El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 8 · Lo que enfría tarde #2
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8 · Lo que enfría tarde #2

El viento encuentra los huecos entre los cuerpos.

Kyūbei mete las manos bajo las mangas. En el lado por donde han subido se oye hablar a personas que todavía tratan de acercarse; alguien pide que lo dejen pasar y alguien contesta que por allí no pasa nadie más.

Sin embargo, la gente acaba moviéndose. Un codo lo toca en la frente.

El dueño del codo le pide perdón sin volverse.

Kyūbei busca dónde poner un pie más alto. Hay una raíz que sobresale de la tierra, pero otro hombre se ha instalado encima. Entre sus piernas se ve la ladera, un poco de hierba tumbada y la parte baja de un madero. El niño se agacha hasta que una mano le agarra la ropa por detrás.

—Te van a pisar.

Es una mujer de rostro estrecho. Lleva el pelo recogido bajo una tela, aunque se le han escapado mechones por las orejas. No lo suelta hasta que él vuelve a erguirse. Después lo coloca a su lado, donde puede mantener una mano sobre su hombro sin levantar el brazo.

—¿Con quién has venido?

Kyūbei señala hacia abajo. Hay demasiada gente en la dirección que indica. La mujer mira, deja de buscar y le dice que permanezca allí. Él no sabe cómo decirle que desde allí no se ve. Cuando gira la cabeza, ella vuelve a apretarle el hombro.

Pasarán cerca de ellos unos hombres con lanzas.

Todavía no los ve enteros. Primero aparecen las puntas por encima de los sombreros, después las varas, cruzadas de una manera que permite llevar dos sin golpear a quienes caminan al lado.

Uno de los hombres cambia el peso de hombro.

Su compañero espera a que se acomode. La gente se retira del paso y la mujer tira de Kyūbei hacia sí, hasta que él siente la costura de la ropa contra la mejilla.

El que va delante tiene una sandalia desatada.

Se detiene, entrega lo que lleva y se agacha.

Kyūbei ve las plantas embarradas, la cuerda que el hombre pasa entre los dedos.

Le cuesta anudarla con las manos frías. El otro sostiene las dos cargas y mira por encima de las cabezas, sin buscar a nadie en particular.

Cuando el primero se levanta, la abertura entre los cuerpos dura un momento más.

La mujer apoya la mano en la coronilla de Kyūbei.

—Aquí.

Él baja la cabeza. Bajo la manga que ella levanta queda un espacio por el que caben un madero y la luz de la bahía. El paño tiene un agujero cerca del codo. Kyūbei puede ver por debajo sin tocarla, si inclina un poco más el cuello.

En la ladera se hace un silencio que no alcanza a la gente de atrás.

El niño dobla las rodillas.

En el taller se puede estar descalzo sobre la tarima. Kyūbei ha dejado las sandalias juntas, con las puntas hacia fuera, pero alguien las ha separado para arrastrar un saco. Las mira desde la banca. Una ha quedado boca abajo.

El hombre de manos anchas le dice que atienda.

Tiene un disco de bronce sujeto entre dos apoyos.

Todavía hay tierra en el reverso y una costra irregular en el borde.

Kyūbei acerca los dedos a la cara; el hombre se los aparta antes de que la toque.

Con la otra mano mueve una pieza que lleva más tiempo fuera del molde y permite que el niño la palpe.

—Esta sí.

Pesa más de lo que parece. Kyūbei debe sostenerla con ambas manos para que no se le vuelva contra las rodillas.

Quiere preguntar por la otra, por qué no puede tocarla si ya tiene el mismo color, pero el hombre está buscando un útil en una caja.

Saca uno, lo deja, vuelve a meter la mano hasta el fondo.

Kyūbei apoya el disco en la banca y se frota las palmas. El hombre lo ve. Acerca dos recipientes de tierra, uno con paredes delgadas y otro que casi no tiene hueco. Se los pone delante como quien dispone la comida.

—El bronce se enfría como una casa. Primero las paredes.

Toca la parte que estuvo contra el molde y vuelve la mano hacia el interior. Kyūbei mira el recipiente grueso. Ha oído la frase, pero el hombre le pide que la repita y al decirla se confunde con el principio. Empieza por la casa.

El otro no lo corrige. Mueve los recipientes a un lado y saca una cuchilla de dos asas. Tiene madera oscura donde se cierran los dedos. La hoja parece demasiado ancha para la pequeña zona de bronce que deben trabajar.

—No tires todavía.

Kyūbei ha cogido las asas antes de que termine.

El hombre le baja los codos, separa un poco sus rodillas y sujeta contra el tope la pieza que el niño acaba de palpar.

El niño querría tener más cerca el bronce; en esa posición solo ve una parte de la cara.

Se inclina. El hombre le levanta la barbilla con el dorso de un dedo manchado.

Hacen la primera pasada juntos. La hoja se resiste al principio y después corre demasiado. Kyūbei retira el vientre. El hombre la detiene antes de que alcance el borde, sin soltar ninguna de las dos manos del niño.

Una viruta se queda enroscada sobre la cara. Kyūbei la coge, sorprendido de que algo tan ligero proceda de la pieza que le pesaba tanto. Quiere deshacer la espiral y el hombre se la quita; le muestra una línea roja en la yema.

—Déjala ahí.

El niño limpia el dedo en su ropa. La sangre vuelve a salir, poca. En el corral llaman al hombre por una pieza que nadie ha venido a recoger. Él contesta que la dejen bajo el alero. La voz de fuera pregunta en qué lado, como si no quedara ninguno libre.

El hombre mira hacia la puerta y vuelve a poner el sen en las manos de Kyūbei.

Dilao · Continuación

Las asas están en el suelo.

Kyūbei permanece sentado ante el disco. La sombra del poste se ha apartado del cubo y deja al descubierto un palmo de tierra mojada.

En el camino se oyen muchas voces; algunas se alejan hacia Manila.

Él se agacha para recoger el sen, lo limpia con el faldón y examina el filo.

No hay señal nueva donde cayó. Lo cuelga de los dos clavos.

En la cara del disco no ha arrancado nada.

Lo guarda de nuevo y sale al corral. Necesita mover la mitad sana del molde antes de que alguien la pise. La levanta desde abajo, con las dos manos, y la lleva hasta una tabla seca. El trozo del pino deja tierra en sus rodillas. Lo coloca junto a la parte entera, sin tratar otra vez de unirlo.

La viuda vuelve a media tarde.

Trae en la mano la cesta vacía y camina sin la prisa de la mañana. Su casa se mantiene en pie. Una jarra ha caído del estante, nada más; lo dice antes de preguntar por el espejo. Ha oído que se abrieron las paredes de la catedral y quiere saber si es cierto. Kyūbei responde que no ha ido.

La mujer ve las piezas sobre la tabla.

—¿Ese es el mío?