El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 7 · Apostar gente
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7 · Apostar gente

La orden cabe entre las dos esquinas: que no pase nadie.

Hernán se coloca al sur de la casa. Tiene tres hombres y una partesana cuya hoja queda por encima del alero bajo.

El criado del gobernador le indica hasta dónde debe dejar libre la calle; después va hacia el segundo grupo, sin detenerse a responder al soldado que pregunta cuánto tiempo.

Son cerca de las nueve. Alonso Fajardo ha vuelto de Cavite.

Uno de los hombres lo dice al otro mientras se aprieta la correa de la espada, y el otro contesta que ya lo sabe.

Por el extremo opuesto se acerca un muchacho con un cántaro. Hernán atraviesa el asta delante de él.

—Por ahí.

El muchacho mira la calle que le señala, luego la casa a cuya puerta iba. Solo tendría que dar seis pasos. Lleva el cántaro contra la cadera, apoyado en un trapo grueso, y una de sus manos está mojada. Hace ademán de explicar algo.

—Da la vuelta.

Se aleja con el agua. Desde un patio llega el quejido de una cuerda sobre madera; un cubo golpea la boca del pozo y alguien protesta. En la casa del otro lado cierran una ventana. Queda una rendija vertical de luz.

Hernán separa de la pared el hombro que acaba de apoyar. La piedra guarda el calor. Lleva la capa doblada sobre el antebrazo para que no estorbe y se la da al más joven.

—En ese poyo. Donde esté seco.

El soldado alisa la tela como si fuese a quedarse. Otro sujeta con los dientes el cabo de una tira de cuero que se ha soltado de su puño. No traen mechas encendidas. Entre las armas de los cuatro hay sitio para que un hombre camine, pero nadie cruza ese espacio.

La puerta de la casa se mueve. Tres personas entran; desde la esquina, Hernán ve dos capas y el resplandor breve de una hebilla. Detrás de ellas, un hombre sin capa sale del hueco oscuro junto al muro y empuja la hoja antes de que acaben de cerrarla.

—Es él —dice el soldado del puño roto.

Hernán alza la mano, sin volver la cabeza.

Se oye un choque contra la puerta y después una petición de confesión.

Un hombre sale a la calle inclinado hacia delante.

Los que están más cerca se le echan encima; uno tropieza con la pierna del otro.

La luz del interior alcanza sus espaldas y desaparece cuando se juntan.

Hernán deja el asta vertical. El muchacho del cántaro asoma por la esquina a la que lo han enviado y retrocede con tanta prisa que el agua golpea las paredes de barro.

Arriba suena algo que arrastran. Después, una voz de hombre. Habla deprisa, con palabras separadas por los pasos. No grita. Hernán mira el cuadrado encendido de la ventana; una sombra lo cruza dos veces. Sus hombres miran en la misma dirección.

El criado vuelve y señala la puerta.

—Dos aquí. Vos, conmigo.

Hernán encarga el puesto al soldado mayor.

Cruza la distancia hasta la casa con el arma pegada al cuerpo, baja la punta al pasar bajo el alero y apoya el asta contra la pared de fuera.

Tiene que apartar un pie tendido junto al umbral para no pisarlo.

En el suelo hay un sombrero cuya copa ha quedado aplastada.

El criado entra. Hernán tira de la hoja hacia la calle y la mantiene abierta con el hombro.

La madera empuja de vuelta sobre un desnivel.

Desde allí ve el arranque de la escalera, los primeros peldaños de piedra y el hueco oscuro del descansillo.

La luz viene de arriba. En el zaguán, un hombre pasa la espada de la mano izquierda a la derecha y se restriega la palma en el muslo.

—¿Ese es Mesa? —pregunta otro.

Nadie le responde.

Una suela resbala en el piso alto. El golpe siguiente tiene un ruido de hierro hueco; vuelve a sonar dos peldaños más abajo, ahora mezclado con el de la madera que se astilla en la baranda.

El cuerpo aparece al doblar la escalera.

Durante un instante queda encajado entre el muro y el pasamanos, con una rodilla levantada.

Un hombre baja tras él. Hernán ve primero sus zapatos; después reconoce a Fajardo.

Mesa alcanza el último escalón y trata de incorporarse apoyando un brazo.

La coraza raspa la piedra. El guardia del zaguán se adelanta sin esperar una voz.

Lo que hace tapa el cuerpo; el gobernador pasa a su lado y vuelve hacia arriba.

El guardia permanece inclinado. Hay un golpe más, corto, y luego el hierro de su espada toca el suelo.

Hernán sostiene la puerta. Cambia de apoyo y la madera le aprieta el hombro.

El guardia alza la cara.

—Ya está.

Se aparta para dejar paso al criado. Este mira la escalera y la calle, busca algo entre los hombres y termina recogiendo una vela que ha rodado hasta el muro.

La cera blanda se ha pegado a la suciedad; la mecha aún desprende un hilo gris.

Intenta ponerla derecha en un reborde y se le cae otra vez. Hernán no suelta la hoja para ayudarlo.

Desde la esquina norte llega una pregunta, repetida por dos voces.

El criado sale a decir que nadie se mueva de su puesto.

Cuando regresa trae un cuenco pequeño con lumbre y enciende la vela.

Entonces se ve entera la anchura del zaguán.

Mesa queda a un lado de la escalera, sin sombrero.

Los cordones de la coraza siguen atados.

Arriba alguien pide un confesor.

Fajardo baja solo. Lleva las mangas de la camisa recogidas desigualmente y la mano derecha cerrada contra la tela.

No mira a Hernán ni le dirige la palabra.

Sale por el hueco que este sostiene y se aleja hacia los franciscanos, acompañado a pocos pasos por el criado.

Los soldados abren paso. Ninguno lo sigue más allá de la esquina.

—¿Se acabó? —pregunta el más joven cuando Hernán vuelve a por el arma.

Hernán levanta la partesana del muro.

—En tu sitio.

El joven se lleva la mano a la correa y vuelve a dejarla caer. De la casa sale una mujer mayor; pasa junto a Mesa, se queda bajo el dintel y mira hacia los dos lados. Uno de los guardias le impide salir. Ella dice que va a buscar agua.

—Dentro hay pozo.

—No agua de pozo.

El hombre no se aparta. La mujer vuelve al interior. Al subir recoge del peldaño un paño que se le ha caído y continúa sin sacudirlo.

En la calle de Hernán ya hay vecinos. Han salido sin terminar de vestirse y se detienen a distinta distancia del asta que les cierra el paso.

Un hombre descalzo pregunta si son holandeses.

Otro lo manda callar. Una mujer, desde una ventana, dice el nombre de doña Catalina.

Los de abajo alzan la cabeza hacia ella.

—¿La de palacio?

La ventana se cierra.

Fajardo regresa con un clérigo que lleva el bonete en la mano.

El criado abre camino, aunque nadie se lo impide.

El sacerdote entra sin preguntar a los soldados.

Su ropa roza la puerta que Hernán ha vuelto a sujetar.

Antes de empezar la escalera se detiene ante Mesa; el criado le toca un brazo y señala arriba.

Hernán se queda en el umbral hasta que dejan de oírse los pasos. Entonces asegura la puerta con una piedra, recobra su arma y vuelve a la esquina sur.

—Dicen que estuvo siete años con los jesuitas —murmura el soldado mayor.

—¿Quién?

—Mesa. Y que ha tenido tres mujeres.

El que tiene roto el puño hace una cuenta con los dedos, muy cerca de su pecho.

—No puede tener treinta años.

—Pues eso dicen.

—Tres a la vez no serían.

El mayor se encoge de hombros. Un vecino se acerca lo suficiente para oírlos y los dos dejan de hablar. Hernán vuelve la punta del arma hacia el centro de la calle, todavía muy alta. El vecino da dos pasos atrás.

Pasa más de media hora. A ratos se oye caminar en el piso de arriba; la voz baja que llega desde allí se interrumpe y vuelve, sin palabras que alcancen la calle.

En el patio del pozo han dejado de sacar agua.

Un perro husmea junto a la pierna del soldado joven, que lo espanta con el pie sin llegar a tocarlo. El animal vuelve por el otro lado.

Cuando el clérigo baja, no sale enseguida.

Se detiene dentro del zaguán, de espaldas a los que guardan la puerta.

En lo alto se mueve una tabla, alguien toma aire con un ruido que llega nítido hasta la calle y luego se oyen dos pasos rápidos.

El sacerdote se vuelve. El criado hace ademán de impedirle subir; el clérigo aparta su brazo y permanece al pie de la escalera.

Hernán hunde el regatón en la junta entre dos piedras. No hay orden nueva.

Más tarde, Fajardo sale con el criado. Dos hombres van delante de él y otros dos lo siguen.

En la esquina tienen que pasar entre los vecinos, que se retiran hasta tocar la pared.

La manga derecha del gobernador ya está bajada.

El soldado que había preguntado si todo había acabado se descubre. Los demás lo imitan.

Hernán recoge su sombrero del poyo y se lo pone cuando han doblado la calle.

El piloto ha quedado al lado de la puerta, donde no se puede entrar sin rodearlo. Un guardia intenta moverlo agarrándolo por las axilas; el cuerpo pesa más de lo que puede arrastrar solo y se le desliza de las manos. Llama al que está en el zaguán. Entre los dos consiguen alzarlo hasta el umbral.

—Se le ha perdido un zapato —dice el joven.

Lo dice con una risa breve. Bajo el borde del calzón asoma un pie cubierto por la media, mientras el otro conserva el cuero y su hebilla.

—Ese iba a lo suyo —dice Hernán.

Deja la partesana contra la jamba y se agacha. Sostiene las piernas hasta que los otros pueden bajar el cuerpo sin que golpee el escalón. Espera a que se acomoden antes de retirar las manos. El joven busca el zapato entre las piernas de los presentes y no lo encuentra.

—Era piloto —dice alguien—. Vino con la plata.

—¿Cómo se llamaba?

La pregunta queda entre dos conversaciones. Desde el otro extremo reclaman a los soldados porque la gente está entrando por el puesto del este. Hernán ordena que vuelvan dos hombres. Él permanece junto a la puerta hasta que bajan a doña Catalina.