Alcance y contenido
El martes, al entrar en la Cilla, Kavi necesita unos segundos para que la calle se retire de sus ojos. Ha venido por el lado del sol. Todavía ve, sobre la pared del vestíbulo, el rectángulo de una ventana que ha mirado desde fuera. Se aparta para dejar pasar a Elena.
La puerta se cierra despacio. Queda dentro una frescura sin viento, asentada al pie de los muros; el roce de las suelas se distingue ahora del golpe de los tacones.
En el espesor de la entrada, la piedra conserva pequeños cambios de color que el resplandor de la calle borraba.
Kavi apoya un instante los dedos en el borde del pasaporte.
Trae la piel caliente. Al fondo, una persona deja unas llaves y el sonido, tan pequeño, alcanza a los que esperan junto a las taquillas.
Elena se ha quitado la chaqueta. Lleva debajo del brazo las hojas del día anterior, sujetas con una goma. Él le indica dónde podrán sentarse sin compartir pantalla.
—Hoy voy a buscar cobre —dice.
Ella no protesta. Abre su cuaderno y pregunta qué años.
Kavi ha elegido un intervalo alrededor de la atribución del espejo, amplio todavía.
En las cuentas de mercancías puede aparecer un comprador, un destino, un oficio.
Necesita averiguar cómo están distribuidas antes de afinar la búsqueda.
Hay nombres en los índices; hay muchísimos más dentro de los documentos.
Un buscador no los pone a todos a la misma distancia.
Pide dos signaturas. Consultará una después de otra; las imágenes disponibles en PARES le evitan parte de la espera.
En la pantalla, al doscientos por ciento, las palabras se estiran y la raya de una abreviatura parece pertenecer al renglón de encima.
Kavi busca otra del mismo escribiente. Elena anota las materias que consigue reconocer.
Al cabo de una hora le pasa una ficha con una sola palabra y un interrogante.
—¿Estaño?
Él mira el número de imagen.
—Ensáyalo en la línea siguiente.
Ella vuelve a su puesto. Cuando regresa, ha tachado la palabra: era un nombre propio.
A la una es ella quien encuentra una remisión que él ha pasado por alto.
No consigue leerla entera, pero reconoce la repetición del número y lo llama con un gesto.
Kavi junta los dos folios en la pantalla.
Había seguido las cantidades de arriba abajo; Elena ha ido desde una anotación del borde hacia el centro.
Le devuelve la ficha con la referencia nueva.
—Esa déjala sin tachar.
Ella escribe sus iniciales y la fecha. Luego le señala el reloj.
El estómago de Kavi protesta precisamente entonces, con un ruido que ninguno comenta.
Salen a comer. En la calle, Elena sigue mirando de cerca las cosas: la junta reparada de un zócalo, la plata negra de un pendiente en un escaparate.
Él tiene que reducir el paso dos veces para no dejarla atrás.
El martes se les va en aprender aquellas manos.
Hay cuentas que remiten a otras, partidas que cruzan el pliegue, cantidades cuyo concepto quedó en el folio anterior.
Los primeros resultados son rutas para volver.
Al salir, Elena quiere saber si han acotado algo.
Kavi le enseña la lista de unidades revisadas. Ella la mira y añade las que faltan.
El miércoles trabaja solo. Elena ha regresado a Madrid; antes de marcharse le ha dejado la impresión grande del mapa y una nota sobre la montura.
Kavi guarda ambas en una carpeta distinta de las transcripciones.
A media mañana le escribe: «Sigo con las cuentas».
Borra una segunda frase que empezaba por «todavía».
Sale a comer, vuelve, devuelve una unidad antes de solicitar la siguiente.
Un sistema de transcripción le ofrece una lectura fluida de un fragmento que él lleva diez minutos deshaciendo.
La compara con el original digitalizado.
Donde la máquina ha puesto un verbo, la columna exige una mercancía.
Se sirve de dos palabras acertadas y vuelve a empezar la tercera.
Esa noche le duelen los ojos al mirar las letras grandes del cartel de una farmacia.
En casa abre la memoria del contrato y completa una página.
El formulario le pide resultados, publicaciones, actividades realizadas; para la tarde que acaba de pasar solo encuentra un modo de consignar las unidades consultadas.
Guarda el documento sin añadirlas: pertenecen a otra pregunta.
A Elena le envía la lista por separado. Ella contesta desde Madrid que ha llegado bien y que la impresión del mapa se ha quedado en Sevilla a propósito. Puede conservarla.
Kavi la saca de la carpeta. El verde cubre una extensión casi uniforme hasta que mira la escala; debajo hay una orientación que no debe cambiar al compararla con la pared.
La gira para leer el título, no para colocar al león a su gusto.
Después la deja a un lado. En la pantalla del contrato, el cursor sigue al final de la palabra actividades.
El jueves toma el camino de San Leandro.
Ha salido antes de lo necesario y, al llegar a la plaza, se detiene a cambiar la mochila de hombro.
La copa del gran laurel reúne la sombra sobre los adoquines; bajo ella, el aire tiene una temperatura distinta.
Entre el follaje se cuelan trozos de cielo, pequeños, de un azul lavado.
Los naranjos del borde guardan sus flores en la parte oscura de las hojas y el olor llega por intervalos, más nítido cuando deja de buscarlo.
Junto a la fuente hay una mujer que ajusta la rueda de un carrito de compra.
Kavi se agacha para sujetarlo mientras ella tira de la bolsa enganchada.
Se levanta con una rodilla húmeda y el olor de la flor permanece un momento en la manga.
Había prometido dos días. Hoy se ha reservado la mañana para terminar una secuencia de imágenes. Después tendrá que cerrar la memoria de su contrato. Mientras camina enumera los apartados pendientes y se salta uno, sin querer, al recordar una abreviatura.
En la Cilla ocupa un puesto diferente. La pantalla refleja una franja clara; cambia el ángulo hasta que desaparece.
Abre la última imagen del miércoles y comprueba el reclamo con la siguiente.
Las cifras bajan por la derecha. No hay un asiento por folio: algunos se aprietan entre otros, y una suma que parecía final continúa vuelta la hoja.
En el renglón catorce encuentra fundidor.
Primero lee hacia la derecha. De Dilao. Retrocede. El nombre empieza antes de la mancha que había tomado por una división. Acerca la uña al cristal, sin tocarlo, y la desplaza bajo las letras para no caer en la línea de abajo.
Thomé Cubey.
Lo lee de nuevo con lo que sigue. Japón. La última consonante del apellido se parece a otra que ha visto dos páginas antes; vuelve a ella, mantiene abiertas las dos imágenes. A la tercera lectura ya no mueve la mano.
Durante unos segundos no hace nada. Le gustaría que alguien estuviera sentado en el puesto vacío de al lado. El hombre que trabaja enfrente alza los ojos, quizá porque Kavi ha empujado la silla. Él hace un pequeño gesto de disculpa y acerca otra vez el teclado.
Copia primero la localización y el número de imagen.
La fecha está en la cabecera de la cuenta: febrero de 1615, sin día para esa partida.
La cifra final se lee mejor que el nombre.
Tres pesos. Vuelve hasta la tasación y hace la operación en una esquina de su cuaderno: cincuenta por seis, dividido entre cien. El resultado coincide.
En su transcripción despliega las abreviaturas entre corchetes. Ha escrito un [sic] después del apellido; lo retira. Deja una nota sobre la última letra, que habrá que revisar con otra lectura.
[Febrero de 1615]
Recibí de Thomé Cubey, japón, fundidor, de Dilao, tres p[es]os de derechos de un pico de cobre y medio pico de estaño, venidos en junco de mercaderes chinos; el cobre de Japón y el estaño de Siam, según declaración. Apreciados en cincuenta p[es]os, al seis por ciento: tres p[es]os.
[Rúbrica]
Kavi reduce la imagen. A ese tamaño la frase vuelve a hundirse entre las otras.
Se ven el margen, la columna de cantidades y un trazo largo al pie.
El pardo de la escritura cambia con el fondo; la reproducción no le permite decidir cuánto corresponde al papel y cuánto a la toma.
Guarda el folio entero junto al recorte.
Luego copia el asiento anterior y el siguiente.
El de arriba le había llevado un cuarto de hora. Casi no recuerda lo que decía.
Busca en la partida una referencia a piezas acabadas.
No la hay. Cobre, estaño, una tasación; ni siquiera una indicación de que ambos metales fueran a entrar juntos en una colada.
Al lado del nombre escribe oficio declarado.
Debajo, materias primas. Después tapa con la palma la fotografía del espejo que asoma de su carpeta y relee la frase sin ella.
No llama a Elena.
Durante las horas siguientes ensaya el nombre y sus variantes en los instrumentos de descripción de Filipinas, Contratación y Escribanía de Cámara.
Anota qué ha consultado y con qué términos.
La búsqueda no devuelve otro resultado seguro.
Eso ocupa una línea en su cuaderno; los tramos sin describir al detalle ocupan tres.
En un inventario sigue una referencia que le parece prometedora.
El año encaja, el lugar también. Tarda en llegar al contenido suficiente para comprender que corresponde a otra persona; conserva la referencia y escribe descartado, con el motivo.
Le cuesta más hacerlo que seguir buscando.
Había empezado a imaginar la siguiente llamada.