9 · Por alto
Señor:
El capitán Hernán de Silva, vecino de esta ciudad de Manila, habiendo servido a Vuestra Majestad desde el socorro en que pasé a estas islas el año de mil y seiscientos y nueve, pongo a sus reales pies los puntos siguientes.
Tocan a mi hacienda perdida en la capitana Nuestra Señora de la Vida y a las obligaciones que por ella se me piden, sobre las cuales he acudido a la justicia de esta ciudad.
No solicito que se me pague de la Real Caja lo que aventuré en mi trato, sino que se guarden los conciertos con que lo aventuré y no se me cierre, por la misma pérdida, el camino de reparar mi casa y continuar sirviendo.
La dicha nao, de porte de ochocientas toneladas, despachada de Cavite para Nueva España, se perdió en Isla Verde a nueve de agosto de este presente año.
Llevaba yo registrados en ella catorce fardos de mercaderías, cuyo primer costo en esta ciudad fue de novecientos pesos, sin incluir lo gastado en su envase, conducción y demás derechos.
Seis eran de sedas crudas, cinco de rasos y tres de damascos, puestos por sus números en la memoria que entregué para la carga.
A lo que de ellos se recupere y me sea entregado, si lo hubiere, se hará la baja que corresponda; a la fecha de esta carta no he recibido cosa alguna.
No iba yo embarcado, ni firmo por vista el rumbo que llevó la nao cuando tocó, aunque han vuelto hombres que lo cuentan.
Conviene que se reciban sus declaraciones antes que se aparten unos de otros para buscar nuevo viaje.
Dicen algunos que faltó cuidado y otros que el paso engañó al piloto.
Si hubo viento que obligase a ello, o cuánta agua se halló debajo de la quilla, constará de quienes manejaron la sonda y las velas.
De la carga que puse a bordo puedo dar razón más particular, porque estuve presente y la hice contar dos veces.
Quedó la gente que la llevó satisfecha de su trabajo antes de soltarse los cabos.
También estaba pagado el vendedor. Ninguno de ellos me devuelve hoy el jornal ni el precio, ni se lo he pedido, por haber cada cual cumplido lo que tomó a su cargo.
El que puso la hacienda en la mar fui yo.
Por eso solicito que se averigüe hasta dónde llega cada obligación, pues se me reclama como si las sedas estuviesen ya vendidas en Acapulco y la plata viniese en camino.
De lo que se va sacando de la nao hay diferentes relaciones.
Unos nombran cajones; otros, piezas sueltas, sin conocer a quién pertenecen.
He enviado la señal de mis fardos a los que entienden en recogerlos y he ofrecido pagar su conducción cuando se reconozcan.
No pretendo apropiarme de género ajeno por tener cifra parecida, ni admito que se me dé por cobrado todo un fardo por aparecer su envoltura.
En uno que me mostraron había dos letras, pero no se conservaba el número.
Pedí que se abriese delante de quien lo guardaba.
Dentro había telas de otra suerte y volví a dejarlo donde estaba, sin poner mi recibo.
Suplico que se junten con el registro las memorias de lo salvado y que los dueños puedan reconocerlo.
Hasta que esto se haga, no se tenga por cobrado lo que solamente se dice que ha salido del agua.
Si un fardo mío se hallare sano, lo recibiré por sano; si fuere averiado, por lo que valga después de visto.
Entre tanto necesito testimonio de lo que falta, para que el acreedor sepa qué ha de pedir y ante quién.
La noticia del naufragio ha llegado a todos; el despacho que necesito todavía no llega a mi mano.
2. De la estiba y del reconocimiento de los géneros
En Cavite hice poner mis fardos apartados de la tabla húmeda, sobre madera que los levantase, con las costuras recogidas y las ligaduras atravesadas por donde no cortasen la envoltura.
No basta que un tercio quepa: ha de poder sacarse sin deshacer media bodega, y no ha de quedar suelto para golpear a los otros cuando la nao cabecee.
Antes de cerrarse la carga mandé volver uno que había entrado con el número hacia abajo.
La cifra sirve al dueño mientras se puede leer.
Cuando queda contra el suelo hay que removerlo todo para buscar una partida, y entretanto se pisan otras.
Entonces se me reprochó la demora; ahora se me pide que reconozca como mío un envoltorio sin número.
No digo que por mi diligencia estuviese bien compuesto todo lo demás; digo cómo entregué mi hacienda y pido que se guarde la diferencia entre ella y lo que se asentó después fuera de mi presencia.
De las sedas mojadas no se puede hacer cuenta por el peso que tuvieron secas.
He descargado un tercio entre dos hombres y he visto que, después de tomar agua, los mismos no lo alzaban sin un cabo.
El agua queda entre los dobleces y en las ataduras; si el género se deja cerrado, su mal continúa en tierra.
Tampoco es igual el daño en todas las piezas: el extremo puede estar podrido y lo de dentro conservar uso, o presentarse limpia la tela por fuera y venir corrida la tinta en los pliegues.
Para tasarla se ha de abrir, tender y contar; si se pesa recién sacada, se cuenta agua como mercadería.
Suplico que no se me cargue como valor recibido el peso de un bulto que gotea.
Pagaré lo justo por desembarcarlo, pero la conducción y el precio de la seda son cuentas distintas, y ambas se quieren sacar de la misma poca hacienda.
El daño aumenta cuando lo pesado se amontona alto y la carga no queda firme.
El balance la lleva a una banda, las ligaduras trabajan donde no debieran y los hombres no encuentran paso para acudir al agua.
No afirmo que esto causase la pérdida de la capitana: para resolverlo será menester oír a sus oficiales.
Sí digo que, al descargarse con prisa, no se han de cortar todas las sogas antes de asegurar el fardo, ni arrastrar por el cabo de una tela lo que no se puede levantar.
He ofrecido dos hombres pagados por mí para que asistan al reconocimiento de mis partidas; se me responde que aguarde a que haya bastante género reunido.
Mientras se reúne, lo primero se estropea.
Pido licencia para abrir lo que se reconozca por mío, en presencia del depositario y con cuenta de las piezas, sin que haberlo abierto para salvarlo me quite después el derecho a reclamar su falta.
Los envases viejos se podrán guardar aparte, con sus números, aunque para conducir la seda se use envoltura nueva.
3. De las boletas y de la carga registrada
El espacio que ocupaban las dichas mercaderías procedía de mi repartimiento y de las partes que compré este año a dos viudas de soldados y a la santa casa de la Misericordia.
La entrega de la plata consta por recibos.
No compré los nombres de aquellas personas ni puse a su riesgo mi mercadería: compré el derecho de cargar que se les había repartido.
Ellas recibieron el precio antes de salir la nao. Lo que ahora falta me falta a mí.
El año pasado, en otra compra, una viuda pidió dinero antes de entregar el papel, y se le dio a cuenta.
Al concluir la compra se descontó lo que había recibido, no más.
Hubo después quien dijese que el precio era bajo, comparándolo con el de los últimos días de carga; pero en aquellos días ningún comprador sabía si la nao tendría lugar para su hacienda, y cuando yo concerté el precio todavía faltaban semanas.
Tampoco se sabía entonces qué mercaderías vendrían de China ni a cuánto se comprarían.
Si la boleta hubiera bajado de valor, no habría podido yo volver por mi dinero a la casa de la viuda.
Aquella compra quedó satisfecha y correspondió a la carga de aquel año.
La que ahora presento corresponde a nuevas compras, con recibos de este año; suplico que se atienda también a sus conciertos y no al precio que después se imaginó.
De las partes de la Misericordia tengo igualmente carta de pago.
No se confunda esa compra con la obligación que mencionaré en el punto siguiente, aunque la misma casa tenga interés en las dos.
Lo recibido por la venta quedó para sus obras y no fue un préstamo.
Si se manda traer la cuenta, se verá en qué renglón está la partida, quién la cobró y con qué razón.
Suplico que las partidas se mantengan separadas, para que la obligación aún pendiente no deje sin efecto la carta de pago de una compra ya satisfecha.
Esta súplica comprende lo que llevaba registrado en la dicha nao, conforme a la relación de catorce fardos que presento, con sus géneros y números.
No pido que se aumente el valor por la ganancia que se esperaba en México.
Los novecientos pesos son lo que costó la mercadería aquí.
Del mayor precio que pudiera alcanzar se habrían de sacar gastos, derechos y comisiones, que nadie puede tener por hechos antes de hacerlos.
Así separe vuestra real justicia el caudal empleado de la esperanza de su retorno, y no me haga satisfacer como caudal ajeno una esperanza que no llegó a cumplirse.
[Al margen, de otra mano: no consta que cargase más.]