Unidad de instalación
El hombre que espera delante de Kavi lleva la signatura escrita en el sobre de una factura. Lo ha doblado sobre la cifra del importe. Cada vez que pasa alguien mira la pantalla apagada del archivo, detrás del cristal, y luego su reloj.
Son las ocho y cincuenta y cinco. Dos mujeres esperan junto a la pared de la Cilla.
Una conoce a Kavi y levanta la barbilla para saludarlo; la otra se ha puesto las gafas antes de que abran.
Al otro lado de la calle Santo Tomás, una furgoneta descarga cajas.
La ciudad tiene todavía un ruido de cosas que llegan a su sitio.
Kavi saca el pasaporte. La esquina de la cubierta se ha curvado dentro del bolsillo de la mochila. Lo lleva preparado para no obligar a esperar a nadie, aunque los cuatro van a entrar por la misma puerta. En el teléfono conserva la confirmación de su puesto.
Al abrir, el hombre de la factura deja pasar a las mujeres y pierde su lugar.
Kavi hace ademán de cedérselo. El hombre ya está hablando con quien comprueba las reservas: viene por su bisabuelo, que estuvo en Cuba; trae las fechas, aproximadamente.
Cuando le preguntan qué busca, empieza por contar la enfermedad de su madre.
Kavi guarda silencio. Después presenta el pasaporte, recoge lo necesario y encierra la mochila en la taquilla. El lápiz queda atravesado sobre el portátil. Lleva también un taco de fichas y el cable del cargador, enrollado con una cinta que perdió su adhesivo hace meses.
En la sala encuentra el asiento asignado. Primero escribe en una ficha: FILIPINAS,7. Solo después enciende el ordenador.
Tiene tres unidades anotadas para hoy. Dos corresponden a su trabajo; la tercera se la ha añadido a raíz del correo de Elena de Silva.
Las ha separado con rayas, como tareas de distinta duración.
Puede solicitar dos signaturas y consultarlas sucesivamente; la siguiente tendrá que esperar a una devolución.
Ese límite le sirve. Fuera de la sala abre más cosas de las que consigue cerrar.
La primera petición no llega a convertirse en espera.
—Está digitalizado. Lo tiene en PARES.
La empleada le señala el acceso. Kavi asiente antes de haber mirado. Lo había comprobado el viernes; aun así ha pedido el original, sin alegar una razón que justifique la consulta.
—Lo tenemos aquí al lado —dice.
Ella no discute la distancia. Vuelve a su pantalla. Él retira la mano del mostrador, donde la había dejado con el lápiz, y regresa al puesto.
Por la ventana no ve los depósitos. Ve una parte de la calle y, según se incline, la piedra de la Lonja. En una visita había recorrido sus galerías, las bóvedas y las hileras de armarios. No sabe en cuál está el papel que acaba de pedir. En el monitor, en cambio, llega hasta él sin levantarse.
Abre la descripción de una carta del diecisiete de agosto de 1623.
Copia el código entero, con sus divisiones, antes del título.
ES.41091.AGI/15//FILIPINAS,7,R.5,N.72. Fajardo responde sobre justicia, encomiendas, oficios; el resumen incluye las ceremonias que los oidores deben guardar con el presidente y su mujer.
Kavi lleva el cursor a la palabra mujer, sin seleccionarla.
En otra ventana tiene notas sobre la muerte de Catalina de Zambrano.
No traslada una fecha a la otra ni decide por la primera línea qué está contestando el gobernador. Abre las imágenes.
El gris no le permite separar las tintas.
Amplía una anotación y consigue una letra más grande, no más clara.
Busca otro ejemplo de la misma mano. En el cuerpo de la carta hay una abreviatura que podría ahorrarle dos palabras; en el margen, el espacio le obliga a probar una lectura distinta.
Anota ambas. El archivo tarda en cargar la imagen siguiente y él bebe aire por la nariz, despacio, mientras espera.
Las primeras fichas llevan asuntos. Dinero para las islas, empleos, competencias, religiosos.
Después vendrán los nombres. Hay que saber qué pregunta ha llegado hasta el Consejo para entender qué se ha tomado el trabajo de responder aquel hombre.
Kavi vuelve una imagen atrás: el punto que parecía cerrar un párrafo es parte de una rúbrica. Junta lo que había separado.
A las once recibe un aviso de administración.
Falta un justificante en la memoria de su contrato.
Dos años en Sevilla y aún hay una casilla que llama estancia a su vida entera.
Contesta con el nombre del archivo adjunto y comprueba que lo ha adjuntado.
Tiene hasta el viernes para enviar la versión completa.
La columna de meses, abierta al fondo, termina dentro de poco.
Elena ha escrito que llegará a la una.
Kavi consulta sus dos correos anteriores.
En el primero había una fotografía de un espejo; en el segundo, una superficie verde atravesada por otros colores.
Un posible origen japonés, una montura posterior, documentos de familia relacionados con Manila.
Nada de eso convierte al objeto en un asunto del gobernador.
El nombre de un artesano podría esconderse en una cuenta y no aparecer en el índice; una mujer podría ocupar páginas sin que el título la mencionara.
Él conoce esa dificultad. También conoce el resultado de escribir un nombre en todos los buscadores y confundir el silencio con una respuesta.
No busca todavía un nombre. Cambia de serie en sus notas.
A las doce y cincuenta y ocho baja. Elena está en la entrada con una carpeta apoyada en la maleta.
La reconoce por la manera de apartarse el pelo al mirar hacia arriba.
Durante el congreso por videoconferencia su recuadro había estado junto al de ella; dos veces había confundido su propio micrófono cerrado con el de Elena.
—Pensaba que eras más bajo —dice ella.
Kavi, que pensaba lo mismo de ella, tarda en contestar. Se presentan otra vez, ahora sin apellidos.
En la escalera, fuera de la sala, Elena abre el mapa de alturas en el móvil. Lo sostiene por los bordes, como si quisiera evitar también una huella en esa superficie. Kavi no alcanza a leer la escala.
—¿Quién hizo la medida?
—Joaquín Bárcena. Instituto de Óptica. El diecisiete.
—¿De este mes?
Ella levanta los ojos.
—De hace seis días. Tengo las condiciones y los datos. Esto es la imagen exportada.
Le muestra el rótulo inferior: vista reflejada para comparar con la proyección. La otra versión conserva la orientación del anverso medido. Ha llevado las dos, impresas con sus títulos.
Kavi le pide que la amplíe. En la barra aparecen las unidades. Un hombre baja detrás de ellos y los obliga a arrimarse a la pared. El león se va de la pantalla bajo el pulgar de Elena; queda un cuadrado casi vacío.
—Ahí falta señal —dice ella—. No es una zona lisa.
Kavi iba a preguntárselo. Saca una ficha y escribe el nombre del físico, la fecha y una raya. Bajo la raya pone archivo de alturas. Todavía no ha escrito espejo.
Ella trae la copia del informe del IPCE y una impresión mayor del mapa. Trae además el papel de la fotografía de 1967, doblado en cuatro. Lo abre contra la carpeta. La pared fotografiada queda cruzada por una arruga blanca.
—¿Y esto cuándo lo vieron en el laboratorio?
—No lo vieron.
Elena mantiene la hoja abierta.
—Ya la tenía cuando fui —añade.
Kavi mira el margen inferior, donde no hay pie de imagen, y luego la mira a ella.
—¿Qué hay detrás del original?
Ella busca otra fotografía en el móvil. Cholon, marzo del sesenta y siete, once de la mañana. Distancia, exposición, una pared blanca. Kavi lee dos veces las cifras. La segunda vez se fija en la separación entre ellas.
—El original está en Madrid —añade Elena—. En casa. Esto es una copia de trabajo.
—Necesitaría las dos caras enteras.
—Las tendrás.
Él señala las cifras del reverso. La distancia a la pared es un dato de la inscripción, todavía no una medida que puedan repetir.
En el archivo digital habrá que guardar esa diferencia.
Elena le enseña otra toma donde se ve el borde completo de la fotografía antigua, sin el recorte con que la había enviado.
—Esta también —dice él.
—¿Aunque no salga nada más?
—Sale que acaba ahí.
Ella comprueba el recorte y encuentra un milímetro de una letra que había desaparecido.
Le pone una marca en la lista. Kavi guarda la ficha sin preguntarle de nuevo por el laboratorio.
Si ella quiere que la fotografía llegue allí, tendrá que enviarla; no le corresponde inventar una segunda conversación con Joaquín a partir de la que no ocurrió.
Kavi deja libre el paso. La conversación podría seguir allí hasta que uno de los dos se sentara en un escalón, pero tiene hambre y a ella se le vence la carpeta bajo el peso de los papeles.
Vuelve a la sala a cerrar su sesión. Cuando salen, el hombre de la factura está consultando el teléfono junto a la taquilla. Ha alisado el sobre. La cifra que antes tapaba vuelve a quedar visible, debajo de la signatura.
Comen tarde en García de Vinuesa, en un bar donde las tinajas ocupan el espacio que necesitaría otra mesa.
Elena pide jamón. Kavi pregunta si la tortilla lleva algo más que patata y huevo; el camarero le ofrece una que acaba de salir, con cebolla.
Él acepta. Elena se ofrece a cambiar el pedido, pero la tabla ya viene hacia ellos por encima de dos hombros.
La maleta cabe entre la pared y las rodillas. La carpeta, no. Elena la coloca de canto a su lado y retira el vaso para dejar un rectángulo de mesa limpio. Kavi aparta el plato hacia sí.
—Querría enlazarlo todo —dice.
Elena espera. Detrás de él cae una bandeja y el final de la frase parece pertenecer al golpe.
—Los documentos que se separaron. Las copias que se citan como si fueran originales. Lo que viajó sin que viajara el papel. Es mi trabajo aquí.
—¿Y cuánto tardas?
—En algunas cosas, más de lo que dura el contrato.
Elena hace una mueca breve. Él reconoce la respuesta; la ha visto en otras mesas, cada vez que alguien intenta calcular una tarea con un dinero que termina antes.