El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Unidad de instalación #2
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Unidad de instalación #2

Kavi pide una servilleta que no haya estado debajo de un vaso. Dibuja un círculo en el centro y escribe objeto. Alrededor coloca unos cuadrados, una fecha junto a cada uno. No pone el círculo de 1967 pegado al de marzo. Deja sitio entre ambos.

—La fotografía no nos dice quién tenía el espejo —dice.

—Está en los papeles de mi abuelo.

—Eso sí.

—Y salió de su baúl.

Él añade dos palabras junto a un cuadrado.

—También. ¿Quién hizo la foto?

Elena corta una loncha con el canto del tenedor. La mitad se queda en la tabla.

—No lo sé.

Kavi traza una circunferencia sin rellenarla.

Ella hace la siguiente pregunta y él dibuja otra.

Quién añadió la plata. Cuándo cerraron el reverso.

Por qué hay documentos de barcos junto a una moneda y a una fotografía.

No une los cinco objetos por el hecho de haber dormido en la misma caja.

En dos puntos borra una flecha antes de haberla terminado.

—Si no hubieran estado juntos, no habría empezado —dice Elena.

—He quitado la afirmación. La pregunta sigue.

Elena gira la servilleta. Ahora los signos le quedan a él del revés. Con el cuchillo limpio apunta al mapa impreso, todavía dentro de la funda.

—Tú no habrías pedido medirlo.

Kavi mira el cuchillo y luego la superficie verde. Tiene razón. Si ella hubiera escrito solo «espejo antiguo de mi abuelo», él habría contestado con dos catálogos y el nombre de un museo.

—No —dice—. Habría empezado por los papeles.

—Yo llevo un mes pensando que si encuentro el lugar donde se hizo ya tendré por dónde seguir. Japón, una fecha. Algo que reduzca todo esto.

Kavi mira la tortilla que queda en su plato. La cebolla se ha enfriado y se separa del huevo al cortarla.

—El lugar podría dártelo un documento escrito muy lejos —dice—. O un documento escrito allí podría no decirlo. Primero tendría que ver qué conservamos.

—¿Y puedes hacerlo?

Él no contesta enseguida. Le ha dado el lunes entero y le está ofreciendo el martes sin haber terminado la memoria que debe entregar el viernes. No sería la primera vez que una pregunta ajena le permite aplazar lo suyo.

—Puedo empezar mañana. Dos días de consulta, y después veremos qué pide.

—No tengo una beca para esto.

—Yo tampoco.

Elena deja el tenedor sobre el borde de la tabla.

—Entonces no me prometas un viaje a Manila.

Kavi sonríe porque iba a ofrecerle demasiado, aunque no tan lejos.

Le dice qué puede consultar sin salir de Sevilla y qué tendrá que pedir ella.

No dibuja aún esas tareas. Las dice mientras terminan de comer, y Elena corrige una: el informe que él propone solicitar ya está dentro de su carpeta.

Las condiciones figuran en su copia; no necesita empezar otra vez.

Elena deja el cuchillo. Cuenta los círculos que él ha dejado vacíos.

—Siete.

No son siete personas ni siete viajes perdidos.

Son las preguntas que caben en la servilleta después de retirar lo que ambos habían dado por sabido.

Kavi pone un pequeño interrogante en uno, para acordarse de que no está describiendo un acontecimiento.

Elena le quita el lápiz y completa los otros seis.

Al traer los cafés, el camarero busca dónde dejarlos. Kavi alza la servilleta antes de que la taza toque el centro.

—Mi tía me mandó papeles de familia cuando llegué aquí —dice—. En el veinticuatro. Tengo la carpeta en casa.

—¿Los estás describiendo?

—Aún no la he abierto.

Ella espera una explicación. Kavi dobla la servilleta por el espacio libre.

Los libros originales siguen en el armario de Pondicherry; su tía le había enviado reproducciones para que pudiera empezar sin viajar.

Había puesto la carpeta sobre una balda de San Luis y después una caja encima.

Podría decir que le falta tiempo. Bebe el café.

En Alfonso XII tienen que trabajar separados durante un rato.

La biblioteca de la Escuela no atiende presencialmente a usuarios externos.

Kavi se lo había avisado por correo: Elena puede esperar en el espacio de trabajo donde la ha citado como visitante, pero no acompañarlo a consultar.

Ella señala un enchufe junto a la mesa y pregunta si funciona.

Ha traído el ordenador sin batería; hasta probar el cable no saca el resto.

Kavi entra en la biblioteca como investigador del centro.

Lleva el mapa, la servilleta y una referencia que necesita contrastar.

Para esa tarde ha acordado la consulta de un volumen con el personal; no pide que le abran la sala a Elena.

Cuando se sienta, ve a través del cristal a alguien colocando una banda de papel alrededor de una caja. La ajusta sin apretarla.

Abre su instancia de trabajo. La primera pantalla no responde. Prueba la conexión y vuelve a cargar; aparece el formulario de acceso. Después de dos años aún espera que un reinicio le haya borrado algo, aunque guarde una copia cada noche. Introduce su contraseña. La lista sigue allí.

La carpeta nueva tarda menos en abrirse que el documento antiguo esta mañana.

No contiene ninguna historia. Kavi coloca la servilleta junto al teclado y crea la observación del diecisiete de marzo.

Fecha, lugar, persona que realizó la medida.

El archivo de condiciones va unido a ella; el mapa coloreado, al conjunto de datos del que procede.

En la nota escribe cuatrocientos nanómetros y vuelve al informe.

Añade perfil local. El radio es el del ajuste de curvatura general. Copia esa reserva también.

Cuando regresa con Elena, el ordenador de ella ocupa el único sitio al que alcanza el cable. Hay una silla colocada delante del enchufe para evitar que alguien tire de él al pasar.

—Has empezado por Joaquín —dice ella al ver la pantalla.

—Por lo que hizo el martes.

—El objeto ya tenía número.

Kavi busca su ficha del once de febrero. Ella la tiene abierta.

—Podemos llamarlo espejo makyō —propone—. Para reconocerlo.

—Eso sería una atribución.

—Describe lo que hace.

—Y permitiría encontrar otros que hagan lo mismo. Necesito reconocer este aunque mañana cambie la descripción.