14 · Depósito #3
Ha llegado por un corredor corto desde la calle. La puerta queda abierta. Se oye a otro hombre alzar un bulto, pedir sitio, arrastrarlo hasta el umbral. El primero deja el cesto junto a la cocina y vuelve a salir con la tapa bajo el brazo. Mutia se levanta para seguirlo.
Desde el corredor ve una pared de enfrente, una parte de rueda detenida, piernas que pasan.
En la calle hay más luz que dentro del patio.
El calor entra por la puerta con el olor del arroz que están descargando y el de una bestia mojada.
Mutia distingue el principio del camino hacia la derecha; el resto queda detrás del hombre que se ha detenido en medio.
Es el mayordomo. Lleva el cuaderno abierto en una mano.
—¿Adónde?
—A casa de Marina. Tengo que recoger mis cosas.
—Vuelve al patio.
Ella señala más allá de la rueda.
—Le diré dónde estoy.
El hombre baja el cuaderno y ocupa con el brazo el espacio libre. Detrás de él cruzan el segundo cesto. Mutia tiene que retroceder para que no le alcance una esquina; el que lo lleva se disculpa sin verla. La tapa roza la pared y deja un rastro de polvo claro.
—Los cántaros han quedado en el taller —dice ella.
—Hablarás cuando vuelva el capitán.
—Kyūbei está allí.
El mayordomo mira el cesto que acaban de dejar.
Llama al hombre que va a marcharse, le pide que abra la tapa y señala un costado hundido.
Mutia espera a que terminen. El que trajo la carga dice que la entregaron así.
La conversación continúa al lado de la puerta, con el cuaderno abierto entre ambos.
Brígida sale de la cocina y le pone a Mutia un plato en la mano.
—Siéntate. Lo van a pisar.
En el plato hay arroz y un pedazo de pescado.
Mutia lo sostiene mientras vuelve al banco.
Brígida recoge la ropa para hacerle sitio; conserva el peine dentro, sin dejar que caiga.
Ella se sienta también, pero de lado, con una rodilla estirada.
Coge la vara de medir y la pasa de una mano a otra hasta dejarla bajo el banco, fuera del paso.
—¿Tú sales? —pregunta Mutia.
—Cuando me mandan.
—¿Puedes ir a Dilao?
Brígida separa un hilo del borde de su propia manga. Lo rompe con los dientes.
—Soy esclava de esta casa. No puedo llevarte.
Alza la voz para llamar al hombre del arroz. Le pregunta por una aguja que le había pedido. Él se toca la faja, busca por otro lado y dice que la traerá. Brígida lo hace repetir antes de dejarlo ir.
—Una con el ojo grande.
El hombre levanta una mano. Ella sigue mirándolo hasta que cruza el corredor, luego recoge el hilo que había roto y lo enreda en una astilla para guardarlo. Al levantarse necesita apoyar la mano en el banco. Mutia aparta el plato para que pueda hacerlo.
Come despacio. El pescado conserva una espina larga que saca entera y deja en el borde.
Enfrente, junto a la tinaja, la piedra está ya seca salvo en la junta más profunda.
Allí se ha quedado el agua del primer cazo.
Desde su sitio puede seguirla hasta debajo de una losa: entra por un lado y no sale por el otro.
En lo alto cierran una hoja de la ventana.
El cordón queda fuera y oscila contra la madera.
Una voz pide que la dejen abierta; la hoja vuelve hacia dentro.
Mutia mira el borde del tejado. Las tejas forman canales cortos, todos inclinados hacia el patio.
Debajo, en la esquina menos soleada, crece una franja verde que no alcanza hasta el suelo.
La cal nueva de una reparación acaba antes de llegar a ella.
Una gota se desprende del alero aunque ya no llueve.
Brígida vuelve por el plato. Le ofrece agua en un jarro pequeño y espera a que beba para llevárselo.
Mutia lo apoya un momento en la rodilla; necesita ambas manos para deshacer el pliegue de su ropa y dejar los dos nudos donde no le tiren al sentarse.
El oro sigue en uno. El vidrio duro de la cuenta se mueve bajo el otro. No los abre delante de la mujer.
—¿Cómo llaman a esta calle?
—La Real.
—¿La casa?
—La del capitán Silva.
Mutia entrega el jarro. Brígida lleva el plato y el agua a la cocina; al llegar encuentra un cesto donde antes no estaba. Llama al mayordomo para que lo retiren del paso. Nadie viene. Lo empuja con el pie hasta dejar libre media puerta y entra por allí.
La luz alcanza una pata del banco. Mutia acerca los pies para que no les dé y dobla la tela nueva sobre el peine.
Tiene que guardarla en algún sitio. Mira los huecos bajo la escalera, la puerta de la cocina, el corredor por donde han entrado los cestos.
Brígida no le ha mostrado aún dónde dormirá ni dónde puede dejar algo sin que se lo cambien. Mantiene el bulto en las rodillas.
Hacia el mediodía empieza una campana. Mutia levanta la cabeza al primer golpe. Espera el segundo, cuenta el tercero. Desde la cocina Brígida dice que es el Sagrario.
Lleva cuatro años contando las campanas de otros patios. Esta llega por encima del tejado; no ve de dónde viene. Cuenta hasta que cesa. Por el corredor llega la voz de un barquero que llama para la otra orilla. Desde el banco no se ve el río. El hombre vuelve a llamar.