la casa se abre en altura.

La escalera sube por el lado opuesto del patio, se detiene en un descansillo y vuelve hacia una galería que une las habitaciones.

Los balaustres están más juntos donde han sustituido un tramo; al pasar detrás de ellos, una falda oscura parece deshacerse en tiras y reunirse al llegar a la puerta.

Por debajo queda el paso hacia la calle, ancho para que entren dos hombres cargados, aunque los cestos casi nunca les permiten ir a la par.

A mediodía ese paso guarda una sombra compacta.

De la gente de fuera se ven primero los pies, iluminados hasta el tobillo; luego aparece el resto, y la voz cambia cuando alcanza la parte cubierta.

Mutia ha ido separando las distancias por las voces.

El vendedor detenido en la calle debe llamar dos veces; quien ya ha atravesado el zaguán habla con el muchacho sin que Brígida deje el fogón; el que llega al patio consigue que alguien levante la cabeza.

Los carros no caben por el paso. Se quedan fuera, y durante la descarga el ruido de la calle entra en ráfagas: un eje que chirría, el aliento de un animal, una discusión cuyo principio nadie de dentro ha oído.

Cuando acaban, vuelven a encajar las hojas de madera.

Por encima, la casa sigue abierta al cielo.

La planta de arriba tiene suelo de madera.

Abajo, las paredes gruesas conservan una humedad que las mañanas no disipan; al mover una estera, aparece el olor de la piedra bajo el olor del tejido.

Una gotera ha abierto un hoyo junto al último peldaño.

Durante las lluvias se llenaba antes que los demás, y Mutia ponía allí un tiesto roto para que el agua no saltase contra la ropa.

Ahora está seco. En su fondo ha quedado una semilla que nadie recuerda haber tirado.

Brígida la toca con la punta del pie al pasar y dice que, si prende, tendrán que subir al cuarto alto por el árbol.

Mutia aparta el tiesto. La vieja vuelve a ponerlo.

—Por si llueve.

Al lavar, hay que empezar por los paños de la mesa de arriba.

El agua de su aclarado sirve para la ropa basta; la última, para el suelo de la cocina.

Las cenizas buenas se guardan aparte. El hombre que trae pescado deja una pieza pequeña a Brígida, pero no siempre: si la entrega grande está pagada, se olvida.

Mutia ha aprendido a reconocerlo en la voz con que pide que le abran.

El muchacho de los recados come en la cocina cuando su madre puede mandar arroz; los días en que no lo manda, se queda alrededor hasta que alguien le pone delante un cuenco.

Brígida dice que ha venido por una cuerda y tarda mucho en encontrarla.

Mutia deshace entonces el nudo más difícil de la colada, sin mirar hacia donde comen.

Conocía de ese modo las casas del barangay: por lo que se debía y por quién podía pedirlo sin bajar la voz.

Aquí le ha llevado más tiempo. Una camisa vuelve tres veces al agua porque al dueño no le gusta el olor; la del hombre que carga los cestos se seca con una manga todavía oscura.

La olla pequeña permanece junto al fogón hasta que han retirado la grande.

Desde su sitio, Mutia alcanza el mango sin levantarse.

El humo sale por el techo de la cocina y, si no corre aire, baja después al patio, donde se sostiene a la altura del corredor como una tela que nadie termina de recoger.

Marina empezó a venir en septiembre. Brígida había preguntado en Dilao por una mujer que lavara sin devolver los cuellos quemados de lejía.

La primera vez entró detrás del cesto, de modo que Mutia vio antes la ropa que su cara.

Ninguna de las dos dejó lo que llevaba en las manos.

Marina apoyó el cesto contra la cadera y preguntó dónde tenían el agua.

Más tarde, en el cuarto, sacó del fondo una camisa de Mutia.

La había traído entre los paños de la casa.

Debajo estaban las otras prendas que habían quedado en Dilao, dobladas como para un viaje corto.

Mutia hundió la cara en la primera: olía a caña guardada, a humo frío, al hueco donde había dormido.

—La comida de aquella noche —empezó Marina.

Mutia sacudió la cabeza. Dejó la camisa sobre las rodillas y buscó el borde de otra. Marina le ayudó a separar dos prendas que se habían prendido por una hebra. No acabaron la frase.

Desde entonces viene dos días por semana, a veces tres.

Trae noticias pequeñas: se ha hundido un escalón, han tenido que mover una barca, Inés sigue llevando agua.

Los hijos ayudan más. Lo que le debe, dice Inés, continúa aparte.

Mutia no manda a nadie a cobrar. Cada vez que cambia de ropa pasa a la limpia sus dos nudos: el oro reservado para conseguir la copia de las tierras y la cuenta azul, que necesita menos tela.

Los aprieta en el dobladillo interior, separados.

Al final, por mucho que cuide los pliegues, uno pesa más.

El capitán no entra en el cuarto desde octubre.

Mutia reconoce su paso arriba antes que las palabras.

Cuando sale, la escalera cruje en el mismo lugar; los días en que se detiene, alguien tiene que pasar por su lado con la carga y él se impacienta.

Ella sigue desgranando, doblando, separando las espinas.

A veces tarda en advertir que ya no se oye nada.

Hay un arca bajo el corredor, a la que no debe acercarse con agua.

Una mañana el mayordomo ha leído de una lista: «Ropa de doña Juana de Ribera», y Brígida ha ido levantando las piezas para contarlas.

Mutia, sentada junto a la pared, solo veía lo que sobresalía del borde: una manga, el envés de un bordado, una raya de seda que conservaba el doblez.

Volvieron a guardarlo todo. Desde entonces han cambiado el arca de sitio dos veces para apartarla de la humedad. Nadie ha repartido la ropa.

En marzo se acaba el verdín del primer peldaño.

El muro se vuelve blanco hasta abajo y la tinaja exterior conserva al anochecer el calor del día.

Para dormir, Mutia acerca la estera a la puerta, pero no puede dejarla abierta: los insectos de la lámpara vienen a posarse en la tela húmeda de su pecho.

Brígida le consigue un pedazo de tejido ligero y lo cuelgan de una caña.

La abertura sigue dejando pasar aire. Detrás del paño, el patio se reduce a una mancha clara con el poste en medio; cuando alguien cruza, su sombra aumenta antes de que se oigan los pasos.

Una noche de abril, Mutia despierta porque la estera le hace daño en una cadera. Se vuelve. El dolor continúa cuando ya no apoya allí.

Espera a que pase y llama a Brígida.

La vieja viene sin luz. Pone la mano en el vientre, espera también y va a buscar la lámpara.

Después despierta al muchacho para que avise a Marina y traiga a Ana Maganda.

Mutia oye discutir dónde encontrarla. Brígida se lo repite más despacio, esta vez separando el nombre de la casa en que debe preguntar.

El muchacho sale. La tranca cae en su hueco.

Durante un rato queda el cuarto demasiado grande.

Mutia se sienta contra la pared y acerca los talones.

Entre un dolor y otro distingue cosas que había dejado de ver: el remiendo del paño colgado, tres hebras sueltas junto al borde, la sombra de una pequeña araña, inmóvil sobre la caña.

En el patio han encendido otra luz. Llega un olor de agua calentándose y luego el golpe de una tapa que Brígida prueba en una olla distinta.

Mutia pide que quite un poco de leña. La mujer asoma la cara, ve cómo tiene los brazos sujetos a las rodillas y vuelve al fogón sin discutir.

Ana entra limpiándose los pies. Se inclina junto a ella; Mutia reconoce la presión de los dedos antes de reconocer la voz. La partera le ha puesto una mano sobre el antebrazo, donde la cicatriz cambia la tirantez de la piel.

—Aquí no te apoyes tanto.

Marina recoge la ropa del suelo. Desata el tejido colgado en la entrada para que pase aire y lo dobla sobre un cesto.

Se queda junto a la puerta, de espaldas al patio.

Brígida no deja de ir y venir con recipientes que Ana unas veces acepta y otras aparta.

La lámpara alumbra mejor cuando nadie pasa delante; entre dos movimientos, las cuatro sombras se fijan un instante en las cañas del techo.

El primero llora antes de que Mutia pueda verlo. Ana lo envuelve y se lo entrega a Marina. Le pide a Brígida un paño limpio.

—Otro.

Brígida le muestra el que tiene. La partera levanta la cara.

—Viene otro.

Mutia oye el llanto muy cerca de su rodilla. Quiere volver la cabeza, pero el dolor se lo impide. Marina cambia al niño de brazo; una esquina de la envoltura toca la estera y Brígida la recoge sin dejar de sujetar a Mutia.