15 · Cerrar la porta #2
Lo acerca al vano. La blancura se divide en colores tenues que desaparecen cuando los busca de frente.
En el centro hay una flor hecha de cinco piezas; sus juntas son tan finas que debe moverla para contarlas.
La placa de abajo sigue entera bajo la flor.
Alrededor corre un cerquillo de cobre, bien ceñido, con la unión recogida a un lado.
Pasa la uña por el encuentro. No encuentra un extremo levantado.
Ha visto objetos de concha en los puestos de los chinos, pero no recuerda uno montado de esta manera sobre metal.
Tampoco le parece trabajo de los plateros que conoció al pasar por Nueva España.
No hay una pieza suelta que pueda separar sin herramienta.
Mira el mango, su arranque grueso, el borde que el cobre deja libre.
Por ahí asoma otro color. Lo frota con el paño; el color permanece.
Vuelve el espejo.
Tiene la barba de cuatro días, blanca en dos lugares que a esta luz se ven más.
Una raya de sudor le baja junto a la nariz.
Desvía el disco y la cara se alarga un poco antes de salir de él.
Lo devuelve frente a los ojos: metal claro, limpio, sin una flor ni un animal grabado.
Se toca el punto donde se ha golpeado el hombro. Va a salirle un cardenal.
En la palma pesa menos de lo que prometía el brillo.
Un platero tendría que descontar la concha; pagaría el metal que pudiera sacar y luego diría que desmontarlo también cuesta.
Vendido entero, quizá. Un comprador que gustase de la labor.
Lo prueba contra la manga: cabe, pero tira de la tela hacia abajo y obliga a doblar el codo. En la faja se lleva mejor.
Por esto no hacía falta.
Se había guardado lo primero que relució.
Ahora tendría que andar preguntando quién compra una pieza así, exponerse a que le ofrecieran poco, llevarla de una casa a otra.
Vuelve a mirar el borde amarillento. Ni siquiera era todo del metal que parecía.
Acerca el espejo a la porta para ver si la blancura del frente continúa hasta el canto, y el sol le alcanza los nudillos.
En cubierta acaban de decir las once. La luz cae muy inclinada por el vano, rozando la mesa.
Hernán pone el disco cerca de la abertura, casi tendido, y vuelve el canto hacia sus ojos.
Algo claro atraviesa el mamparo de enfrente.
Levanta la vista: una mancha redonda, no mayor que un plato, se ha detenido sobre la cal, a dos pasos de él. Hay algo dentro.
Mueve el espejo para ver el resto del borde. La mancha sube de golpe y se corta contra una junta de las tablas.
Lo baja.
El círculo vuelve. Dentro hay un animal levantado, las patas delanteras separadas; debajo, unas ramas gruesas o unas raíces. A su lado sube un tronco y en él se enrosca otra cosa. La luz que atraviesa la porta le da ahora en la muñeca. Con el disco delante, el resto del mamparo permanece oscuro.
Se le mueve la mano. El animal salta de una tabla a otra, se estira y pierde la cabeza contra una franja de cal caída.
Hernán aprieta el mango; solo consigue que tiemble más.
Busca el borde de la mesa sin quitar los ojos de la pared.
Cuando apoya la muñeca, la figura deja de dar aquellos saltos y se sostiene, con un movimiento lento, casi el de la nao.
Es un león.
No está en la cara del espejo. La ha tenido delante de los ojos; la baja un poco para comprobarlo y el león se va del mamparo.
Al devolver el disco a su sitio, regresa.
Tiene las garras alzadas y la cabeza vuelta a la derecha de quien lo mira.
Hernán conoce el león de los escudos y los sellos; lo ha visto demasiadas veces para no echar de menos la otra postura.
Este parece vuelto hacia la parte equivocada. Podría haber una razón. No sabe cuál.
El tronco tiene un ensanchamiento bajo las ramas.
La forma enroscada lo cruza una vez y después vuelve a aparecer.
No alcanza a decidir dónde acaba: una costura de madera le atraviesa el cuerpo.
Adelanta la cabeza, sin separar la muñeca de la mesa, y el animal crece en su vista.
Detrás del mamparo suena un golpe. Se le contrae el brazo; el león cae hacia el suelo.
Hernán deja el espejo boca abajo sobre el paño.
La cal queda sola.
Mira el vano. Por él cabría pasar un barril pequeño, y ahora solo hay agua, una cuerda que oscila fuera, el borde oscuro de la tapa.
Se incorpora para alcanzar el cabo de la porta.
La madera se resiste al primer tirón. Necesita soltar más cuerda, dejar que el peso ayude; tira otra vez y la tapa empieza a bajar.
Al cortarse el sol, la mesa pierde su raya blanca.
Hernán empuja la hoja contra el marco. El cerrojo no entra.
Tiene que mantener la tapa apretada con una mano y levantar el hierro con la otra. Lo introduce hasta el fondo. Después pone las dos manos, una contra la madera y otra en el cerrojo, y prueba que no pueda abrirse.
Tarda en distinguir de nuevo las cosas. Por la puerta de la cámara llega una claridad gastada; dos rendijas dejan líneas en el canto de la mesa.
Toca primero el paño y luego el mango. Dobla la tela sobre el disco, recoge la punta de abajo y vuelve a envolverlo.
La flor de concha queda cubierta. Aprieta el paquete con suficiente fuerza para que no pueda deshacerse una vuelta al rozar la ropa.
Cuando sale, se ha dejado el sombrero. Regresa a buscarlo y lo encuentra donde estaba. La porta sigue cerrada.
El maestre recibe otra relación junto al escribano.
Detrás de ellos se ha juntado gente con los papeles enrollados para preservarlos del sudor.
Hernán espera fuera del toldo, aunque hay un hueco en la sombra.
En el astillero siguen aserrando. A esta altura distingue los dos hombres: uno encima de la madera, el otro debajo.
El de arriba se endereza cada vez que la hoja alcanza el final del recorrido y mira hacia el agua. Luego vuelve a inclinarse.
La bahía ha cambiado mientras él estaba abajo.
El sol ocupa la extensión que antes guardaban las nubes; cerca de tierra se ha formado una banda de agua lisa, de color más oscuro, sobre la cual una vela pequeña parece avanzar sin tocar nada.
La falúa aguarda pegada al costado. Uno de los remeros se ha tendido y tiene el sombrero sobre la cara.
Hernán calcula cuánto rato lleva dentro de la nao.
No ha oído pasar ninguna embarcación junto a la porta, salvo aquella proa que vio al entrar.
Se retira del borde antes de que el hombre de la falúa lo descubra y le pregunte si ya baja.
—Trabajos de concha —dice Hernán cuando el maestre levanta la cabeza—. Con metal. ¿Quién los hace aquí a la manera del Japón?
—En Manila encontrará quien los venda.
—Digo quien los haga.
El maestre llama al contramaestre, que está junto a la escotilla mandando recoger una eslinga. Le repite la pregunta a medias. El otro se acerca limpiándose los dedos en la costura del calzón.
—¿Grande la pieza?
Hernán junta las manos, dejando entre ellas el ancho del disco.
—Con cobre alrededor. Una concha blanca.
—En Dilao había un fundidor japón.
El contramaestre mira hacia la escotilla, donde han dejado de trabajar para oírlo. Hace una seña y la eslinga vuelve a subir. Hernán tiene el sombrero contra el vientre. El maestre pregunta si es para componer algo.
—Para saber el precio.
—Si es la concha, en el Parián se la tasan.
El contramaestre ya se ha alejado. Había.
El escribano llama a Hernán por su nombre, y él tarda lo bastante en responder para que levante la vista del libro.
Le señala la partida que antes quiso comprobar.
Hernán lee los doce fardos, las cifras y el destinatario; confirma. La pluma añade una línea debajo.
Va hacia la escala. Tiene que esperar a que acabe de subir un hombre cargado con un serón.
Desde la borda ve el banco vacío de la falúa y, en el agua que cabe entre ambos cascos, dos virutas que se separan y vuelven a encontrarse.
Detrás, bajo el toldo, el escribano reúne los papeles y cierra el libro.
Hernán baja sin pedir ayuda. Al llegar al último peldaño aguarda que la falúa suba hasta él. Se sienta y acomoda la faja. El paño sigue firme; debajo se nota el contorno del bronce.
El hombre de popa suelta el cabo. La nao se aparta de ellos, enorme, hasta que el primer golpe de remo descubre otra vez el cielo sobre sus tablas.
Hernán mira el banco, la borda y las piernas del remero que tiene enfrente.
Solo hay sol. Toca el paquete por encima de la ropa.
Al pasar junto a la popa vuelve a mirar alrededor, también en la sombra que el casco les echa un momento. No abre el paño.