8 · Lo que enfría tarde #3
Él asiente. Ella se acerca y por primera vez reconoce una rama. La rotura ha permitido que la luz entre de costado; el pino se distingue donde antes solo veía tierra. Se inclina más, apoya dos dedos en la tabla y sigue con los ojos el dibujo hasta el corte.
—¿Y el otro?
Kyūbei le enseña la mitad sin relieve. La mujer pregunta dónde está el metal.
—No he fundido.
Ella se incorpora despacio.
—Entonces está.
El bronce está. También el dinero estuvo, pero no está entero.
Kyūbei guarda lo que le dieron por el último caldero en una caja pequeña, bajo la banca.
Puede abrirla delante de la mujer. Si paga ahora todo lo que ella le entregó, tendrá que quitar metal del montón destinado a otras piezas para completar la diferencia.
Va a buscar la caja.
La viuda lo sigue hasta el umbral. Kyūbei cuenta lo que hay sobre la banca y pone a un lado dos monedas que no pertenecen a ese pago. Luego acerca las otras hacia ella. No necesita contarlas otra vez para saber que falta.
—Una parte —dice—. Lo demás, después del caldero.
La mujer mira las monedas. Mantiene la cesta bajo el brazo y no extiende la mano.
—Quiero un espejo.
Kyūbei sale al corral, vuelve con la mitad sana y la coloca en el suelo, lejos del dinero.
Le muestra el borde intacto. El modelo está guardado; puede imprimir de nuevo la otra cara.
El horno, en cambio, tendrá que repararlo y secar lo reparado.
Al señalarlo se desprende otro poco de tierra de la grieta.
—No el seis —dice.
La viuda mira el horno y luego el papel que ha sacado otra vez de su envoltura. Apoya la uña sobre la fecha. Por un momento parece que vaya a rasparla.
—Mañana voy a buscar al que escribió esto. Le diréis vos qué pone ahora.
Kyūbei asiente.
—Y no me hagáis otra grulla.
Ella se marcha con las manos vacías. El papel sigue diciendo seis. Kyūbei deja las monedas separadas dentro de la caja y no las mezcla al cerrarla.
Más tarde sale hacia Manila con los vecinos.
No llevan nada para vender. Un hombre ha cogido una vara para tantear el camino; otro quiere que su hijo pequeño se quede atrás, aunque el muchacho vuelve a alcanzarlo cada vez que paran.
Hablan de las casas que conocen y de otras que nadie ha visto.
Kyūbei oye el nombre de una calle donde cobró una pieza; intenta preguntar por aquel techo y los hombres ya están nombrando otro.
Al acercarse a la puerta de la ciudad ve gente que sale con bultos.
Una mujer lleva una imagen envuelta hasta el cuello, con la cabeza descubierta.
Un soldado deja pasar a quienes van delante, detiene a los siguientes y pregunta adónde se dirigen.
Cuando oye catedral, les indica que sigan por el centro, lejos de una fachada de la que aún cae polvo.
La calle tiene luz en lugares que suelen quedar a la sombra.
Falta una parte de un alero. Más allá han arrastrado un banco fuera de una casa y una familia se sienta en él como si esperase que alguien acabara de limpiar dentro.
El niño del vecino se queda mirando; su padre lo toma de una manga y lo lleva consigo.
Ante la catedral no los dejan acercarse todos a la vez.
Kyūbei encuentra sitio entre un carro detenido y dos hombres que discuten sobre dónde poner una escalera.
Desde allí ve la abertura en el lado del evangelio.
La pared conserva su altura, pero ya no es continua.
La grieta sube desde una zona oculta por los cuerpos de los que trabajan y se pierde donde la cornisa le impide seguirla.
En un tramo cabe oscuridad suficiente para parecer otra piedra.
Hace siete años que acabaron la fábrica. Uno de los vecinos lo dice y otro lo corrige: no fue todo a la vez, aún faltaban cosas. Nombran al deán que dio dinero, a quienes lo pidieron, al rey. Kyūbei no distingue quién pagó aquel paño de muro.
Un hombre sostiene una cuerda junto a la abertura. El de abajo levanta la cabeza y toma la marca que le indican; a su lado, otro escribe. Los vecinos adelantan el cuerpo para ver el papel. Un clérigo les ordena retroceder y pide que se deje trabajar a los hombres del cabildo.
Un albañil sangley baja de un apoyo y recoge una herramienta. Kyūbei le pregunta, señalando la grieta, si pueden cerrarla. El albañil mira hacia la cuerda. Tiene polvo en las cejas y una mancha clara donde la ropa le ha protegido el cuello.
—Cerrar, sí.
Deja la respuesta ahí hasta que Kyūbei señala más arriba.
Entonces el hombre junta las palmas. Mantiene una quieta y desplaza la otra unos dedos; vuelve a juntarlas, esta vez sin hacer coincidir los bordes.
—Esto es grueso. Eso, menos. No se han movido igual.
Kyūbei asiente. Mira el espesor que deja ver la rotura, la parte de pared que desde fuera parecía igual a la contigua. En su corral hay dos trozos que tampoco se sostienen al quitarles la mano.
El albañil recoge la cuerda que acaba de bajar. Kyūbei le sujeta un extremo mientras él deshace el nudo de una marca. La cuerda se afloja, pero debe seguir teniéndola en alto hasta que el otro termina.
Desde abajo, con los brazos levantados, ya no alcanza a ver dónde acaba la grieta.