7 · Apostar gente #2
La traen tendida sobre una tabla estrecha.
La mujer del paño sostiene sus pies para que no sobresalgan.
Otro de los que cargan tiene que detenerse en el descansillo y cambiar las manos.
Hernán retira la piedra que calza la hoja, abre hasta donde permite el muro y la sujeta con ambas manos.
La tabla pasa tan cerca que uno de sus extremos raspa la madera y deja una marca clara.
—Aquí no —dice el hombre que va delante.
Buscan dónde apoyarla sin obstruir la entrada.
La mujer señala el costado del zaguán y extiende allí el paño que llevaba.
Los cargadores bajan a la vez. Ella vuelve a colocar una manga sobre la tabla.
Tiene una mancha en la mejilla y, al limpiársela con el revés de la muñeca, se la extiende hasta la oreja.
Desde la calle se ven los zapatos de los tres. Hernán recoge su arma y manda retroceder a un hombre que se inclina para mirar. El hombre lo conoce y pronuncia su nombre, como si no lo hubiera reconocido en la oscuridad.
—Don Hernán.
—Atrás.
No vuelve a llamarlo.
Llegan dos alcaldes con gente. Hablan con el guardia de la puerta y hacen apartarse a los curiosos que han ocupado el centro de la calle.
Uno entra en la casa; el otro pregunta quién estaba allí cuando llegó el gobernador.
Los hombres se señalan unos a otros. Hernán dice que tenía a su cargo la esquina sur.
El alcalde le pide que conserve despejado el paso y continúa hacia el siguiente puesto.
Un acompañante lleva papeles doblados bajo el brazo, pero no los abre delante de él.
Un vecino con la ropilla mal abrochada se acerca por el lado del alcalde. Quiere hablar con quien haya quedado a cargo de la casa. Hernán le indica al guardia de la puerta, pero el vecino no avanza.
—Tengo bienes dentro. Entregados a Mesa.
—Decídselo al alcalde.
—Ya se lo he dicho. Tengo también los recibos.
Los saca de la ropilla y los abre bajo la luz. El papel se dobla por los pliegues antiguos y vuelve a cerrarse. Hernán no lo toma. El vecino trata de mantenerlo extendido con los pulgares, se acerca otro paso y le señala una línea.
—Esta es su letra. Y ahí va la cantidad.
—Guardadlo.
El hombre baja la voz. Hay un arca en el piso de arriba; si la abren encontrará sus envoltorios, con una señal que puede describir. Se ofrece a subir con dos soldados. No tocará nada sin que ellos lo vean. Tras cada frase mira hacia la escalera, y al final mira el cuerpo que queda junto a ella.
—No puede darme recibo otra vez.
Hernán le señala al alcalde, ocupado ahora con otros dos hombres.
El vecino dobla los papeles y se los mete dentro de la ropilla.
Prueba a cerrar el botón que le falta, pero lleva los ojales desiguales y tiene que desabrochar otros dos.
Cuando vuelve a hablar con el alcalde, va arreglado.
Un soldado se sitúa al pie de la escalera y no deja que nadie suba.
La mujer sale a pedir una sábana. Dos vecinas se ofrecen al mismo tiempo. Regresan con una sola y discuten en voz baja sobre qué lado debe ponerse hacia arriba. Al final, la tienden sobre la tabla; los zapatos de Catalina desaparecen y queda a la vista una franja del dobladillo, cerca de la pared.
Para cubrir a los hombres, un vecino trae una estera enrollada. La deja en el suelo, pregunta a quién tiene que pedir licencia y aguarda con una mano sobre el rollo. Va uno de los soldados a consultarlo. Cuando vuelve no lleva respuesta. El vecino acaba apartando la estera junto al muro.
Los puestos se relevan de dos en dos. El soldado mayor se sienta un momento, con las piernas extendidas.
Tiene las plantas de los pies calientes y afloja los cordones de un zapato, pero debe levantarse antes de acabar con el otro.
Una muchacha ha encontrado paso entre los curiosos; lleva una escudilla con agua y se dirige hacia el zaguán.
—Ya no hace falta —le dice la mujer del paño.
La muchacha se queda con la escudilla en las manos. La ofrece a los soldados. Hernán bebe dos tragos y la pasa. El agua huele al barro nuevo del recipiente.
Al clarear, el patio de San Agustín está casi vacío.
Hernán ha dejado su puesto al otro capitán mientras lleva un recado al hombre que reúne allí a los relevos.
Bajo el corredor hay dos soldados dormidos, uno con la boca abierta y el otro doblado sobre sus rodillas.
Tiene que pasar entre ellos y una pila de madera.
La hoja de la partesana casi toca el arco; la inclina y tropieza con un banco que no había visto.
El encargado del relevo se está calzando.
—¿Cuántos quedan?
Hernán dice los puestos y cuenta los hombres que hay en cada uno. El otro escucha sin anotar. Un religioso sale por la puerta del claustro y les pide que bajen la voz. Tras él llegan dos mujeres con velas; una se detiene a mirar el arma apoyada en el banco.
El soldado dormido con la boca abierta despierta al oírlo.
Se incorpora muy deprisa y busca junto a sí una espada que tiene al otro lado.
El encargado le dice que acabe de dormir, que a él le toca más tarde.
Se recuesta de nuevo, esta vez sin cerrar los ojos.
Con el índice recorre una costura rota a la altura de la rodilla y mete dentro el hilo suelto.
—¿Se puede pasar por aquella calle?
—Para la misa, por aquí —dice el encargado.
Le señala la puerta. La mujer entra y la otra la sigue, aunque lleva un rato mirando hacia la salida del patio. Antes de desaparecer, vuelve a preguntar si es verdad lo de la gobernadora. El religioso le hace sitio para que pase.
Tocan a misa mientras Hernán regresa. La campana se oye peor entre dos casas altas y recobra su fuerza cuando sale al cruce.
En la calle de Mesa hay más gente que durante la noche.
Un hombre ha subido a un escalón para ver por encima de los demás y los de atrás tiran de su ropa.
Los soldados dejan libre un paso cada vez más estrecho. Del interior sale olor a vela apagada.
La estera continúa enrollada.
Cerca de las ocho llegan hombres enviados por el maestre de campo, don Jerónimo de Silva.
Traen una litera y orden de llevar a Catalina a una casa para que la amortajen.
Uno pregunta quién ha dispuesto la tabla y si aguantarán sus extremos; la mujer del paño contesta, y él manda que se coloquen dos cargadores más.
Hablan de los recoletos y de la noche. Un criado sale por delante para abrir paso hasta la casa donde han de recibirla.
Hernán aparta a los vecinos de su esquina. La litera entra y sale despacio. La sábana se hincha un momento al cruzar el umbral, enganchada en la cabeza de un clavo, y la mujer que camina detrás la libera. Sigue a los cargadores sin mirar a los dos hombres.
El capitán del relevo se presenta cuando todavía está pasando la comitiva.
—¿Estos también?
Señala con la barbilla a Mesa y al piloto.
—No hay orden —responde el guardia.
El recién llegado cuenta a sus hombres. Hernán le entrega los puestos, recoge su capa y deja la calle por el extremo sur.
El muchacho del cántaro está haciendo el reparto de la mañana.
Ya no tiene que dar la vuelta: entra, mira hacia la puerta abierta y continúa con la nueva carga hasta la casa de la esquina.
Durante el día, Hernán duerme unas horas con la camisa puesta. Cuando se levanta, la luz del patio cae sobre la capa que ha dejado en una silla. Bebe de la jarra, se cambia y sale. La partesana sigue junto a la puerta, con el asta apoyada de través para que no resbale.
Al anochecer encuentra encendidas las luces de San Nicolás, la iglesia de los recoletos.
Por la calle llega gente que se aparta ante la comitiva de doña Catalina; hay acompañantes que apenas pueden avanzar sin rozar los cirios.
Hernán se descubre al pasar el cuerpo. La mujer del paño camina entre otras dos, con ropa limpia.
El responso empieza antes de que hayan entrado todos.
Él continúa hasta la casa de Mesa. La gente va abandonando la calle.
Se ven restos de comida junto al muro, una escudilla rota, las marcas que han dejado los zapatos en un tramo de tierra blanda.
Los dos cuerpos siguen en su sitio. El soldado que guarda la puerta está sentado y se levanta cuando ve al capitán.
Vienen los de la Misericordia con unas parihuelas.
No traen cirios ni clérigos. Extienden una tela, colocan a los hombres uno junto al otro y les juntan las piernas para que quepan.
Al alzarlos, uno de los cargadores tiene que pasar la vara al otro hombro.
Pide a su compañero que no empiece a andar todavía.
Acaban saliendo con pasos cortos y desiguales.
Hernán los sigue hasta el enterramiento.
La fosa está abierta. Uno de los que han ido delante vuelve con una herramienta para ensanchar un extremo; los portadores aguardan a que termine.
La luz de una linterna, dejada en tierra para trabajar, alcanza las rodillas del sepulturero y una parte del hueco.
Bajan los dos cuerpos a la misma sepultura.
Después se llevan las parihuelas vacías.
Al volver a casa encuentra un plato de pescado cubierto con otro.
Lo destapa y se sienta sin quitarse la espada.
Come despacio; tiene que apartar las espinas al borde del plato.
Bebe de la jarra y corta un pedazo de pan.
No termina el pescado. Deja el cuchillo sobre la mesa, desciñe la espada y la apoya junto a la silla.
Antes de acostarse, trae la partesana hasta la mesa. Pasa un paño por la hoja, por las aletas y por el hierro que abraza el asta. No encuentra mella nueva. En la madera hay polvo y una raya del muro donde la apoyó. Humedece un extremo de la tela y frota esa raya hasta que desaparece.
El hierro está frío. Le da la vuelta y limpia la otra cara.