El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 12 · El que habla
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12 · El que habla

La primera lengua del león se queda en la punta de la espátula.

Kyūbei vuelve a poner la tierra, la aprieta y abre otra vez el hueco.

El dibujo está delante, sujeto por las esquinas; el animal mira a la izquierda del papel.

En la tierra abierta hace que mire al mismo lado.

Esta vez trabaja desde la hoja, cavando el dibujo, sin imprimirlo con un modelo de madera.

La corona necesita menos profundidad. Si hunde igual todas las puntas, al sacar la espátula se llevará también la frente.

Fuera del círculo ha dejado los pasos del aire.

Dentro, entre el dragón y el borde, una porción lisa.

El resto tiene que caber sin tocarse: las tres garras, el vientre del león, la raíz que cruza por delante y vuelve a salir junto a una pata.

A veces pierde la figura y solo ve zanjas.

Levanta la caja, busca la luz de costado y recupera un cuerno, la curva de una cola.

Trabaja esa parte antes de que vuelva a desaparecer.

Todavía es febrero. Los moldes pueden permanecer bajo el alero mientras él acepta otros encargos.

Por la mañana arregla la tapa de un caldero; después se sienta ante el papel y hace una segunda cavidad, con su propio borde y su salida para el mango.

Compara las dos antes de cerrarlas. En una, la raíz queda más gruesa.

No la iguala quitando tierra a la otra: la rellena y empieza ese tramo de nuevo.

Cada disco tendrá que salir de su propia tierra.

Al acabar el sexto, ha rehecho dos veces la cabeza del dragón y una de las patas.

Guarda las cajas por parejas, con las mitades separadas, donde nadie pase cargado.

La superficie se aclara antes que el interior.

Kyūbei prueba el borde de una porción sobrante y espera; tiene otros trabajos que llevar al fuego.

Cuando puede cocer las mitades del primer grupo, las arrima al calor poco a poco.

Alguien lo llama desde el camino. Contesta sin dejar el horno.

—La tapa está dentro. Bajo la banca.

El cliente entra, encuentra el caldero, lo destapa y vuelve a taparlo varias veces. Kyūbei oye los golpes, cada uno un poco más fuerte. El hombre pregunta si no puede dejarla más ajustada.

—Con calor, entra más.

—Yo la quiero cerrar ahora.

Kyūbei aparta la pieza que está calentando y va a verlo.

La tapa ha quedado de través. La levanta, la asienta de nuevo y se la hace girar con dos dedos.

El hombre repite la operación. Todavía protesta por el precio, pero paga.

Cuando se marcha, Kyūbei tiene que volver a empezar el calentamiento que interrumpió.

En marzo dispone los tres primeros moldes junto al horno.

El vecino ha venido a mover el fuelle por lo convenido. Antes de sentarse pregunta cuánto durará; Kyūbei le muestra los tres cuerpos de tierra y el carbón apartado para ellos. El hombre se recoge la ropa por encima de las rodillas. Tiene una rozadura en el talón que procura no apoyar.

El cobre y el estaño están pesados. Kyūbei saca entonces el fragmento de la Asunción.

La arista curva aún conserva un lugar que sus dedos conocen sin verlo.

Lo limpia, comprueba que esté seco y lo añade a la carga.

No queda grande encima de los demás trozos.

Desde la puerta habría sido imposible distinguirlo.

El vecino empieza a empujar el fuelle.

Al principio se oyen la madera y su respiración; después, el fuego los cubre.

Kyūbei tiene que alzar la voz para pedirle que sostenga el movimiento.

El hombre se adelanta sobre el asiento y continúa.

A través de la boca del horno el metal cambia sin parecer que se mueva, hasta que una parte del montón pierde sus aristas.

Kyūbei retira lo que flota encima. El fragmento de la campana ya no tiene sitio propio.

Cuando levanta el crisol, el vecino se pone de pie.

Kyūbei le indica que se aparte hacia el lado seco.

La tierra del suelo está barrida; ha retirado el cubo y los paños.

Busca la boca del primer molde, apoya el cuerpo para que el peso no le tire de los brazos y deja correr el metal.

El chorro cabe por una abertura mucho menor que el disco escondido debajo.

Al cesar, queda una pequeña claridad en la entrada, espesa, que empieza a cubrirse.

En el segundo le tiembla un muslo. Termina de verter antes de cambiar de apoyo. No le queda fuerza para explicarle al vecino por qué ha tardado tanto en dejar el crisol. Le pide agua para beber, y el hombre tiene que ir a buscar el jarro al otro extremo del corral.

Después de llenar el tercero, recoge el metal sobrante en una lingotera seca. La barra queda apartada de los recortes: esa misma mezcla volverá al fuego para los otros tres discos, en la segunda tarde.

Ninguno se saca caliente. Cuando rompe la tierra del primero, el bronce tiene un blanco sucio, con partes oscuras pegadas al relieve.

El mango forma un solo cuerpo con el disco.

Kyūbei corta la entrada de colada y recorre el canto.

En el cuarto encuentra una cavidad: la lima descubre un hueco donde debía seguir habiendo metal.

Prueba por el otro lado. La falta se prolonga hacia dentro.

Lo deja en el montón de refundir, lejos de los moldes que todavía no ha abierto.

En el quinto hay que retirar una rebaba junto al mango.

El sexto sale entero. A su alrededor queda la tierra partida, con raíces que ya no encajan unas con otras.

Kyūbei lleva los cinco discos sanos a la banca.

Los coloca por su orden, dejando vacío el lugar del cuarto.

Al pasar de uno a otro, el metal hace un sonido fino que le obliga a separarlos con retales.

Busca el espejo antiguo de pino y grulla. Lo desenvuelve, mira el canto, vuelve a guardarlo en su sitio. No lo añade a la hilera. Para los nuevos corta una tabla más larga.

Las otras cuatro piezas sanas conservan casi todo el grosor con que salieron.

Quita las desigualdades, rebaja, comprueba.

En una tarde puede dejar una cara dispuesta para las piedras; luego necesita ganar lo que gasta en carbón, y esa cara espera mientras arregla una pieza ajena.

El sexto, el último de la segunda colada, vuelve a sus rodillas cuando el cliente se ha ido.

Marca cada jornada de trabajo en un listón.

Una raya por día en que ha podido sentarse ante él, aunque sea después de oscurecer.

No marca las mañanas consumidas en ir al Parián ni el día entero que pierde porque el comprador de una campana no aparece.

Al otro día lo encuentra en su casa. El hombre dice que había ido a buscarlo al taller.

Hablan un rato sobre dónde estuvo cada uno, con la campana entre los dos, hasta que Kyūbei deja de contestar y espera el dinero.

La cara del sexto empieza a bajar.

Se arrodilla delante de la banca, sujeta la pieza en su asiento y lleva el sen hacia el cuerpo.

Al llegar cerca del borde levanta el filo.

Vuelve al principio; cambia un poco la dirección, tira otra vez.

La viruta cae sobre la tabla, fuera del paño.

A las quince pasadas se endereza. Si consigue veinte, tiene después que apoyarse para levantarse.

Una tarde Mutia entra cuando lleva la cuchilla levantada. Él oye el agua antes que los pasos y espera a que deje los cántaros. Ella mira la hilera de piezas.

—¿Cuántos faltan?

Kyūbei señala el que está trabajando.

—Ese estaba ayer.

—Sí.

Mutia pasa por detrás sin tocarlo. Tiene que llenar primero una vasija del convento; ha traído al taller lo que podía cargar en este viaje.

Él le pide que deje un poco en el cuenco.

Ella lo llena, apoya el cuenco lejos de las virutas y sale con los cántaros vacíos.

Kyūbei no puede pedirle que vuelva antes.

Deja el sen atravesado en el asiento y bebe de su jarro, sin levantarse.

En la segunda semana se abren las yemas del índice y del corazón.

Lo nota al lavar la pieza: el agua encuentra dos lugares que arden.

Se ata tiras de trapo. Al volver a coger las asas, una tira se pliega donde necesita afirmar el dedo.

La recoloca, prueba, acaba quitándosela.

Mantiene el sen sobre las rodillas hasta que deja de salir sangre.

En Nagasaki, a los doce años, había querido desenrollar una viruta con los dedos. Recuerda la raya roja en el índice y las manos anchas que le quitaron la espiral. Jinbei le puso después la cuchilla entre las manos. Kyūbei mira el filo acortado de ahora. Vuelve a cogerla.

Al día siguiente acepta un arreglo que puede hacer de pie. Cobra poco, pero al terminar consigue doblar los dedos sin que se le pegue la piel. En el listón no pone ninguna raya. El sexto disco espera sobre su tabla; los otros tienen polvo en el hueco entre el mango y el cuerpo.

El mes de trabajo ocupa más de un mes del calendario.

En abril lleva veintidós marcas. Ha reducido la cara hasta que el canto deja ver una franja mucho más estrecha que la de sus compañeros.

Palpa el borde antes de sentarse y al levantarse.

El apoyo tiene que seguir lleno bajo el disco; basta una holgura para que el metal se mueva donde no debe.

A veces encuentra un grano duro entre el asiento y la pieza.

Lo retira, limpia y vuelve a comenzar sin haber quitado una sola viruta.

También la espalda necesita otro apoyo. Kyūbei dobla un saco, lo acerca a las rodillas y lo retira a los pocos minutos.

La mayor parte del día se le va ahora en preparar una postura que antes no tenía que pensar.

Cuando se incorpora ve manchas que se deshacen despacio.

Aguarda junto al poste hasta que el corral vuelve a tener sus lugares.

En la trigésima jornada no deja de trabajar al hacer la raya.