El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 14 · Depósito #2
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14 · Depósito #2

El capitán se acerca al arca. Al coger el bulto desplaza una punta del paño y deja ver la superficie clara del espejo; la recoge sobre el disco antes de levantarlo.

Lo introduce por la boca amplia de la manga, mango hacia el codo, sosteniéndolo por debajo con la otra mano.

Mutia intenta pasar hacia Kyūbei. Un soldado le coge el codo y la lleva a la puerta.

Sale de pie, sin ataduras. Los cántaros quedan dentro, junto a la banca. La puerta del taller se cierra tras los dos soldados.

Al día siguiente, a media mañana, Mutia está sentada junto a una tinaja en el patio de la casa de la calle Real. Sumerge el cazo, lo levanta y vierte el agua sobre un pie.

La primera vez cae más de lo que necesita.

El agua llega hasta una junta del empedrado, se divide y ocupa dos huecos desiguales.

Para el otro pie llena el cazo hasta la mitad.

Ha recogido la ropa por delante para no mojarla; al inclinarse, los dos nudos quedan dentro del pliegue.

Los aparta con el antebrazo y deja la tela apoyada en la rodilla.

La tinaja tiene un desconchón en la boca.

Mutia no pasa el cazo por allí. Lo introduce por el lado contrario y lo saca sin golpear.

En el borde del patio hay cal derramada y endurecida, restos que sobresalen de las juntas.

El agua oscurece la piedra alrededor, pero esos restos continúan blancos.

Cerca del pie izquierdo, una hormiga atraviesa la parte seca y se detiene donde empieza el brillo.

Por encima del patio ve una franja de cielo.

Dos aleros la estrechan; el agua de la lluvia tiene debajo de cada uno su línea en el suelo.

Hay un corredor alto, con barandilla de madera, y una escalera que llega hasta él desde el extremo opuesto.

En los peldaños inferiores queda arena. La luz ocupa ya casi la mitad del empedrado, un rectángulo cortado por la sombra de un poste; contra el muro conserva un tono más blanco, en el centro se vuelve amarilla.

Una ventana de arriba está abierta hacia dentro.

Mutia alcanza a ver la parte inferior de dos hojas y el cordón que sujeta una de ellas.

El agua de sus pies no llega a la zona de sol. Permanece en las juntas. La primera mancha ha perdido brillo cuando vierte el tercer medio cazo.

Una mujer sale por el lado de la cocina con ropa doblada bajo un brazo. Tiene el pelo gris recogido en una trenza corta. Lleva en la otra mano un peine, prendido entre dos dedos para poder sujetar también un pequeño atado de hilo. Se detiene delante de Mutia.

—¿Has terminado con ese cazo?

Mutia lo levanta.

—Enjuágalo. Luego, en el clavo.

El clavo está detrás de la tinaja. Mutia se pone en pie, vierte un poco de agua dentro del cazo, la hace girar y lo vacía lejos de la pared.

La mujer espera a que lo cuelgue. Tiene el dedo medio de una mano doblado hacia la palma; mantiene el atado con los otros y lo cambia de mano antes de dejar la ropa.

—Esto es para ti.

Pone el peine encima. Una de las púas es más corta. Mutia la toca con el pulgar.

—Aquí te llaman María —dice la mujer.

Mutia mira hacia la puerta de la cocina. No hay nadie más allí.

—María.

Repite el nombre una vez. Lo tenía desde el bautismo. La mujer lo ha dicho solo, sin el otro que lo seguía cuando le mandaron vivir con Marina.

—Yo soy Brígida. Si falta agua, me lo dices antes de que acabe.

Mutia señala la tinaja. Está llena casi hasta el cuello.

—¿Esta es de beber?

—No. La tapada, dentro.

Brígida recoge el atado de hilo. En la cocina la llaman, pero contesta que esperen.

Desdobla la tela: medriñaque de trama abierta, áspero en los bordes recién cortados.

Lo extiende de mano a mano, aproxima un extremo al otro y vuelve a separarlos.

Pide a Mutia que sujete una punta mientras ella busca otra cosa junto a la escalera.

Regresa con una vara de medir. La apoya contra la tela, hace coincidir un extremo y marca el otro con la uña. Mutia afloja al verla cambiar de posición.

—Sujeta.

Vuelve a tensar lo justo. Una hebra larga se ha separado del orillo; la lleva con el dedo hacia el resto antes de que la madera la enganche.

Un hombre llega con un cuaderno y un tintero pequeño. Los pone en una mesa bajo el corredor. Brígida le muestra el extremo que le queda.

—No llega.

—Son dos varas.

Ella mantiene la uña en el sitio de la medida. El hombre se acerca, mueve la tela como si bastara con alisarla y tiene que sujetarla por donde Mutia ya la sostiene. Sus dedos tropiezan.

—En la cuenta pone dos —dice.

—Pues en la tela falta.

El hombre mira el atado de hilo, después el peine. Regresa a la mesa y abre el cuaderno por una hoja a medio llenar. La pluma rasca al empezar.

—Para la nueva criada —dice mientras escribe—. Dos varas de medriñaque. Un peine.

Brígida deja la vara de medir contra la pared.

—Mándame lo que falta.

Él escribe algo más abajo. Mutia solo alcanza a distinguir el espacio que ha dejado entre un renglón y el siguiente; la mano le tapa el comienzo. El hombre seca la pluma en una tirilla, cierra el tintero y se vuelve hacia la escalera con el cuaderno bajo el brazo. No le ha preguntado nada a ella.

Brígida le recoge a Mutia el extremo de la tela. Dobla por el lugar más estrecho, prueba otra vez y acaba dejándolo sobre un banco.

—No lo cortes hasta que yo vuelva.

—Quiero ir por mi ropa.

La mujer se detiene con la vara en la mano.

—Eso se lo dices al mayordomo.

Mutia mira hacia la escalera.

—Está en casa de Marina. En Dilao.

—Se lo dices a él.

Desde la cocina vuelven a llamar. Brígida contesta con una palabra que Mutia no entiende. Al pasar junto a la tinaja descubre el agua que quedó detrás y aparta un saco para que no la toque.

Mutia recoge el peine. Lo deja sobre el medriñaque, en el hueco de un pliegue, y vuelve a sentarse.

La madera del banco está caliente donde le da la luz y tibia bajo la tela.

Sus pies dejan dos marcas que se aclaran por los bordes.

Antes de que el centro de una se seque, un hombre entra cargando un cesto y pone el pie encima.