El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 11 · Tomar el modelo
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11 · Tomar el modelo

El hombre que va delante lleva un niño dormido y no puede sacar el dinero.

Kyūbei le sujeta el codo mientras busca dentro de la ropa.

La banca se aparta del desembarcadero con cada movimiento; el barquero la retiene por una cuerda y les pide que acaben de bajar.

El niño abre los ojos al recibir el sol, mira a Kyūbei como si esperase encontrar a otro y vuelve la cara contra el cuello de su padre.

En San Miguel hay gente que pregunta lo mismo que ellos.

Una mujer les indica el patio de los padres.

Ha venido desde Dilao por tierra y no quiere volver hasta haber oído todos los nombres.

Dice que ayer leyeron solo una parte. Un vecino asegura que los han leído enteros, dos veces, pero ella se ha adelantado ya por el camino y el hombre debe acelerar para contradecirla.

Kyūbei comprueba con el pulgar las monedas que le quedan. Tiene para el regreso.

La pintura ocupa casi todo el paño de pared entre dos puertas.

La han sujetado por arriba y han puesto una tabla en el borde inferior para impedir que el aire la levante.

Aun así, una esquina se abomba: cuando pasa alguien por la puerta de la derecha, el cielo pintado se hincha un poco y vuelve a caer.

Hay quienes se agachan para ver desde el patio, por debajo de los sombreros.

Otros permanecen al fondo, cerca de una mesa donde un jesuita ordena papeles.

Kyūbei consigue un lugar a dos pasos del cuadro.

Junta las manos detrás de la espalda. A esa distancia puede abarcar la pintura sin mover la cabeza.

Ve la altura de la colina, las filas de hombres, una tabla sostenida por maderos.

Sobre ella hay cabezas que miran hacia los postes.

Debajo de algunas se ha pintado una raya roja, tan igual de una a otra que parece hecha con el mismo trazo y la misma carga del pincel.

Un hombre a su lado las cuenta en voz baja.

Se detiene en veintinueve, vuelve a empezar desde el otro extremo y llega a treinta. No dice nada más. Se quita el sombrero que había conservado hasta entonces.

A Kyūbei se le van los ojos hacia las manos.

Uno de los atados tiene las palmas anchas, los dedos cortos.

El pintor ha vuelto el brazo para mostrar la cuerda y luego ha puesto la mano como si el brazo siguiera de frente.

Kyūbei mueve el pulgar detrás de su espalda.

Intenta la vuelta, detiene el movimiento antes de que le duela.

En la otra mano hay una uña que no debería verse.

La anchura es la justa. Lo demás está mal.

Alguien toca el borde de la pintura y un ayudante de los padres le aparta el dedo. La mujer quiere saber cuál es el que está junto al poste más alto. Señala otra vez, ahora sin tocar. El ayudante busca un papel en la mesa, no encuentra lo que necesita y le pide que espere a la lectura.

—¿Lo han visto? —pregunta ella.

El muchacho le indica un hueco a la izquierda, desde donde se ve mejor, pero la mujer vuelve a señalar la cara.

—El que lo pintó. Si lo ha visto.

El muchacho se vuelve hacia el jesuita.

Cerca de Kyūbei dicen que la noticia vino en un barco portugués; después llegó un japonés con más cartas.

Hablan de papeles que no viajaron juntos, de una pintura grande y de otra.

Uno ha oído que las dos se hicieron por encargo de los padres; otro sostiene que esta vino enrollada.

Kyūbei ve un pliegue que cruza la falda de la colina.

No permite saber cómo la trajeron. El pliegue atraviesa una de las figuras; la parte alta del cuerpo no coincide del todo con las piernas.

El dōjuku se coloca junto a la mesa.

Es un hombre de voz algo ronca, con una uña hendida en la mano que sujeta los papeles.

Espera a que el jesuita termine de leer una advertencia en portugués y comienza a repetirla en japonés.

Da el lugar, Nishizaka. Da el día, diez de septiembre del año pasado.

Enero está fuera del patio: en los barcos que entran, en el agua removida junto al desembarcadero.

El día que lee el hombre permanece entero en su boca, sin ninguno de los cuatro meses transcurridos.

La relación es un cuadernillo de papel fino.

A través de la hoja que el jesuita levanta se transparentan las líneas de la siguiente.

Los nombres están copiados en columnas, con añadidos en los márgenes.

En algunos hay edad; en otros, oficio o casa religiosa.

El dōjuku acerca el cuadernillo a la luz antes de empezar.

La mano del copista parece haber disminuido al llegar al pie.

Se oye un nombre en portugués y después en japonés.

El hombre que ha traído al niño lo cambia de brazo. El pequeño quiere bajar. Su padre lo deja en el suelo sin soltarle la muñeca y el niño se mete entre sus piernas para mirar. Kyūbei aparta un pie para que el niño alcance a ver el extremo de la tabla pintada.

Al nombrar a los niños, el lector da los años.

Una mujer repite una edad. No es una pregunta. El dōjuku se detiene, pero ella le hace una señal para que continúe. Del fondo del patio llega el ruido de una vasija al romperse y, detrás, una voz que ordena que nadie camine descalzo por allí.

Un dominico se acerca a la mesa. Mientras el ayudante busca la hoja siguiente, el fraile apoya el dedo junto a un nombre y habla bajo con el jesuita.

Kyūbei solo entiende un número. El jesuita responde con otro y recoge el papel para que el dōjuku pueda leerlo.

El dominico no se marcha. Permanece a un lado y asiente cuando pronuncian el nombre que señaló.

Kyūbei cuenta los postes sin proponérselo.

Ve uno vacío, luego otro. El tercero está cerca del extremo, con la tierra pintada alrededor y ningún cuerpo que la oculte.

Los veinticinco lugares caben en la colina, pero en tres la madera queda sola.

El hombre que antes contó las cabezas sigue la dirección de sus ojos y adelanta la cara.

Parece dispuesto a decir algo. Se limita a cambiar el sombrero de mano.

—Cincuenta y cinco —dice el dōjuku al llegar al pie de la hoja.

La lectura acaba. El jesuita cierra el cuadernillo y un murmullo pasa desde la mesa hasta quienes aguardan junto a las puertas.

Algunos se persignan; otros preguntan por nombres que no han oído.

La mujer que había venido por tierra hace sitio para que un anciano alcance al lector.

El hombre levanta una mano temblorosa, dice dos sílabas y espera.

El dōjuku se las hace repetir.

El anciano aprieta los labios después de pronunciar el nombre, como si temiera decir algo que estorbase.

Espera mientras el lector recorre la última página.

El dōjuku vuelve a la anterior, pasa el dedo por una columna y niega con la cabeza.

No le ha dicho que viva. El anciano, sin embargo, le coge la mano y se la retiene hasta que el hombre consigue explicárselo otra vez.

Desde atrás llaman por otro nombre. La mujer que vino a pie levanta el brazo para que callen.

El dōjuku pide entonces al jesuita las hojas sueltas.

Son de otra mano, con renglones más anchos y dobleces que no corresponden al cuadernillo.

El jesuita las ordena sobre la mesa y dice que son otras noticias llegadas de Nagasaki.

Hay menciones de presos, de casas abandonadas, de personas de las que aún no se sabe.

El dōjuku traduce esa advertencia antes de leer.

Kyūbei no cambia de sitio.

Uno de los papeles comunica varias muertes sin dar día. El dōjuku lee «Domingos Jinbei», y sigue leyendo.

La esquina de la pintura se levanta al abrirse la puerta. Esta vez queda doblada sobre sí misma. El ayudante sale de la mesa para alisarla, coloca mejor la tabla y vuelve. Cerca de Kyūbei, el niño ha empezado a quejarse porque su padre lo retiene de la muñeca. Nadie se vuelve hacia el fundidor.

Todavía alcanzará la banca si sale ahora.

No sale. Mira el brazo pintado hasta que las voces han dejado de distinguirse.

Podría corregirlo con dos trazos: retirar aquella uña, llevar el pulgar al otro lado.

El resto de la mano necesitaría menos arreglo.

Hay una zona junto a los nudillos donde el color se ha quedado sin cubrir del todo; desde más lejos pasaría por brillo.

Cuando el patio empieza a vaciarse, Kyūbei se aparta.

En el desembarcadero espera a que una mujer termine de subir sus cestos.

Ha calculado mal y no cabe entre ellos. Debe bajar uno, sentarse y recibirlo de nuevo.

El barquero insulta al que empuja desde tierra antes de tiempo.

Kyūbei ocupa el espacio que queda junto a la proa y paga.

La mujer pregunta de qué parte viene. Él señala hacia los padres.

—Yo mañana —dice ella.

La banca se pone de través al salir. Por un momento ven San Miguel sin tener que volver la cabeza.

El cielo detrás de las casas conserva claridad; debajo de los apoyos, el río ya parece de noche.

Kyūbei lleva las manos sobre las rodillas.

Cuando llegan a Dilao, el barquero tiene que pedirle que se levante para dejar bajar el cesto.

El horno está reparado desde hace más de un año.

A la mañana siguiente del terremoto, Kyūbei y la viuda llevaron el recibo al escribiente.

Hubo una fecha nueva y hubo todavía una demora.

En otoño ella se llevó su espejo de pino, bambú y ciruelo, envuelto en la tela que había traído, sin entregar más dinero.

Le devolvió el papel después de mirar la cara junto a la puerta.

Kyūbei pudo reunir otra vez las monedas que mantenía separadas.

El recibo está ahora en la caja, bajo los papeles de cobros más recientes; la señal roja del pulgar se ha partido por el doblez.

Ha fundido muchas cosas después de aquel espejo. El horno no necesita que lo mire.