El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 11 · Tomar el modelo #3
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11 · Tomar el modelo #3

Mutia libera el papel del león. En la parte que estaba cubierta quedan dos puntas de raíz separadas por una abertura demasiado estrecha. Kyūbei las une con el carbón, se arrepiente y frota con el dedo. El animal ha perdido sitio otra vez.

—Aquí tendría que salir el aire —dice él.

Marca fuera del círculo una rayita que no pertenece al dibujo. Luego otra. Mutia sigue la segunda hasta la punta con la uña.

—¿Con tantas salidas se secará antes?

—No basta eso. Tiene que secar dentro. Y pasar por el fuego antes del metal.

Ella mira el grano de tierra que ha apartado.

—¿Y la arena aguantará todo esto?

—Si lo saco sin romperla.

Kyūbei deja el león junto a los papeles rotos y estrecha el árbol. Mutia vuelve a tomar aquella hoja, la coloca a la altura de las raíces y sostiene la esquina para que no se curve.

—Ponle el león. Que se vea quién estrangula a quién.

—La pata tiene que separarse de aquí.

—Aquí hay sitio.

—Eso es el borde.

Ella retira el dedo. Kyūbei pone una hoja limpia sobre las otras y empieza de nuevo por abajo. Esta vez no utiliza el disco de madera. Traza media circunferencia, deja sin cerrar la parte superior y levanta una raíz que vuelve sobre sí misma antes de alcanzar el tronco.

Mutia aparta un retal del banco y se sienta. Kyūbei oscurece el espacio entre las raíces hasta que desaparece el trozo de tronco que había dejado dentro. Ella se inclina.

—Ahora está hueco.

Él frota el carbón, pero la mancha no se aclara lo suficiente. Va a romper también esa hoja. Mutia pone la palma sobre el borde.

—Dibuja al lado.

Queda sitio fuera del círculo. Allí hace solo el cruce de dos raíces, con la madera que encierran.

Tarda menos que en la figura entera. Mutia señala el dibujo pequeño y después el grande; él corta un pedazo de papel limpio, lo pone encima de la mancha y repite el cruce.

La pata del león tiene que levantarse un poco más.

Al alzarla se le acorta el cuerpo. Puede dejarla así: el animal acaba de apoyar el peso en la otra.

El retal se mueve cuando Kyūbei retira la mano. Lo sujeta con una piedra. Ya no quiere perder ese lugar.

Mutia va a buscar los cántaros. Entre los dos vacían el primero. Del segundo ella guarda agua para humedecer el paño con que se limpia el hombro. Kyūbei tiene que sujetar la boca contra la tinaja para que el golpe del chorro no les salpique los pies.

Cuando terminan, el papel nuevo ha recibido una gota.

Cae donde debía estar la copa. Kyūbei trata de absorberla con una esquina de tela; la marca se extiende y se lleva parte del carbón. Mutia mira el borrón y después su cántaro, como si todavía pudiera impedir que hubiera ocurrido.

—Déjalo —dice él.

Aprovecha la zona limpia junto a la mancha para extender una rama. Ya no necesita que la copa ocupe toda la parte de arriba. La raíz cruza por delante del cuerpo del león; una garra aparece sobre ella y la otra queda libre, vuelta hacia el tronco.

Mutia recoge la vara. Antes de cargar los cántaros vacíos, comprueba que los dos nudos estén bien cerrados. Kyūbei se aparta para dejarla salir. Desde la puerta ella señala la lámpara en el suelo.

—La vas a pisar.

Él la levanta y la pone en su sitio.

Al animal le queda demasiado espacio detrás de la cabeza.

Kyūbei lo descubre cuando Mutia ya no está. Ha reducido el león para que quepan las raíces y ahora el cuello del árbol sube solo hasta la copa. Prueba una rama más baja. No sirve: parece salir del hocico.

Sobre un trozo roto dibuja una curva larga.

La curva da una vuelta al tronco y otra más arriba.

En su extremo pone una cabeza, dos cuernos, las barbas que dejan libre la boca.

Vuelve al papel entero antes de añadir las patas.

Una se coge al árbol con tres garras; las otras se pierden y reaparecen a medida que el cuerpo se enrosca.

No necesita alas. Borra el primer amago de nube: allí debe quedar aire.

El dragón desciende hacia el león, pero las cabezas no llegan a tocarse.

Kyūbei gira la hoja, luego la devuelve a su posición. Coloca abajo la marca del mango. Rodea con el carbón el sitio de la corona para no perderlo al llevar el dibujo al modelo. Todavía no ha modelado el relieve.

Fuera han empezado a llamar a un niño. La voz se aleja por el camino y regresa sin él. Kyūbei guarda el carbón y cubre el papel con un paño. Levanta una esquina sobre la piedra para que el aire alcance la mancha de agua. Después sale al corral.

Queda una franja de sol en la pared del este, la que recibe la tarde.

En el extremo inferior la cal tiene una salpicadura de barro que no recuerda haber visto.

No trae ningún disco. Se acerca hasta tocar el borde entre la zona iluminada y la sombra; la claridad retrocede sobre los nudillos mientras él mantiene la mano quieta.

Dentro del taller queda el árbol cubierto, con los dos animales.

Kyūbei retira la mano. Aún puede distinguir las huellas oscuras de sus dedos, pero necesita ponerse cerca. Cuando la pared se quede sin luz no podrá probar nada. Al apartarse, ya no deja sombra en la pared.