8 · Lo que enfría tarde
El pino se seca al sol, hundido en la tierra del molde.
Kyūbei lo ha dejado en el corral con la otra mitad, separados por dos cuñas para que el aire alcance las caras.
La lluvia de ayer oscureció el suelo bajo el alero; esta mañana hay luz suficiente para sacarlos.
Se arrodilla, introduce la uña en una porción del borde que no pertenece al dibujo y retira un grano húmedo.
Por fuera parece listo. Dentro todavía cede.
—Dos días —dice.
La viuda está detrás de él. No ha pedido entrar. Trae su papel dentro de otro papel y espera a que Kyūbei se levante para abrirlo, porque no quiere agacharse una vez más en ese taller.
—Dos días para qué.
Él señala el molde.
—Secar. Después, fuego.
La mujer pone el recibo sobre la banca. Hay dos líneas en japonés y una, más corta, en castellano.
El ayudante de los padres lo escribió cuando acordaron sustituir la pieza; al final dejó sitio para la señal de Kyūbei.
La mancha roja de su pulgar conserva mejor un lado que el otro.
El muchacho tuvo que insistir en que no moviese la mano mientras la apoyaba.
El dinero es el de antes. No ha recibido más.
La viuda alisa un pliegue y coloca una piedra pequeña sobre la esquina. En la primera línea figura el precio entero, ya satisfecho. En la segunda, la fecha que él dio para acabar el espejo nuevo. La ha visto tantas veces que puede reconocer el trazo sin inclinarse.
—El seis.
Kyūbei mira los dos moldes. Pino, bambú y ciruelo: la mujer ha querido otras ramas al aceptar la sustitución.
Pidió quitar la grulla y señaló con una uña el lugar donde debía haber flores.
Él ha trabajado hasta dejar libres los tres motivos, sin que el bambú se confunda con el tronco.
Ahora ella mira la superficie parda y no reconoce casi nada.
—Cuando salga, se verá —dice Kyūbei.
—Eso lo decís desde el otro.
Lleva más de un año viniendo por una pieza que estaba pagada.
Ha visto salir calderos, campanas y hasta una tapa que Kyūbei volvió a ajustar dos veces.
Se lo dice señalando los lugares por los que los hombres se llevan las cosas.
No necesita alzar la voz; él conoce cada uno de aquellos trabajos y cuánto le dieron por hacerlos.
—Si no entran esos, no como.
—Yo también como. Por eso no os he dado más.
La mujer coge la piedra, libera el recibo y lo levanta hacia la puerta.
Le ha traído la fecha escrita. Kyūbei tiene que decir sí o decir otra.
El seis queda después de los dos días de secado; después tendrá que calentar la tierra despacio, hasta que no quede humedad que pueda levantar el metal al recibirlo.
Aún faltarán las piedras y la cara. Él ve el trabajo entero, dispuesto detrás de un número que la viuda puede cubrir con la yema.
—El seis —repite.
Ella vuelve a envolver el papel.
—Esta vez traeré con qué llevármelo.
Kyūbei la acompaña hasta el umbral. La mujer tiene que apartarse para dejar pasar a un vecino con una tabla larga.
El vecino la saluda inclinando demasiado la cabeza; el extremo de la tabla barre el aire y obliga a Kyūbei a retroceder.
Desde el camino la viuda le indica con cinco dedos y uno de la otra mano la fecha convenida.
Él no responde al gesto. Ya ha vuelto al molde.
Une las mitades sin apretarlas, para comprobar las correspondencias del borde. Una cuerda floja mantiene el conjunto; las cuñas siguen dejando paso al aire. La cavidad donde entrará el bronce queda escondida. Kyūbei apoya una mano en la pared exterior y la otra en el suelo para levantarse.
El agua golpea dentro de la tinaja.
Todavía tiene la palma en tierra cuando el golpe vuelve del otro lado.
La banca se desplaza contra el apoyo. Kyūbei quiere erguirse y el suelo le lleva una rodilla hacia el molde; ve la cuerda tensarse, una cuña que salta, la abertura entre las dos mitades.
Levanta el brazo para sujetarlas, pero debe ponerlo de nuevo en tierra.
El horno hace un ruido corto. Por la panza de barro baja una raya y cae polvo junto al fuelle. No hay fuego encendido.
Kyūbei intenta llegar al poste. Lo alcanza con el hombro.
La madera se mueve contra él y lo empuja hacia el corral; debe separarse para no recibir un golpe en la cara.
En el camino gritan. La campana cercana da varias voces desiguales, una casi pegada a otra, y después una que parece quedar sola.
Hay un estruendo más lejos, detrás del tejado de la iglesia.
El molde se abre.
Una mitad se queda contra la cuña; la otra cae de costado y se parte. Kyūbei ve el trozo mayor moverse todavía, aunque nada parece tocarlo. En el pino hay una franja de tierra clara. El agua rebasa la boca de la tinaja, moja el borde y baja hasta el suelo donde él había apoyado la mano.
El movimiento se va haciendo pequeño. Kyūbei no sabe en qué instante termina. Sigue abierto de piernas, mirando la tinaja, y aguarda otro derrame. El agua oscila dentro sin salir.
Entonces oye al vecino.
La tabla larga ha caído atravesada en el camino.
Un extremo descansa sobre la cerca, el otro bloquea la puerta de su casa.
El hombre tira desde dentro; cada vez que consigue moverlo, la punta de fuera se clava más entre las cañas.
Su mujer le grita que no tire, pero él vuelve a probar.
Kyūbei sale y levanta el lado encajado. La tabla pesa lo suficiente para obligarlo a apoyar una rodilla en el suelo.
—Ahora —dice en castellano.
El vecino no lo oye. Kyūbei grita otra vez y la mujer repite la palabra desde dentro.
Los tres mueven la madera en direcciones distintas hasta que ella manda parar.
Sale por el hueco de la puerta, se agacha junto a Kyūbei y levanta con él.
El marido, libre ya, empuja con las dos manos.
La tabla resbala hasta el camino y le arranca una tira a la cerca.
Se quedan mirándola.
—La acababa de traer —dice el vecino.
Su mujer le pide que vaya a buscar al pequeño. El hombre responde que estaba con su hermana. Ella vuelve a pedírselo y él sale corriendo hacia la iglesia.
La mujer tiene sangre en un dedo. Se lo lleva a la boca y luego lo retira para preguntar por el horno.
Kyūbei le muestra con la mano que está apagado.
Ella asiente. Mira los tejados; de uno cuelga un haz de hojas que no estaba así antes.
Al otro lado del camino lloran, sin que desde allí pueda verse quién.
Un hombre pasa diciendo que en Manila se ha caído piedra, que el terremoto ha llegado hasta la catedral. No ha visto la catedral. Se lo ha dicho otro que venía de la puerta, y cuando la mujer pregunta qué puerta se detiene un instante antes de seguir andando.
Kyūbei entra a comprobar el taller.
La caja del fuelle no se ha roto. Uno de los apoyos de la banca está fuera de su sitio y el cubo se ha volcado.
La cuchilla continúa en los dos clavos. Bajo la banca, los discos envueltos se han deslizado hasta tocar la pata; el cesto de recortes ha perdido un puñado de metal que tendrá que recoger antes de que se mezcle con el barro.
El fragmento de la campana sigue donde lo guardó.
En el corral, la mitad caída tiene una rotura que atraviesa el tronco. Kyūbei la levanta por la cara exterior. El borde que antes examinó con la uña está entero. La grieta cruza una zona más gruesa, y al aproximar el trozo desprendido ve en el corte una franja oscura entre dos capas.
Se sienta con las piezas en las rodillas.
En el extremo del bambú hay una pared fina que ha resistido.
Al otro lado, detrás del pino, acumuló más tierra para dar apoyo a una porción del dibujo.
Pasa el pulgar por el espesor de esa parte; después por la otra.
Algunos granos se desprenden. Si los coloca juntos, el tronco vuelve a subir, pero al apartar el dedo la unión se abre por su propio peso.
Prueba a humedecer una esquina del trozo pequeño. La tierra se oscurece y empieza a deshacerse. No hay arreglo que le permita llevar aquello al fuego como está. Lo deja en el suelo y conserva sobre una rodilla la mitad entera. Tendrá que volver al modelo.
La palabra seis se le ha quedado en la boca, dicha con la voz de la mujer.
Dentro del taller aparta las telas y saca el disco delgado.
Es el sexto, el que no entregó. En el reverso continúan el pino y la grulla, y en la cara queda una claridad que recoge el techo si lo inclina.
La curva de la pared no está allí. Solo aparece cuando lleva fuera el metal y consigue mantenerlo en una posición que no puede señalar a nadie con el dedo.
Lo deja sobre el apoyo. Podría darle una pasada, una sola, mientras decide por dónde rehacer el molde. Baja el sen de los clavos y apoya las dos manos en las asas.
La hoja toca el bronce.
Le tiembla la derecha. El ruido cesa antes de haber empezado; trata de separar el filo y una de las asas le resbala. La cuchilla golpea contra el borde de la banca y cae a tierra. Kyūbei no sabe si ha vuelto a moverse el suelo. Mira la tinaja. Desde allí no ve el agua.
Nishizaka · 5 de febrero de 1597
La hierba se dobla bajo los pies de los que han llegado antes.
Donde no la han pisado conserva un blanco menudo que desaparece al tocarlo.
Kyūbei ha probado con la punta de una sandalia y ahora tiene húmedo el borde de la tela.
Le duelen los dedos. Se pone sobre una pierna, después sobre la otra, pero cada vez que cambia alguien ocupa el sitio que ha dejado libre.
Tiene doce años y la gente de delante no termina nunca.
Puede ver un pedazo de cielo, hombros, la nuca de un hombre que lleva mal sujeto el cabello.
Más arriba asoman maderos. Cuando las espaldas se apartan, distingue uno entero; en cuanto quiere contar los demás, se juntan de nuevo.
Una mujer lleva alzado a un niño mucho más pequeño.
Él sí puede mirar por encima, pero ha vuelto la cara contra su cuello.