Alcance y contenido #2
Al consultar una duda en el mostrador se oye decir «el fundidor», como si hubiera uno solo.
La empleada le pide las fechas. Él vuelve a abrir el cuaderno y se las da, junto con el oficio y las variantes que está probando.
Ella le indica un instrumento que no había tenido en cuenta.
Kavi apunta la ruta completa. Tendrá que dedicarle otra mañana.
Tampoco localiza en los catálogos que alcanza a revisar los libros parroquiales de Dilao que querría consultar.
Deja preparada una pregunta sobre posibles traslados y copias.
Para el tráfico de juncos tantea relaciones de entradas y papeles de navegación de 1614, el año anterior al pago.
No encuentra una lista nominal que le permita comprobar una posible llegada.
No sabe si hubo tal lista ni si ese hombre viajó aquel año.
Cambia pasajeros por documentación de la llegada en el encabezamiento.
Ha estrechado demasiado pronto una puerta.
El día se le ha alargado sin autorización de su agenda. A las seis guarda los resultados y deja pendiente la consulta de otras variantes. Tiene hambre. En la calle, el calor que devuelven los muros le alcanza la cara antes de que encuentre el sol.
Compra pan de camino a San Luis. La barra va perdiendo migas dentro de la bolsa y él la lleva apartada de la mochila.
En una esquina tiene que detenerse para que pase un repartidor; luego camina detrás de dos niños que discuten si una bicicleta es de carreras.
Uno demuestra que sí corriendo a su lado.
La ciudad se ensancha y se angosta, deja oír una conversación entera y la corta al doblar una pared.
Kavi llega a su portal con la impaciencia de quien ha seguido trabajando mientras andaba.
El piso recibe luz hasta el fondo a esta hora, pero no en todas partes a la vez.
En la mesa queda una banda dorada, interrumpida por la silla; el corredor ya está en penumbra.
Las losas del suelo son más frescas cerca de la cocina.
Hay un olor leve a ropa secada dentro, al comino que ha quedado en una tabla, a la madera del aparador cuando le da el sol.
Kavi abre las hojas del balcón. De la calle suben una moto y la voz de una mujer que llama a alguien sin asomarse.
La cortina se abomba y vuelve a caer; su borde deshilachado roza un cuenco donde él guarda monedas de tres tamaños.
Deja el pan. La carpeta de las copias familiares sigue bajo la caja, en la balda. Para sacar el cargador le basta con apartar un libro. Lo hace de canto, sin mover la caja.
Cena de pie mientras abre las imágenes. A las nueve llama a Elena y sale al balcón con el teléfono. La barandilla ha perdido el calor; apoya el antebrazo y lo retira al sentir la marca del hierro.
—He encontrado un fundidor.
Ella le pide que repita el nombre. Kavi lo pronuncia despacio. Al decirlo descubre que las vocales escritas no le dan una voz.
—¿De espejos?
—No lo dice.
—¿Qué dice?
Le lee el asiento. Elena lo hace volver a las cantidades.
—Eso no es una receta —dice ella—. No puedes poner todo ese estaño con ese cobre y llamarlo composición del espejo.
—He puesto materias primas.
—Bien. ¿Y hay algo más?
Kavi le cuenta las comprobaciones. Enfrente han encendido una habitación; la luz encuentra una hilera de ropa tendida que antes no veía.
—Tres días —dice Elena—. No puedes haberlo buscado en todo.
—No. He mirado por dónde seguir.
Le explica qué índices ha consultado. Ella pregunta si el nombre podría estar escrito de otra forma. Él tiene cuatro variantes anotadas y dos letras pendientes. Se las lee. La conversación pierde por un momento el ritmo del hallazgo y adquiere el de una lista compartida.
—En el informe del espejo hay un «no consta» —dice Elena—. En una casilla de procedencia.
—¿Y remite a algo?
Ella tarda en responder. Kavi oye una silla.
—No. Al menos aquí, no.
—Entonces habrá que preguntar qué comprobaron. Puede querer decir que no figura en ese expediente. No basta para decir que nunca se supo.
—En tu cuenta tampoco consta qué fabricaba.
—Consta el oficio. Para cobrarle, esas líneas podían bastar. No tenían que describir cada cosa que saldría de su taller.
Una moto se detiene abajo con el motor encendido. Kavi entra un paso, espera a que arranque y vuelve a acercarse al hierro.
—Se puede perder un papel —continúa—. También puede no haberse escrito. Y puede estar donde aún no he mirado. Si llamo silencio a las tres cosas y las dibujo igual, te haré creer que sé cuál ocurrió.
—Entonces no las dibujes igual.
Kavi mira la pantalla de su ordenador, encendida al fondo. Había abierto una casilla para cada falta.
—Eso intento.
—¿Por qué esperabas esos libros?
La pregunta lo hace volver a la mesa. Le dice qué clase de anotación buscaría en un registro parroquial y por qué; distingue una práctica documentada de la suposición de que se aplicó allí y entonces. No tiene aún una respuesta para Dilao. Tendrá que averiguarlo.
—Apunta eso antes del hueco —dice Elena—. Lo que te hace esperarlo.
Él escribe mientras sostiene el teléfono contra el hombro.
—Si después aparece, también tendrá que quedar lo de hoy —dice—. La forma de este silencio la estoy poniendo yo.
Elena le pide la imagen completa, la transcripción y las reservas. No le pide una conclusión. Antes de colgar acuerdan que el nombre no irá unido al espejo como autor. La nueva ficha quedará entre las pistas que necesitan otra fuente.
Kavi termina de cenar sentado. En el plato hay una costra de arroz que despega con el tenedor.
Después abre el modelo de descripción. Busca en RiC-O una clase que distinga con claridad lo que espera encontrar de aquello cuya producción ya puede sostener.
Podría distribuir la información en varias notas.
Quiere que, al revisar la expectativa, no tenga que borrar un documento que nunca ha demostrado que existiera.
Teclea en su propio espacio de nombres: sil:RegistroEsperado.