El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 15 · Cerrar la porta
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15 · Cerrar la porta

El remero recoge la pala antes de que la falúa golpee el costado.

Hernán aguarda de pie, una rodilla contra el banco.

Desde abajo, las tablas de la nao tienen anchura de camino; la brea abulta en sus juntas, y en la parte que el agua alcanza a intervalos queda una franja verde que nunca acaba de descubrirse.

La escala cuelga encima de ellos. Ahora se aparta, ahora cae hacia la proa de la embarcación pequeña. El remero dice que espere.

Espera.

Han dejado atrás las embarcaciones que rodean el desembarcadero.

Entre una y otra pasaban puntas de pértigas, sombreros, un cesto alzado sobre los demás con gallinas dentro.

De aquí solo se distinguen las cubiertas bajas y el movimiento conjunto del agua al entrar bajo ellas.

Cavite se extiende sobre su lengua de tierra: techos oscuros, cobertizos abiertos hacia la ribera, montones de madera cuya sombra todavía guarda la lluvia.

Al fondo de un tinglado brilla una sierra cada vez que sale de la tabla.

Las casas parecen apoyadas unas contra otras por falta de suelo.

Más allá, la playa se estrecha y desaparece detrás de los cascos fondeados.

El hombre de popa afirma el bichero. Hernán pasa a la escala cuando sube la falúa, carga el peso y gana dos peldaños antes de que la embarcación baje.

Lleva la espada recogida para que la vaina no se encaje entre los maderos.

A mitad del costado le llega un olor espeso de madera mojada, grasa y comida que desde el agua no alcanzaba.

Dos hombres le dan paso en la borda sin ayudarlo.

—Hasta que baje —dice a los remeros.

El de popa levanta la cara. Ha pedido que lo aguarden, y ahora tendrá que pagar la espera. Hernán señala el costado, donde pueden amarrarse sin estorbar a las otras lanchas. No piensa discutir el precio a voces delante de los marineros.

En cubierta hay una corriente que levanta el pelo húmedo de la nuca, pero no seca la ropa.

Las nubes se retiran hacia tierra y dejan la bahía bajo una claridad de metal trabajado.

Manila se pierde en ella. Hernán busca por costumbre el extremo hacia el cual habría de volver; solo consigue separar una línea más oscura y unos árboles.

Al otro lado, el agua se abre sin edificios.

Las jarcias de las naos cruzan ese espacio en tantas direcciones que cuesta advertir cuál se mueve y cuál permanece firme.

Un cabo vibra contra el palo y da siempre dos golpes, descansa, vuelve a darlos.

El maestre tiene la cabeza metida bajo un toldo, junto al escribano. Atiende a un hombre que le muestra dos papeles. Al ver a Hernán le indica la escotilla.

—Mire la carga y vuelva aquí.

Hernán se acerca y pregunta por sus doce fardos; un marinero que está recogiendo la cuerda suelta le indica por dónde bajar. El aire de abajo sube caliente. No trae viento, solo olor de envases y cuerpos.

Tiene que inclinarse al llegar al último peldaño.

En la bodega, los bultos ocupan los costados y dejan un paso irregular, más estrecho a la altura de los hombros.

Hay un barril acostado que obliga a pasar de lado.

Bajo la escotilla, un muchacho lleva una espuerta de cuñas; cuando Hernán pone el pie, la aparta con demasiada prisa y derrama dos.

El capitán levanta una para no pisarla. Tiene un canto astillado que desgarraría cualquier envoltura apretada contra él.

La deja sobre el barril, fuera del paso.

Sus fardos están a babor, repartidos en dos hileras.

La marca negra aparece encima de cada número.

Cuenta hasta seis en la primera; en la segunda le falta el nueve.

Se inclina, aparta el extremo de una estera y lo encuentra vuelto hacia la tabla.

Manda girarlo. El marinero objeta que acaba de asegurarlo.

—Entonces ya sabe por dónde se desata.

No necesita levantar la voz. Mientras el hombre suelta el cabo, Hernán sigue la costura del envase.

Han puesto debajo madera bastante para separar la mercadería del suelo.

Esto está bien. Un extremo de soga, en cambio, pasa por una arista del fardo superior; al tensarse hunde la envoltura y hace una arruga que no estaba cuando lo entregó.

Pide una tabla corta. El muchacho ofrece la cuña astillada.

—Esa no. Lisa.

Alguien ríe detrás de un montón de cajones.

Hernán no se vuelve. Espera la tabla, la hace pasar bajo la ligadura y comprueba que reparte la presión.

Después mete la mano entre los dos fardos.

Hay sitio para los dedos, pero no para que el de arriba cobre carrera si la nao da un bandazo.

Tirando del cabo obliga al bulto a moverse; el de abajo oscila.

La madera en que descansa es más alta por un extremo.

—Calce aquí.

El marinero empuja una cuña con el pie. Entra demasiado y levanta el fardo en lugar de afirmarlo. Hernán le ordena sacarla un poco. Ahora presiona él con todo el antebrazo. El bulto permanece quieto.

—Con tanto mirar, llegaremos a abrirlos —dice el hombre.

—Si ha entrado agua, más vale aquí.

No la hay. Hernán ha palpado la envoltura junto a la costura y después en la parte más baja, donde tardaría en secarse.

El envase cede seco y recio. Al otro lado de la bodega, una estera húmeda despide un olor distinto, que el aire encerrado trae a ratos.

No es suya. Señala hacia allí antes de seguir con lo suyo.

El hombre mira, hace un gesto al muchacho y le manda llevar la estera arriba.

Al moverse, deja en las tablas un cerco oscuro.

—Así.

El muchacho recoge la otra cuña del suelo y espera.

Hernán le indica que la guarde. No hay que llenar de madera cualquier hueco: por alguno tendrá que pasar el agua si entra.

Se arrodilla para mirar por debajo y distingue al fondo una raya de claridad, un paso libre entre las tablas de asiento.

Al incorporarse se golpea el hombro contra una viga.

El marinero se aparta lo justo para no recibirlo encima; no vuelve a reírse.

Esta carga la ha reunido con lo que le han ido dejando sus ventas desde la pérdida de la capitana.

Doce fardos nuevos; en cada uno, dinero que podría estar atendiendo otra exigencia.

No sirve de nada haber obtenido un buen precio en tierra si una trinca mal puesta corta el género antes de que salga de la bahía.

Prueba una vez más el bulto calzado. El hombre sostiene el otro extremo sin que se lo mande.

Terminan con el nueve hacia fuera. Hernán recorre los números con los ojos y cuenta de nuevo.

Doce. Encima, un marinero arrastra algo pesado; caen polvo y pequeñas fibras de entre las tablas.

El muchacho levanta la espuerta sobre la cabeza.

En el rectángulo de la escotilla se mueve la sombra de un pie descalzo, enorme por la cercanía.

Cuando sale, el aire de la cubierta le parece fresco durante tres respiraciones.

El maestre sigue ocupado. Le pregunta desde el toldo si ha hallado su mercadería a gusto.

Hernán dice que falta muy poco para que pudiera haberla hallado mal.

El marinero sube detrás y muestra en la palma un trozo de cabo deshilado; entre los dos se explican, sin darle la razón a ninguno.

El maestre ordena revisar también la hilera contigua.

Luego pide a Hernán que aguarde mientras acaban de confrontar las partidas.

—En mi cámara, si quiere. Aquí no hay dónde sentarse.

El escribano mantiene abierto un libro más ancho que alto.

Al borde de la hoja están dibujadas las marcas; una corresponde a Hernán.

La reconoce junto al número de sus fardos y busca su nombre, escrito dos renglones arriba.

Más abajo viene el del hombre que habrá de recibirlos en Acapulco.

Las varas de tela llenan una columna de cifras apretadas.

El escribano sigue una con el extremo seco de la pluma y le pide al maestre la relación que todavía tiene debajo del codo.

Hernán señala el doce.

—Los he visto todos.

—Aguarde, capitán.

No están comprobando ahora su partida. Se aparta antes de que se lo repitan.

La cámara tiene apenas tres varas de un mamparo al otro.

Para entrar hay que salvar un umbral alto; dentro, la cubierta cae ligeramente hacia el costado.

Un banco corre junto al mamparo, y la mesa, clavada y asegurada a la madera, ocupa más sitio del que parece desde la puerta.

Al fondo está abierta una porta de estribor.

La tapa está muy levantada, casi vertical por fuera del costado.

La mesa llega hasta debajo del vano. Por él se ve un pedazo de agua donde pasa, muy despacio, la proa de otra embarcación.

Aquí no llega la corriente de cubierta. La ropa se le adhiere en seguida a la espalda.

En un rincón hay botas abiertas por la caña y, encima del banco, una manta enrollada con una de las puntas más oscura.

El maestre duerme en este hueco. Come en la mesa cuyo borde presenta cortes de cuchillo; apoya el vaso donde la madera ha perdido color; al levantarse tiene que evitar la misma viga baja.

Hernán deja el sombrero en el banco y aparta con él un poco de polvo.

La nao cabecea con tan poca amplitud que el movimiento se advierte mejor en el agua del vano que bajo los pies.

Se afloja la faja. El bulto que lleva dentro se ha deslizado hasta el hueso de la cadera; durante la subida de la escala le ha estado golpeando allí.

Lo saca y lo deja en la mesa. Ocho días con esto encima, cambiándolo de sitio al vestirse, sin haberlo examinado a la luz.

Deshace la vuelta del paño. Una esquina se ha metido alrededor del mango y tiene que tirar de ella antes de descubrir el círculo blanco.

Concha. No plata.