El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 12 · El que habla #3
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12 · El que habla #3

Mutia ha visto nácar entre el género de un mercader de Joló que trae sus cosas al embarcadero.

Va a buscarlo después del agua. Lleva un redondel de papel con la medida que necesita; cuando lo extiende sobre la primera concha, un extremo no alcanza.

El mercader gira el papel para enseñarle que, en otra posición, cabe. Ella vuelve a colocarlo como estaba.

—Todo. El redondo entero.

El hombre saca una pieza más gruesa. Tiene la parte blanca limpia y el borde todavía áspero. Mutia pasa el papel de un lado a otro. Esta sí puede dar el círculo, pero tendrá que rebajarse para que no levante demasiado en el centro. El mercader pide más por ella.

Mutia le ofrece lo que Kyūbei le ha dado. No busca nada en el nudo del tapis, donde está la cuenta azul, ni toca el oro guardado para el papel de las tierras. El hombre retira la concha. Ella dobla su redondel.

—Hasta ahí —dice, indicando con la uña una marca del borde—. Lo demás te queda.

El mercader vuelve a sacar la pieza. Discuten el corte, cada uno señalando una raya distinta. Al final él acepta el dinero y reclama los recortes grandes. Mutia envuelve el nácar en una tela propia. Antes de dejarla ir le pide que lo descubra otra vez y marca el extremo que debe volver.

El cortador del Parián viene al taller dos días después.

Kyūbei ha ido a buscarlo; Mutia llega cuando el hombre está descargando sus útiles.

Ha traído una tabla, un pequeño haz de tiras y un paquete de abrasivo.

Se sienta donde hay luz y le hace apartar un cuenco que cree vacío. Dentro queda agua hasta casi la mitad.

Trabaja con la medida de papel. El espejo está envuelto. Cuando necesita comprobar el asiento, Kyūbei descubre solo lo necesario y lo vuelve a tapar. Mutia recoge los recortes que el mercader reclamó. No mete los más pequeños con ellos: el cortador los está reservando en un rincón de la tabla.

El primer ajuste deja una parte alta. El hombre lo nota antes que ella y vuelve a desgastarla.

Al mediodía aún no ha cobrado. Come en el umbral lo que trajo envuelto, sin quitarse del dedo una tira que le protege la piel; luego vuelve a la tabla.

De los fragmentos pequeños prepara cinco piezas blancas, que reúne en una roseta sobre la placa continua.

Mutia comprueba por debajo que no ha abierto ningún agujero.

Cuando extiende la cuenta, el precio está escrito con caracteres que ella no lee. Kyūbei añade al margen una cifra, III, y paga los tres reales convenidos por cortar y ajustar. El hombre recoge sus útiles. El nácar se queda junto al bronce, todavía separado.

Mutia guarda los recortes grandes para devolverlos.

La resina la prepara otra tarde. Trae también fibra y su cuenta de vidrio azul.

Mezcla una parte de la fibra desmenuzada con la resina; reserva una hebra más larga, la pasa por el agujero de la cuenta y la ata al extremo de una astilla.

Antes de acercar el recipiente caliente comprueba dónde va a descansar la placa: alrededor queda un asiento más alto que el relieve, un borde continuo sobre el que puede extender la mezcla sin llenar el árbol.

Kyūbei ha preparado el cerquillo de cobre.

Lo prueba sin apretar; al cerrar la vuelta deja un extremo sobre el otro.

Con un poco de la mezcla, Mutia pega las cinco teselas sobre la cara exterior del nácar. Sostiene cada una hasta que deja de deslizarse. La placa continúa entera debajo de la roseta.

Ella ya va a untar cuando él le pide que espere.

Apoya el disco por el borde robusto y busca un punzón fino. En esa banda más gruesa del reverso, por dentro del asiento del nácar, incide una cruz. Después vienen letras, pequeñas, algo torcidas. Mutia acerca la lámpara. Desde allí reconoce la cruz; lo demás necesita dos renglones:

† SARVNO COCV NI

CABE YORI FVTAAXI

Kyūbei aparta el punzón y sopla los restos. Repasa uno de los trazos. Ella tiene que mantener la resina cerca del calor mientras acaba; al ir a mover la lámpara ve que él aún está mirando la última letra.

—Se enfría.

Él levanta la cabeza y le deja sitio.

Mutia pone la mezcla solo sobre el asiento. Sujetando la astilla, la extiende y la alisa con la cuenta azul. Debajo queda el león entero. Cuando acerca el nácar, una punta de la placa toca antes que la otra; la levanta, recoge el exceso y vuelve a apoyarla. Esta vez descansa sin oscilar.

Kyūbei coloca el cerquillo. Mutia sujeta mientras él une los extremos del cobre, remachando el cobre contra el cobre. Por delante la cara queda libre. Al retirarle el apoyo, ella teme ver una marca y gira la pieza hacia la puerta. No encuentra ninguna.

Esperan a que el cierre se asiente. En la tarde siguiente lo llevan juntos al claro.

Con el reverso blanco, el árbol sigue apareciendo en la cal.

Mutia mantiene el espejo hasta que la postura le duele; entonces se lo pasa a Kyūbei, y durante un momento se queda mirando las raíces sin tener que sostenerlas.

Dentro, él abre el arca. Mutia extiende el paño, pone la pieza encima y cubre primero el mango. Al recoger el último pliegue, las manos de los dos se rozan a través de la tela. Ella conserva el peso mientras Kyūbei busca espacio en el fondo. Solo abre los dedos cuando el bulto ya está apoyado.