Mapa de alturas #2
Elena acerca la silla sin tocar la mesa.
Hay una pata alzada. Otra sostiene el cuerpo. Encima de la cabeza, tres salientes que en las fotografías habían sido una sola mancha. Los sigue hacia abajo, hasta la curva del hocico. Mira la barra de color, vuelve a la cabeza y se oye decir:
—Tiene corona.
Joaquín amplía la zona. El borde de la figura se abre en píxeles y perfiles medidos; la corona no desaparece. Él vuelve a la vista completa para que Elena no tenga que reconstruirla por partes.
El león mira hacia la izquierda de quien está ante el monitor.
—¿La imagen está invertida?
Joaquín comprueba la orientación con la fotografía de trabajo. El mango corresponde al borde inferior, la derecha del mapa a la derecha de la cara observada de frente. Abre la cabecera y le señala los ejes. No han reflejado lateralmente los datos.
—La pared la miras desde el otro lado —dice—. Para compararlas hay que cambiar de vista.
Abre una segunda ventana y refleja la imagen. El león se vuelve hacia la derecha. Antes de ampliar, Joaquín escribe en el borde: «Vista reflejada para comparación con la proyección». A la izquierda permanece el mapa original.
Elena acerca a la segunda ventana la foto del bisel que lleva en el teléfono.
La gira hasta dejar el mango abajo. El león de plata se vuelve hacia el lado contrario.
En esa vista, como en la pared, el de la corona es contornado: mira a la siniestra del escudo, a la derecha de ella.
Por primera vez puede mantener las dos figuras a la vista sin que una de ellas se deshaga.
Detrás de su silla se oyen pasos; Elena aparta un poco el codo y sigue mirando.
Las líneas que suben desde abajo son raíces.
Le cruzan al animal una pata, pasan por delante del vientre y vuelven hacia el tronco.
En una zona del costado se pierde la continuidad y reaparece más arriba.
No necesita completarla para ver lo que rodea el cuerpo.
—Aquí —dice.
Joaquín desplaza la ampliación. Lo que Elena había tomado por una rama tiene una cabeza pequeña. Hay un hocico, un ojo, una sucesión de escamas que sigue el giro del tronco. El cuerpo se enrosca detrás y reaparece por el otro lado. En una de las patas distingue tres terminaciones curvadas.
—Un dragón.
El físico no añade nada al nombre. Vuelve al mapa original, sitúa una línea de sección que atraviesa uno de los bordes y abre su perfil. Elena mira la escala vertical. Tiene que acercarse más para leer las unidades.
—¿Cuánto hay de ahí a ahí?
—En este perfil, unos cuatrocientos nanómetros.
—Dímelo otra vez.
—Cuatrocientos. Cero coma cuatro micras. Cero coma cero cero cero cuatro milímetros.
Elena busca el cuaderno donde no está. Tiene el lápiz en la mano.
Vuelve la otra palma y escribe cuatrocientos, luego las letras nm.
La punta apenas marca la piel; repasa el cuatro hasta que puede leerlo.
No es una altura que pueda representar con la separación de dos dedos.
Al volver al monitor, el perfil sigue pareciendo una cuesta.
Joaquín reduce la exageración vertical de la vista.
La cuesta se aplana casi hasta desaparecer.
La imagen coloreada conserva las figuras porque su escala permite distinguir esas diferencias.
Elena mira alternativamente ambas versiones.
En una ve un árbol con dos animales; en la otra tiene que confiar en la cifra para distinguir el desnivel.
—¿Es el mismo dibujo que hay detrás del nácar?
—Para afirmarlo habría que medir también el reverso. En espejos estudiados se han propuesto relaciones entre las dos caras; aquí solo estamos midiendo esta.
—¿Y por qué en la pared aparecen líneas, si aquí son alturas?
—Donde cambia la inclinación cambia la dirección de la luz. Se concentra a un lado y falta al otro. Son transiciones muy suaves; en este borde se extienden aproximadamente medio milímetro.
—¿Lo haría cualquier lámpara?
—Tiene que verse pequeña desde la pieza. El sol sirve; una fuente extensa puede borrar el contraste. La halógena que usasteis tiene un filamento pequeño.
—¿Se puede borrar el dibujo del metal?
—Sí, si redondeas estas variaciones al pulir. Puedes darle brillo y perder el relieve que estamos viendo.
Elena mira el disco. Sigue siendo gris; desde su silla ni siquiera distingue la franja que Pilar dejó sin tratar. No pide probar otra luz. Le interesa que nadie mueva todavía el soporte, que se termine de guardar lo que la pantalla acaba de mostrar.
Joaquín abre la hoja de condiciones. La muestra tiene por nombre «bronce, disco, 12 cm». Comprueba con Elena la referencia y la añade antes de exportar.
INSTITUTO DE ÓPTICA. Medida de superficie. 17-03-2026.
Muestra: bronce, disco, 12 cm. Referencia aportada: SILVA-ESP-0001.
Cara observada de frente; mango abajo. Ejes y orientación conservados en la cabecera.
Se adjunta una vista reflejada, identificada por separado, para comparar con la proyección.
Interferometría de luz blanca. Mosaico de 1.605 campos de 3,52 × 2,64 mm; pasos de 3,168 × 2,376 mm. Máscara de posiciones sin dato válido.
Ajuste de curvatura global: radio convexo aproximado, 1,2 m. Se entregan alturas anteriores al ajuste y residuo después de sustraerlo.
Perfil señalado: diferencia de altura aproximada, 400 nm. La barra de color expresa alturas, no color ni composición del objeto.
Joaquín le pide un disco con espacio suficiente.
Elena va a la taquilla y vuelve con el pequeño SSD que trajo para las fotografías.
El programa calcula el tamaño antes de empezar a copiar.
Va a llevarse los mapas de cada campo, el mosaico anterior a la sustracción, los datos de la superficie residual, las máscaras y las dos vistas coloreadas.
El PDF de condiciones ocupa mucho menos que todo lo demás.
Joaquín lo abre para comprobar que la fecha y la referencia se lean.
Elena saca también el cuaderno. En la palma, el cero final está ya desdibujado. Copia el número antes de apoyar la mano sobre la página.
Debajo escribe: «León contornado, coronado.
Árbol. Dragón de tres garras». Añade una flecha hacia la derecha y, a su lado, «vista de comparación con la proyección».
En un recuadro menor copia el contorno del mapa frontal, vuelto hacia la izquierda.
Se detiene antes de escribir que el león es el de su familia.
En la foto de la plata hay rasgos que coinciden; en el mapa hay raíces que no están en la plata.
En una página distinta recupera la atribución del objeto.
Ha consultado espejos con mango de tamaño parecido en catálogos de museos.
Algunos están fechados ampliamente en el siglo diecisiete; otro, algo mayor, pertenece ya a su segunda mitad.
Doce centímetros no le dan una era. La montura, además, oculta parte de la unión con el mango.
Escribe «tipo e-kagami». Después: «¿Edo temprano? ¿Keichō o Genna? Contrastar». El alto estaño aparente y el mercurio permanecen en la ficha de materiales, con las condiciones del análisis; no los traslada a una fecha.
Más abajo anota: «Plata: posible marca de Diego González de la Cueva, 1731–1778. Fecha del ensayo, si se confirma». Deja espacio antes de la palabra montaje y no pone ninguna cifra.
La copia de 1967 sigue en su bolsillo.
A las seis, la mujer del soporte vuelve con otra persona.
Joaquín cierra la exportación y entrega el disco.
No desmonta el espejo deprisa: comprueba que el brazo del aparato esté retirado antes de tocar los apoyos.
Elena cierra el cuaderno. Deja el lápiz junto al teclado y ayuda a despejar la mesa auxiliar para que puedan poner la caja.
Pilar ha dejado previsto el regreso al IPCE.
Elena espera en el pasillo hasta que llega quien hizo el traslado de ida.
Joaquín sale con la caja cerrada, comprueba el nombre en la autorización y firma la hora de salida.
Son las seis y veinte. Ella aparta las rodillas para dejar pasar el carro.
En su bolso solo están el cuaderno y el disco; el espejo sigue bajo la custodia del instituto.
Antes de que Elena llegue a Ayala, Pilar le confirma la recepción.
En casa espera a que el ordenador termine de copiarlo todo.
El cable atraviesa la cocina hasta el enchufe; lo ha pasado por detrás de la silla para no llevárselo al levantarse.
Abre la vista preparada para comparar con la proyección a tamaño completo.
El verde ilumina una parte de su mano apoyada junto al teclado.
Saca la impresión doblada. Los cuatro rectángulos del papel no vuelven del todo al mismo plano.
Los alisa con el canto de la mano y coloca la hoja al lado de la pantalla.
No puede superponer el dibujo de 1967 al mapa; las formas tienen otra inclinación y en la fotografía faltan líneas.
Encuentra una curva en torno al cuerpo. Mira el pliegue que la atraviesa y deja el papel donde está.
El archivo de alturas tarda unos segundos en dar su suma de comprobación.
Elena guarda los sesenta y cuatro caracteres con el nombre del fichero y la fecha.
Repite el cálculo sobre la copia que ha hecho: coinciden.
Conserva aparte los datos recibidos y abre otra carpeta para las imágenes con las que trabajará.
El número escrito en la palma ha dejado una huella de grafito en el borde del cuaderno. Elena lo frota con un dedo y solo consigue extenderla. Se levanta a lavarse las manos. Desde el fregadero, con la puerta abierta, todavía ve en la pantalla la pata alzada y las raíces que le cruzan el vientre.