11 · Tomar el modelo #2
Sin embargo, pasa la primera mañana retirando tierra suelta de su base. Por la tarde barre debajo de la banca. Saca cada piedra, la limpia con agua, las dispone de mayor a menor grano y vuelve a guardarlas. A la mañana siguiente afila el sen. No hay bronce sujeto delante de él.
Los vecinos siguen trayendo trabajo.
A uno le dice que vuelva al cabo de dos días.
Cuando vuelve, le pide otros dos. El hombre se lleva la pieza para preguntar en otra parte.
Kyūbei lo ve salir y recoge del suelo el hilo con el que venía atada.
El hilo todavía puede servir. Lo enrolla alrededor de los dedos y no encuentra dónde dejarlo.
De noche come junto a la lámpara. El arroz se endurece en el borde de la escudilla mientras él dibuja sobre papel de envolver.
Rompe la primera hoja porque ha hecho demasiado grande la cabeza.
En la segunda cabe la figura entera, pero el cuerpo parece sostenido por la cola.
En la tercera consigue las patas y pierde la curva de la espalda.
No ha dibujado un hombre.
El león de la calle Real levanta las dos garras sobre lo que sería un campo vacío.
Kyūbei conserva el lugar de la corona, la lengua que sobresalía de la piedra, el bulto del pecho.
Del rostro recuerda menos. Al oscurecer el hocico lo vuelve casi un perro; trata de darle anchura y le sale una boca que no puede cerrarse. Dobla esa parte de la hoja hacia atrás.
En el papel nuevo empieza por el círculo.
Lo traza alrededor de un disco de madera y deja debajo sitio para el mango.
Ya no puede hacer las patas tan largas. Una debe caber junto al borde; la otra se interna en la superficie, sobre unas raíces que dibuja sin árbol.
La lámpara humea. Kyūbei la acerca para ver si el carbón se ha deshecho bajo su muñeca y termina por manchar la corona.
A la mañana siguiente lleva la hoja al corral.
El árbol que da nombre a Dilao tiene un tronco que puede dibujarse de una sola vez.
Lo intenta. En el papel las ramas ocupan la parte alta; debajo quedan las raíces, demasiado separadas de ellas.
El león parece haberse subido a un haz de leña.
Kyūbei cruza una línea sobre el tronco y deja el papel bajo una piedra.
Baja hasta el estero sin la hoja.
Allí está el balete. Ha pasado a su lado cargado de cosas y ha buscado su sombra, pero ahora se acerca hasta donde los pies encuentran las raíces.
Una baja recta; otra se aparta para alcanzar el suelo por fuera.
Entre las más gruesas queda un hueco donde todavía se distingue madera de otro color.
Kyūbei introduce dos dedos y toca una superficie que se desprende. Retira la mano con una astilla húmeda.
Da la vuelta al árbol.
Desde el otro lado el hueco se estrecha.
Las raíces se han unido en dos lugares y entre ambos aprisionan un trozo del tronco viejo.
Si lo dibuja entero no se entenderá. Necesita mostrar un lado abierto, conservar el espesor de las raíces y dejar sitio para que el ojo encuentre lo que hay dentro.
Se agacha a mirar desde abajo. Un muchacho que pasa le pregunta si ha perdido algo; Kyūbei le hace seña de que no.
Vuelve con una astilla que se deshace antes de llegar al taller.
Esa tarde consigue dibujar tres raíces. Las demás sobran. A partir de ellas levanta el árbol, ensancha una parte y estrecha otra. La copa no cabe. Prueba a recortarla contra la circunferencia, borra con un trozo de tela y dispersa por toda la hoja un gris que ya no puede quitar.
Cuando Mutia entra, tiene el león en un papel y el árbol en otro.
El primer cántaro toca el suelo con un golpe que lo hace levantar la cabeza.
—No está roto —dice ella.
Kyūbei se acerca para ayudarla con el segundo.
La vara ha dejado una raya en el hombro de Mutia, por encima del borde de la ropa.
Él la coge por un extremo mientras ella libera la cuerda.
Entre los dos bajan el cántaro junto a la tinaja.
Aún no se ha vertido nada y ya hay una mancha de agua en la tierra.
Mutia ve los papeles.
—¿Este es el que me dijiste?
Él tarda en entender que pregunta por un espejo.
Ha olvidado cuándo hablaron de hacer otro.
Señala el árbol, después el león. Ella se acerca desde el lado de los cántaros, gira la hoja del árbol para verla derecha y la coloca junto a la otra.
La base de un dibujo queda a distinta altura que la del segundo.
—Así no cabe —dice.
—Por eso están separados.
Mutia toma el papel del león.
—¿Puedo?
Él asiente cuando ella ya lo está moviendo. Lo pone por encima del otro, desliza una esquina y desaparece media pata. Kyūbei quiere apartarlo; Mutia lo sujeta con dos dedos.
—Míralo desde aquí.
Cambia de lado. Con la pata tapada, el animal parece cogerse a una raíz. Kyūbei inclina el cuerpo para buscar el contorno que falta y aparta la lámpara apagada, que estorba. La deja en el suelo.
Mutia levanta la esquina.
—Este árbol lo conozco.
Él señala la abertura que ha reservado entre las raíces.
Con la uña trata de mostrarle por dónde deberá entrar la tierra al hacer el molde, las partes que pueden desprenderse cuando retire el modelo.
Le faltan palabras y busca un resto seco de un molde antiguo.
Lo trae hasta la mesa, coloca un grano grueso sobre el papel y después otro más fino.
Ella aparta los dos para no rayarlo.
—No hace falta hundirlo tanto —dice.
—Si no hundo, esto no se ve.
—Eso lo dices tú. Yo lo veo.
—En papel.
Mutia acerca la cara al dibujo. Tiene un pelo pegado a la mejilla; se lo retira con el dorso de la muñeca, sin soltar la hoja. Él busca un espejo pequeño que aún está por terminar y lo apoya de canto para mostrarle cómo desaparece una parte del relieve cuando la luz cae de frente.
Ella mueve la cabeza a un lado.
—Entonces se busca la luz.
—El que lo compra no quiere buscar nada.
—¿Este ya está comprado?
Kyūbei vuelve el espejo para que no caiga. La cara sin acabar conserva las huellas de la piedra.
—No.