El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 10 · Exhibición de libros #3
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10 · Exhibición de libros #3

El secretario llama al criado. Le falta algo que dejó junto al tintero. El hombre se agacha para buscarlo en la cartera y Mutia permanece a su lado, con la ropa en brazos, hasta que encuentra una tira de tela. Entonces le pregunta dónde pueden recibirla otro día.

Él le indica el camino hacia la ciudad. Mutia conoce aquel camino; lo que no sabe es a qué puerta dirigirse al llegar.

Intenta preguntarlo, pero el criado debe alcanzar al secretario y se aleja con la tira en la mano.

Ella lo sigue dos pasos. El bulto se le baja contra las muñecas y tiene que detenerse para recogerlo.

El arzobispo se marcha por las esteras. La gente vuelve a dejarle un corredor. Mutia podría seguirlo hasta el camino, pero el ayudante de la sacristía sale por la casa y la llama para recibir los paños. Le abre una mano encima del bulto, como si quisiera comprobar cuántos ha traído.

—Hay uno menos.

—El otro lo tienen en la enfermería.

—Trae ese también.

—Cuando lo laven.

Él tira del bulto y Mutia tiene que soltarlo para que no se despliegue. La puerta de la sacristía continúa cerrada. Desde este lado no se oye retirar la tranca.

La lluvia llega mientras están recogiendo las esteras.

Cae primero de través y obliga a llevarlas bajo el alero de dos en dos.

Mutia ayuda a enrollar una; dentro queda una lengua de polvo que ensucia las vueltas nuevas.

Quien mandó tenderlas pide que no arrastren los extremos.

Nadie puede levantar a la vez todas las puntas.

En el taller de al lado han dejado de golpear. Los muchachos del estero gritan más alto. Mutia ve a uno correr por la explanada, cubriéndose la cabeza con las manos aunque tiene mojado todo el cuerpo.

El franciscano joven la llama desde el árbol.

El dōjuku está con él. Ha vuelto después de acompañar a los ancianos hasta sus casas. Mutia no sabe qué le ha contado, pero el fraile mira primero el tronco y luego la boca de ella.

—¿Qué hacías aquí cuando hemos llegado?

—Pasaba con la ropa.

—Te has detenido.

En la corteza hay una franja más oscura, protegida de la lluvia por la inclinación del tronco. Mutia la mira.

—Miraba si estaba seco.

El religioso repite la pregunta de otra manera. Ella no añade nada. Él le ordena que barra el atrio durante quince días, antes de ocuparse del agua; que recoja las hojas, también las del árbol. Hablará con Marina para que no lo olvide.

Mutia pregunta si ha de hacerlo antes o después de misa.

—Antes.

El dōjuku permanece mirando hacia el estero. Hay un muchacho que quiere remontar la corriente agarrado a una banca y no consigue acercarse. Mutia sigue la mirada del joven durante un instante, hasta que el fraile vuelve a decirle que puede irse.

Las esteras están a cubierto. Ya no la necesitan para eso.

Cuando la lluvia afloja, el papel de la puerta se ha pegado a la madera.

Bajo el clavo se forma una bolsa; el sello pesa y tira hacia abajo.

Mutia vuelve con el cesto de la colada sucia y se detiene donde puede verlo sin acercarse.

Han pasado cerca de dos horas desde que lo fijaron.

El sol regresa antes de que termine de llover.

Un hombre intenta leer el medio pliego. Se inclina de un lado, después del otro. Una esquina se ha vuelto sobre las líneas; por debajo, el papel toma la forma de la veta. El hombre aparta los dedos sin tocarlo. No consigue seguir la lectura y se va a buscar a alguien que la haya oído.

Kyūbei sale del corredor de una casa próxima. Lleva una pieza de madera bajo el brazo, envuelta en un trapo para que no se moje. Espera a que Mutia acomode el cesto.

—¿Has oído? —le pregunta ella.

—Sí.

No especifican qué parte. Echan a andar hacia el estero por el paso estrecho que han dejado las esteras enrolladas.

—¿Qué guardan en esos libros?

Él tarda en contestar. Acomoda la madera contra el cuerpo.

—Los nombres.

—¿De todos?

—De los que bautizan. En Nagasaki ponían el nombre, el padre y la madre. Los padrinos. El día.

—¿Y si no estaban?

—Preguntaban.

Mutia aparta el cesto de una hoja mojada. Kyūbei espera a que vuelva a ponerse a su lado.

—¿Tú los has visto?

—Uno. El padre buscaba a un hombre. Iba pasando las hojas y preguntaba cuándo lo habían bautizado. Nadie sabía el año.

—¿Lo encontró?

—Yo salí antes.

Al llegar al cruce, él debe tomar el camino del taller. Ella sigue hasta el agua. Durante unos pasos se oyen andar por separado, todavía cerca.

—En Balete se guardaba de otra manera —dice Mutia.

Kyūbei se detiene. No le pide que lo repita. Ella ajusta el cesto en la cadera y continúa; al volverse para salvar un charco ve que él también se ha puesto en marcha.

La campana toca a vísperas. Desde la orilla, la iglesia queda oculta detrás de las casas; su puerta seguía cerrada cuando han dejado la explanada.

Los muchachos ocupan todavía las bancas y el agua entre ellas.

Uno se escurre el pelo, otro busca con el pie algo que ha perdido en el fondo.

Mutia les pide que se aparten del lugar donde va a enjuagar.

Deja el cesto en alto. Antes de meter la ropa introduce la mano. El agua está caliente junto a la superficie. La baja medio palmo y encuentra el frío; mueve los dedos allí un momento. Después la saca.