10 · Exhibición de libros
La campana empieza cuando el muchacho salta. Mutia ve primero las plantas de sus pies, después el agua que se levanta junto a la banca. El barquero lo insulta con el remo en alto. Los otros muchachos se ríen desde la orilla: es San Juan y hoy cualquiera que pase demasiado cerca puede acabar dentro.
Ella lleva la colada contra el pecho. Le han pedido que la entregue antes de la visita, pero las esteras nuevas ocupan el paso hacia la casa de los frailes.
Las han tendido una tras otra sobre la tierra barrida; aún conservan los extremos levantados.
Un hombre va pisándolos. Otro lo sigue para borrar sus huellas.
Mutia busca por dónde rodearlas. Bajo el árbol del atrio cabe entre el tronco y la primera estera. Hace una pausa; los labios se le mueven, apenas. Luego se agacha para que una rama baja no roce la ropa.
Al incorporarse encuentra al dōjuku mirándola.
Es uno de los ayudantes japoneses que acompañan a los padres en la doctrina.
Ha dejado de sujetar el extremo de una estera.
Mutia levanta el bulto para mostrarle que necesita pasar; él se aparta y vuelve la cabeza hacia un franciscano joven, junto a la casa.
En la cocina no quieren recibir la ropa.
—Llévala a la sacristía. Han de cambiar los paños.
—Me dijeron aquí.
—Pues ahora allí.
La mujer de la cocina tiene las manos metidas en una masa y no puede señalar más que con la barbilla.
Mutia sale por donde ha venido. La iglesia está abierta; dentro hay gente de pie, bancos arrimados y una voz que manda dejar libre el centro.
Desde el umbral lateral se alcanza a ver la puerta de la sacristía.
Por ella suelen recogerle la ropa. Hoy un hombre con zapatos se ha puesto delante.
—Espera.
Mutia espera fuera, a la sombra del muro. Si deja el bulto en el suelo, tendrá que lavarlo otra vez.
En dos años ha aprendido dónde puede apoyarse y dónde le pedirán que se aparte.
La primera temporada cambiaba de sitio los cántaros para no interrumpir el paso; después comprendió que por algunos lugares nadie pasaba hasta que ella dejaba allí los cántaros.
Ahora los coloca junto a una pata de la mesa, donde la cocinera los alcanza sin volverse.
Cuando llega alguien de visita, vuelve a moverlos.
Sigue viviendo en casa de Marina. La estera que le dieron al entrar ya se ha abierto por un costado; las dos la han reparado con tiras de otra.
Marina recoge la comida convenida, discute si le dan menos y guarda el pescado lejos del gato que se cuela por la cerca.
Mutia lleva agua, lava, asiste a misa. La cicatriz del brazo se ha puesto pálida; al torcer una tela gruesa tira de la piel por dentro.
El reparto del trabajo no ha cambiado porque haya dejado de dolerle todos los días.
Una noche, durante las últimas lluvias, el agua entró por debajo de la puerta.
Marina la despertó para levantar el arroz.
Tuvieron que ponerlo sobre la mesa y dormir sentadas, con los pies en el travesaño, mientras debajo pasaban hojas y una corteza que iba de una pared a otra.
Al amanecer sacaron el barro juntas. Marina quiso saber si en Balete también llegaba el agua hasta dentro.
Mutia le explicó cómo habían levantado allí el suelo de la casa, dónde quedaba la escalera, desde qué peldaño podían bajar a una barca.
Durante un rato la viuda hizo preguntas y ella las respondió sin tener que justificar por qué había vivido en aquel sitio.
Tampoco ha cambiado la respuesta sobre Balete.
La primera vez pidió ir a buscar una cosa que había olvidado; le preguntaron qué cosa, en qué casa estaba, quién la acompañaría.
Después quiso ir con Ana. Le dijeron que Ana podía venir.
Desde entonces pregunta con menos palabras.
Hace unas semanas pidió una mañana y obtuvo el encargo de lavar unas sábanas antes de que empezaran las lluvias.
Del oro reservado para la copia no ha gastado nada.
Lo comprueba cuando cambia de envoltorio.
La cuenta azul va en otro nudo, con su pequeña burbuja que no se mueve aunque ella la haga rodar entre los dedos.
Son dos bultos muy distintos al tacto. De noche, cuando Marina duerme, puede encontrarlos sin encender nada.
En el taller ya entiende casi todo lo que Kyūbei le pide.
Él ha aprendido a decir antes, después, un poco más; ella, a distinguir cuándo necesita agua limpia y cuándo basta con la que ha quedado asentándose.
A veces hablan de otra cosa mientras vierte.
Son conversaciones cortas, porque el peso no consiente que uno busque mucho tiempo una palabra.
Ha aprendido su nombre por otras bocas y ahora lo usa.
Al principio solo tenía que entrar para que él levantase la cabeza.
Una mano se posa sobre la colada.
—¿Todo eso es para él?
Inés Pitahin mira hacia la explanada. Lleva una tinaja sobre un rodete de tela y no la sujeta; bajo el peso, la cabeza parece ir por su cuenta y el cuerpo se acomoda al camino.
—Para la casa —dice Mutia.
—Han barrido hasta las hormigas.
Inés baja la tinaja al banco de piedra. Viene desde una casa del otro extremo de Dilao.
Se trasladó con su marido después de las últimas lluvias; él trabaja para el mismo hombre al que ya debía servicio en Balete, y a ella le pagan por llenar las vasijas de dos casas.
Los niños se quedan con la hermana cuando sale.
El pequeño que Mutia ayudó a nacer ya corre detrás del mayor.
Inés asegura que no pueden dejar una olla a su alcance.
—Hoy ha metido un cangrejo en la del arroz.
Mutia se ríe antes de poder evitarlo.
—¿Vivo?
—Hasta que lo he encontrado.
Inés mira la ropa y le ofrece el banco. Mutia no quiere soltarla allí. La otra abre el paño de su rodete, lo extiende sobre la piedra y entre las dos acomodan el bulto. El aire alcanza de golpe los brazos de Mutia.
—Todavía te debo —dice Inés, en voz más baja.
—Lo sé.
—Mi hermana ha guardado un poco.
—Que no lo mande con cualquiera.
Inés asiente. Vuelve a ponerse el rodete, ahora más estrecho porque le ha prestado una vuelta, y levanta la tinaja.
El hombre de las esteras pide silencio. Desde el camino llegan el arzobispo, dos hombres vestidos de negro y dos criados.
El hombre de negro que camina detrás lleva una cartera; uno de los criados, una silla que no puede sujetar sin que le golpee la pierna.
Al doblar junto al árbol, una de las patas se prende en una rama.
Tiene que retroceder para sacarla. El arzobispo sigue caminando y nadie se ríe.
Mutia lo reconoce por quienes se arrodillan antes de que pase.
En la cocina han repetido su nombre toda la mañana: don fray Miguel García Serrano.
El hombre que camina a su derecha es el provisor.
Al de la cartera lo llaman secretario. No son las mismas personas a las que Mutia preguntó por la licencia.
Inés se queda.
—Si vas a hablar, ve ahora —le dice.
—¿Con quién?
—Con el que pueda.
La gente deja un corredor hasta la puerta. Mutia recoge la colada. Avanza unos pasos, pero la silla entra antes que ella y el hombre de los zapatos vuelve a impedirle el paso. Dentro se oye saludar al prelado. Después empieza una lectura.
Al principio solo distingue las terminaciones, una voz que sube para continuar cuando parece que ha acabado.
Busca un lugar desde el que oír mejor. El dōjuku se ha sentado junto a dos ancianos japoneses, cerca de la entrada; entre cada parte de la lectura les dice algo a media voz.
Uno de ellos vuelve la oreja buena hacia él y el otro hacia la iglesia.
Kyūbei está detrás, sin ropa de trabajo ni herramientas.
Mutia alcanza a entender que se puede declarar lo que haga mal el cura.
Se habla de bautismos, de entierros, de lo cobrado.
Luego la voz pide que también se declare lo que hacen los vecinos.
La mujer que estaba a su lado deja de abanicarse.
Mutia oye ceremonias, sortilegios, palabras que le han preguntado antes. Se queda donde está.
Hay tres días para acudir. Eso sí lo entiende.
El secretario sale al corredor lateral con el arzobispo.
El provisor los sigue. Han dejado dentro la silla, sin que Mutia haya visto sentarse a nadie.
Un franciscano los precede hasta la puerta de la sacristía, que ahora está cerrada.
Lleva el capillo caído entre los hombros.
Por detrás, Mutia reconoce a fray Alonso de Valdemoro: el cordón tiene un nudo rehecho muy cerca del otro y la tela se le recoge sobre el talón derecho.
La voz del arzobispo llega clara por el corredor. Insiste en que la iglesia ha de ser visitada.
Valdemoro contesta sin volverse hacia la gente. Mutia oye que el convento es exento. La palabra vuelve en boca del provisor, dicha de otra forma, como si no aceptara el sitio en que el fraile la ha puesto.
Piden abrir la sacristía para examinar dónde se guarda el Sacramento. Piden también la exhibición de los libros.
Exhibición. Mutia la repite sin voz. Mira la cartera que lleva el secretario. Creía que los traían ellos.
El ayudante de la sacristía, al que ha visto recoger la cera después de misa, se adelanta con las llaves. Valdemoro levanta un brazo y lo detiene. El muchacho se queda con el aro a mitad de camino; las llaves, que sonaban al andar, ya no se tocan.
El secretario quiere saber cuáles son los libros.
El ayudante mira al cura antes de contestar.
—Bautismos, casados y difuntos.
—¿Dónde están?
—Dentro.
Le pregunta si están separados. El muchacho explica que son tres, forrados de pergamino, con sus ataduras de badana. Mutia busca un movimiento detrás de la puerta, alguien que haya oído y vaya a traerlos. No aparece nadie.