El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 14 · Depósito
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14 · Depósito

Cuando parece que el rosario ha terminado, el hombre que dirige las respuestas añade otra oración.

Mutia mantiene las manos juntas. Detrás de la puerta le esperan los cántaros vacíos; los ha dejado donde no pueden volcarlos los que salen.

Una mujer tose al final de cada frase. Entre dos respuestas se oye el roce de alguien que cambia las rodillas de sitio.

La claridad de fuera ha bajado hasta el suelo.

Ya no alcanza los rostros. Bajo el alero, las últimas gotas de la lluvia caen muy separadas, y cada una encuentra una hoja, tierra blanda o el borde de un recipiente.

Mutia distingue dónde cae la que suena más alto. Había puesto allí uno de sus cántaros.

Al levantarse, la mujer de la tos se apoya en su brazo.

Mutia espera a que afirme los pies, luego tiene que esperar otra vez porque un hombre busca su calzado en la entrada.

Se lo ha llevado otro, dice. Nadie se vuelve para comprobarlo.

Él sale con las sandalias que quedan y se agacha a ajustarse una correa mientras aún impide pasar.

Fuera, la humedad se pega a la ropa antes de que haya empezado a andar.

Hay humo en el camino, humo bajo de cocinas que han encendido tarde, y un olor dulce de hojas empapadas bajo el otro olor, más agrio, del agua quieta junto a las cercas.

En los aleros de nipa queda luz donde el cielo ya parece oscuro.

Las puntas mojadas se reúnen en pequeños haces; al desprenderse una gota, el haz se abre y vuelve a cerrarse.

Mutia recoge los cántaros. El mayor ha recibido agua por la boca.

Lo inclina hasta vaciarlo y se pone la vara al hombro.

Marina la espera junto a la casa.

—La comida está tapada.

—Falta el taller.

—Ya lo sé.

La viuda le señala una cuerda que se ha salido del rebaje de la vara.

Mutia la acomoda sin descargar. Al estirar el brazo derecho, la cicatriz le tira de la piel; adelanta la otra mano y acaba con ella.

Le dice que deje su parte donde el gato no alcance; Marina levanta dos dedos hacia sus propios ojos, como si llevara toda la tarde vigilando también aquello.

Después entra. La hoja de caña se queda moviéndose hasta que la engancha por dentro.

En el pozo hay una sola mujer. Inés ha apoyado la tinaja sobre un rodete y trata de quitar un nudo que se ha apretado con el agua. Mutia deja los cántaros, le sostiene el cubo y espera a que consiga sacar la punta.

—Mi hermana dice que irá a verte —dice Inés.

—Que pregunte en la casa, si no estoy.

—Irá con el pequeño. El otro ayuda al padre.

Inés prueba el nudo antes de volver a bajar el cubo.

Su hijo pequeño tiene cinco años y ella todavía lo llama así delante de quienes no conocen al mayor.

Mutia recuerda cuánto pesaba apoyado contra la cadera de su madre; ahora lo ha visto llevar una caña más larga que él, tropezando con las dos puntas.

—Lleva lo tuyo aparte —añade Inés.

Mutia asiente. El resto del pago del parto ha cabido durante años en esa frase. No pregunta cuánto podrá traer la hermana; deberá contarlo cuando llegue.

Inés se marcha primero. Mutia llena los cántaros sin llevar el agua hasta el labio.

Queda el viaje al taller y luego la comida.

Antes de levantar la carga comprueba los dos nudos de su ropa: en uno conserva la pieza de oro para obtener la copia del título de las tierras; en el otro, la cuenta azul.

Pasa el pulgar por cada bulto. La cuenta, desatada hace tiempo de la astilla con que alisó la resina, vuelve a moverse libre dentro de la tela.

Al oro no lo saca. Todavía no tiene el papel.

El estero está lleno. El agua ha cubierto la raya de barro que se veía por la mañana y entra entre las raíces sin descubrir ya el fondo.

Las casas del otro lado se sostienen sobre su sombra; más abajo, un hombre empuja una barca con un palo y la sombra se rompe antes de que se mueva la embarcación.

De las ventanas sale una claridad amarilla que no alcanza hasta la orilla.

Mutia busca con el pie el resalto seco del camino.

El cántaro de atrás oscila hacia el agua, vuelve, golpea suavemente la cuerda.

En el paso más estrecho han puesto una tabla sobre el barro.

Prueba el extremo con los dedos del pie antes de cargar todo su peso.

La tabla cede. Da el segundo paso más corto y llega al otro lado sin que los cántaros se toquen.

Desde allí se oye trabajar a Kyūbei: una pasada larga, una pausa, otra que termina antes.

Mutia cambia el hombro de apoyo. Dentro de poco podrá dejar la vara.

El molde nuevo ocupa el lugar seco del corral.

Está sobre una tabla, bajo el alero, con las dos mitades separadas.

Ella se aparta para que la carga no pase por encima.

La tierra de los bordes se ha aclarado; en el centro permanece oscura.

Kyūbei ha cruzado delante una caña para que nadie se acerque sin verla.

Mutia la levanta con el pie y vuelve a dejarla cuando ha pasado.

Él trabaja de rodillas ante la banca baja.

En el sitio donde apoya el cuerpo hay una mancha de agua; a sus lados, el suelo conserva el polvo fino que las pisadas llevan hacia la puerta.

Tiene el disco de un encargo sujeto en su asiento y tira del sen con las dos manos.

La lámpara queda un poco detrás. Cada vez que se inclina, la sombra de su hombro cubre la parte que acaba de raspar.

—Tarde —dice, sin volver la cabeza.

—El rosario.

Termina la pasada antes de apartarse. Mutia baja los cántaros despacio y conserva un instante el palo sobre el hombro, aunque ya no pesa nada de los extremos. Después lo retira y lo apoya junto al cerco.

—Han añadido —dice.

Kyūbei moja dos dedos en el agua que quedaba. Hay barro en el fondo. Los retira.

—Aquí han quitado.

Mutia mira el cubo casi vacío. Él no sonríe hasta que ella empieza a verter.

Llena primero el recipiente del fondo, después el cuenco.

El agua alcanza el borde de la banca y una gota corre hacia las virutas.

Kyūbei la corta con un trapo. Durante un rato solo se oyen los chorros y, fuera, una voz que pide a alguien que arrime la barca.

Mutia conoce la vasija en que debe dejar lo último; tiene una raya de cal en el costado, a la altura que alcanza con la mano sin agacharse.

El taller huele a carbón apagado y a tierra mojada.

Cerca del horno el olor cambia, más seco, aunque no haya fuego.

Por encima de la banca, los útiles cuelgan separados; el más largo proyecta una sombra que continúa por dos paredes.

En la parte abierta del corral, el cielo tiene aún un color pálido.

Dentro, la lámpara conserva las cosas próximas —las manos de Kyūbei, el borde del disco, una tira de tela— y deja que lo demás se reúna en la oscuridad.

Cuando él levanta el brazo aparece, bajo la banca, un canto envuelto que Mutia no había visto al entrar.

La puerta sigue abierta. Desde su sitio alcanza a distinguir el muro de la iglesia y una porción del camino por donde ha venido.

Hay alguien recogiendo un tendido: primero desaparece una camisa, después el paño que colgaba más bajo.

Las cuerdas quedan un momento temblando, claras sobre la pared, antes de perder también la luz.

—Mañana vienen por este —dice Kyūbei.

Mutia mira el disco. La cara todavía está mate.

—¿Mañana por la mañana?

Él levanta un dedo mojado.

—Antes de comer.

—Eso no dicen los que vienen.

Kyūbei deja el sen atravesado sobre el asiento. Se frota una rodilla antes de cambiarla de lugar. Le pide a Mutia un retal de lienzo limpio para envolver la pieza cuando esté terminada. Queda alguno en el arca, debajo de su ropa; ella sabe cuál, el que no suelta hilos al doblarlo.

Al levantar la tapa encuentra primero el espejo que guardaron el año anterior.

Está envuelto. Tiene que sacarlo para alcanzar el lienzo y lo sostiene por el mango y por debajo del disco, sin apretarlo contra el borde del arca.

Lo deja sobre la banca un momento, retira la tela que necesita y vuelve a cerrar la tapa.

Después pone el bulto encima, en la parte seca.

El paño se ha abierto en una esquina. Mutia ve una franja de nácar, dos de las pequeñas piezas blancas de la roseta y el cobre que cierra la vuelta. Pasa un dedo sobre la tela para cubrirlas. Al recoger la otra punta asoma la cara clara, que devuelve un fragmento de la llama. Ella la tapa también.

Extiende el lienzo del encargo sobre sus rodillas. Hay un remiendo en un extremo; basta doblarlo por el otro. Kyūbei le pide que lo deje junto al disco, lejos del cuenco. Ella lo dobla dos veces y calcula dónde podrá ponerlo sin que él tenga que levantarse.

Los tres hombres entran mientras tiene la tela en las manos.

No han llamado. El primero se queda entre la puerta y la banca; los otros pasan a cada lado.

Llevan calzado bajo, húmedo de la calle.

Uno arrastra una hoja pegada a la suela y la suelta al volverse.

El que ha entrado primero mira el horno, la tabla del molde, los dos cántaros.

Tiene un papel doblado dentro de la faja.

El canto blanco sobresale un poco, sujeto contra la ropa.

—¿María, la depositada?

Mutia no contesta enseguida. El hombre la está mirando a ella, pero ha preguntado hacia el cuarto entero. Uno de los que lo acompañan da un paso hasta dejar el arca detrás de sí.

—Mi capitán —dice el otro.

No añade nada. Kyūbei se ha puesto en pie con el sen en la mano. Se coloca entre Mutia y el primero.

—Aquí no.

El capitán espera. Mutia deja el lienzo. Mira el papel que asoma de la faja; el hombre no lo saca.

Kyūbei repite:

—Aquí no.

El soldado que ha quedado detrás de él levanta el brazo. Kyūbei cae sobre un costado y el sen golpea la tierra, con las asas hacia arriba. Mutia dice su nombre, pero él no vuelve la cara.