12 · El que habla #2
Limpia el disco y cambia de útil. Con una varilla de hierro redondeada recorre la cara, apretando y aflojando, con el bronce bien asentado.
En un lugar se detiene antes que en otro.
Borra las huellas con la piedra y vuelve a mirar.
No llama a Mutia. Cuando llega ella, la varilla está a un lado y él tiene ya las dos manos sobre el agua.
Las piedras van gastándose por el centro.
Kyūbei las cambia de grano, enjuaga el disco, muda el agua antes de que la tierra fina de una piedra alcance a la siguiente.
El fondo del cuenco se ha vuelto gris. A la tercera vez que Mutia lo encuentra igual, trae otro recipiente y coloca ambos juntos: el que recibe el agua usada y el que todavía tiene limpia.
—Este —dice, señalando el segundo.
Él se equivoca de todos modos una vez. Ella vuelca el cuenco sucio fuera del paso, lo enjuaga y vuelve a llenarlo. Kyūbei tiene que deshacer una parte del pulido. Desde entonces, antes de mojar el carbón, mira dónde lo está metiendo.
El último trozo de magnolia se rompe entre sus dedos.
Queda uno que aún puede coger con las uñas.
Lo gasta hasta que el paño solo contiene polvo negro; después lo sacude sobre una tabla y guarda la tela.
El carbón de bambú que consigue no se comporta igual.
Prueba con poca presión en otro disco, enjuaga y busca la raya que ha dejado.
Lo cambia por un trozo más fino. La tarde entera se le va en esa diferencia.
Compra esmeril en el Parián. Tamiza la ceniza de cáscara de arroz que tenía guardada. En mayo, en vez del dibujo, sobre la banca hay pequeños paquetes que no deben mezclarse. Los aparta cuando llega un cliente. El cliente pregunta si ha dejado de hacer cosas grandes.
—La vuestra está fuera.
Es una vasija reparada. El hombre la llena para comprobar el fondo, aguarda y se la lleva todavía mojada. Kyūbei recoge las monedas antes de volver a extender sus paquetes.
El calor le baja por las sienes. Seca una gota que ha caído sobre el bronce, continúa; la manga húmeda deja una pasada turbia y debe buscar otro pliegue.
Al girar el disco apoya los dedos en las raíces del reverso.
La mano resbala un poco. Lo retiene por el mango y vuelve a colocarlo.
El relieve cabe bajo la palma sin desaparecer de ella.
Para el acabado trae azogue de un boticario de la calle Real.
El frasco es pequeño y pesa más de lo que espera quien va a recibirlo.
Lo deja tapado hasta tener preparado el estaño fino.
Trabaja en el corral, con un cepillo de paja dura; al mezclar, la plata móvil pierde su forma y se vuelve una pasta clara.
Frota una cara, luego otra. Se aparta cuando le viene el mareo.
El jarro de agua está donde puede alcanzarlo sin cruzar junto al frasco abierto.
Al terminar, la superficie conserva una nube que solo cede con más trabajo. Kyūbei no le da al fuego. La frota hasta que puede ver un extremo del alero, su propia ceja, la tira de cielo que encuentra al inclinarla. Desde la puerta parecen acabados los cinco.
Los deja separados sobre la tabla. En la caja del dinero queda menos de lo que había el día de la campana. El dibujo ha perdido una esquina. Busca un lugar donde ponerlo sin doblar el tronco y lo mete detrás de los paquetes limpios.
Mutia viene por los cántaros y lo encuentra esperándola.
Es junio. Ha llovido durante la comida y quedan gotas bajo el alero, pero el claro entre el taller y la iglesia recibe otra vez el sol de la tarde. Ella ha dejado los recipientes vacíos por la mañana. Va a coger la vara cuando Kyūbei le pide que se quede un poco.
—¿Cuánto?
Él lleva la tabla con los espejos.
Mutia lo ayuda por el otro extremo. Pesan menos de lo que pesa el agua, aunque se mueve con mayor cuidado.
Los depositan en tierra, sobre una estera, sin arrimarlos unos a otros.
Él se acerca a la pared oriental, la que ven desde el corral, y retrocede dos pasos.
La franja de cal bajo el alero está a la sombra; más abajo, la lluvia ha llevado tierra hasta una junta.
Sostiene la primera pieza casi tendida y busca el sol por arriba. En la pared corre una claridad, pasa el cerco de barro y alcanza la cal más limpia. Mutia se aparta un poco. La sombra de su cabeza se retira de la mancha.
Nada más.
Kyūbei le entrega el espejo por el mango.
Ella lo conserva mientras él toma el siguiente, luego comprende que necesita las manos libres y vuelve a ponerlo en su paño.
El segundo da una mancha más ancha. El tercero tiembla; Mutia cree distinguir algo, pero es la unión de dos zonas de cal.
Cuando Kyūbei mueve la luz a otro lugar, la unión se queda.
Para el siguiente baja más un borde. La claridad sale de la pared, vuelve y se mantiene a la altura de la cintura. Mutia inclina la cabeza hacia donde él señala. Solo consigue verse la sombra de un dedo. Lo retira. Kyūbei deja también esa pieza.
Queda una en la tabla.
Al cogerla, él cambia de apoyo y Mutia tiene que apartar el paño que se ha prendido en el mango. La sostiene un instante por abajo. Le da miedo ese poco peso, después de haber visto cuánto costaba sacarle metal. Kyūbei la toma sin que sus dedos lleguen a tocar la cara.
La claridad alcanza el muro y se estira. Él recoge un codo contra el cuerpo. Dentro de la mancha queda una raya que no estaba en la cal.
Mutia no se acerca. Desde su sitio puede seguirla: sube, se divide, encuentra una curva que pasa por delante de otra. Hay un borde oscuro junto al claro, tan próximos que al moverse el espejo parecen separarse. Ella busca el animal abajo, donde ayudó a dejarle espacio.
Ve las patas primero. Después el pecho, la corona. El árbol tiene un lado abierto; en el tronco se recoge una figura larga que reaparece más arriba. Kyūbei mueve la muñeca y todo se rompe en una claridad lisa. Mutia le toca el codo.
—Ponlo como estaba.
Él vuelve un poco. La raíz recupera el pecho del león.
Una nube corta el sol y los dos se quedan en su postura. Se oye caer agua de alguna parte, de una hoja que aún no se ha vaciado. Mutia nota que sigue sujetándole el codo. Lo suelta antes de que vuelva la claridad.
Al aparecer de nuevo la figura, el león mira hacia la derecha.
En el dibujo miraba hacia el otro lado.
—El león está del revés.
Kyūbei baja la pieza. Vuelve al taller y regresa con la hoja y uno de los fragmentos de molde que conserva.
Mutia aguarda junto a la estera. Él pone el papel con la señal del mango hacia abajo, mira el hueco en la tierra y vuelve el disco para ver el relieve.
Allí el animal también mira a la derecha. No prueba a corregirlo con el dedo.
La franja de sombra bajo el alero se ha estrechado cuando levanta otra vez la cabeza.
—Así queda.
Mutia recoge el papel antes de que lo moje una gota. Él le ofrece el espejo. Ella busca sitio para dejar la hoja y acaba poniéndosela bajo el brazo.
No encuentra la figura en seguida. Tiene que levantar los codos de una manera que le tira de la cicatriz.
Kyūbei le acerca el paño enrollado para que apoye una muñeca; ella lo rechaza con la cabeza, cambia el peso de pie y consigue llevar la luz a la cal.
Las raíces se alargan demasiado. Él le indica que se acerque.
Mutia da medio paso. El león se recoge, recupera las patas.
Ahora la nube vuelve antes de que pueda seguir mirando. Baja los brazos. Debe ir por el agua; lo dice y Kyūbei asiente, pero ninguno recoge aún las otras piezas. Cuando el sol sale, él sostiene la buena y ella tapa el reverso con el papel del dibujo.
El árbol continúa en la pared.
Mutia levanta la hoja. Mira el relieve descubierto, mira la cal. Vuelve a cubrirlo, esta vez procurando que no asome ninguna raíz por el borde.
—Puede taparse —dice.
Kyūbei aguarda a que quite el papel para bajar la pieza. Después la envuelve aparte. Los otros cuatro van al lado del que salió con un hueco en el canto, destinados a otra colada. El de pino y grulla permanece bajo la banca.
Al día siguiente él le entrega dinero para la concha.