El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 10 · Exhibición de libros #2
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10 · Exhibición de libros #2

Valdemoro habla otra vez. Dice que pertenecen a la Orden; la voz no sube. Cuando el prelado le responde, el fraile invoca los privilegios de sus superiores. Mutia entiende obedecer y entiende que no puede. Las dos cosas vienen juntas. Espera a que una corrija la otra.

La discusión pasa al latín. El secretario abre la cartera; encuentra una hoja, la vuelve y lee.

Alguien nombra a un papa, después a otro.

Desde la explanada, los japoneses ven moverse los labios sin recibir todavía una traducción.

El dōjuku levanta la mano para que los viejos no le pregunten al mismo tiempo.

El criado de la silla sale de la iglesia. Tiene una marca negra en la media, donde lo ha golpeado la pata. Mira a Mutia y a la ropa, mira la puerta lateral y termina apoyándose contra el muro.

El bulto empieza a deslizarse. Ella lo sube con la rodilla. El movimiento hace que el muchacho de las llaves la vea.

—Déjalo después —le dice.

—Tiene que estar antes.

Él abre la boca, pero el provisor vuelve a requerir al cura y los dos callan.

Mutia reconoce ahora la palabra excomunión. La ha oído amenazar en otros lugares; esta vez no va dirigida a una mujer que espera fuera. El dōjuku se levanta para escuchar mejor. Uno de los ancianos tira de su manga, impaciente, y el joven se la libera con cuidado.

Valdemoro responde más despacio. Remite al prelado a su superior; mantiene que esas censuras no lo obligan. El secretario escribe. Kyūbei se ha acercado al borde del corredor, pero sigue dejando sitio delante de él.

Las llaves pasan de la mano del muchacho a la del cura.

Por un momento, Mutia cree que van a entrar todos.

La hoja de la sacristía gira hacia dentro y Valdemoro cruza el umbral.

Ella adelanta un pie, dispuesta a entregar la ropa al ayudante.

Nadie más cruza. La puerta vuelve contra el cerco.

Desde dentro llega un arrastre breve, madera sobre madera, y luego el golpe de la tranca en su alojamiento.

El bulto roza el pecho de Mutia cuando lo aprieta.

A su espalda se oye un grito desde el estero, la alegría entera de otro que ha saltado. Aquí nadie se mueve. El secretario sostiene la pluma lejos del papel. El muchacho ya no tiene las llaves y tampoco sabe qué hacer con la mano vacía.

El arzobispo habla a la puerta. Debe repetirlo, porque un viejo japonés ha empezado a preguntar y varias personas lo hacen callar. No se levanta la tranca.

El provisor llama al secretario.

Mutia retrocede para dejarlos pasar. El hombre de la silla entra a buscarla y sale llevándola de otra manera, con el asiento vuelto contra el vientre.

La puerta grande de la iglesia permanece abierta mientras sacan lo que han traído.

El secretario escribe apoyado en la cartera; otra persona la sostiene por debajo.

La pluma avanza, se detiene, vuelve a buscar el tintero.

Inés ha regresado por el paño del rodete.

—¿Has podido pedirlo?

Mutia niega con la cabeza.

—Dicen que hay tres días.

—¿Para qué?

No sabe explicárselo con la ropa en los brazos y tanta gente pasando entre ellas. Inés recupera la vuelta de tela del banco. La necesita para llevar otra tinaja; se marcha antes de que acaben de escribir.

El provisor lee desde dentro de la iglesia, junto a la entrada.

Mutia lo oye desde el atrio. Esta vez pronuncia el nombre de fray Alonso de Valdemoro y Mutia consigue seguirlo hasta la declaración de excomunión.

Después llega la suspensión. Hay palabras que se enlazan demasiado para retenerlas.

Mira al dōjuku; ha vuelto junto a los viejos y traduce sin alzar la voz.

Uno pregunta si el cura podrá decir misa mañana.

El otro le pide que espere, aunque también él ha interrumpido.

Kyūbei escucha con la cabeza un poco inclinada.

El papel ocupa medio pliego. Lleva un sello de placa, pegado abajo, y el secretario lo sostiene de modo que la gente pueda verlo.

Un criado busca dónde fijarlo. La puerta principal ya se ha cerrado; debe hacerlo en una tabla que tiene un clavo viejo y una veta abierta.

Golpea un clavo nuevo con el cabo de una herramienta.

El primer golpe apenas entra. Al segundo, el papel queda preso por arriba y su borde inferior se levanta con el aire.

El criado deja la herramienta junto a su cartera de viaje. Tiene la manga abierta por una costura y un hilo le cuelga hasta la muñeca. Mutia se acerca antes de que la recoja.

—Quiero preguntar una cosa.

Él mira por encima de su hombro.

—Están acabando.

—Es una licencia para ir a Balete.

—¿De quién dependes?

—Vivo en casa de Marina.

—Eso será el padre.

Mutia señala la puerta cerrada. El criado se vuelve hacia ella por primera vez. No ha comprendido lo que ella señala; espera otro nombre.

—Puedo ir y volver en el día —dice—. Soy libre.

—Yo no te lo tengo que dar.