Mapa de alturas
En la pantalla faltan trozos del espejo.
Elena señala un hueco negro. Joaquín Bárcena le pide que no se apoye en la mesa. Ella retira el antebrazo antes de haber llegado a tocarla y se queda con el dedo extendido hacia el monitor.
—Ahí no tenemos señal suficiente. Negro quiere decir que no hay dato.
—¿Se puede repetir esa zona?
—La estoy repitiendo.
El cuadrado negro adquiere un borde amarillo. Después se llena a medias. Joaquín guarda el ensayo y vuelve a las condiciones de adquisición. Todavía no han empezado la serie completa.
El espejo descansa horizontal, encajado en un soporte que deja libres la cara y la montura.
El objetivo baja hacia él sin tocarlo. Elena ve la distancia que los separa, el estrecho intervalo de aire por el que tiene que pasar toda esta tarde.
Alrededor hay tornillos que permiten mover el conjunto mucho menos de lo que su mano habría movido una cuña.
Las patas de la mesa tienen apoyos neumáticos.
Un cable desaparece bajo el tablero y vuelve a aparecer junto al pie de Joaquín.
Él tiene otra medida a las seis. Se lo ha dicho al recibirla, sin disculparse. A la izquierda del teclado hay un recipiente con varias piezas pequeñas preparadas para la siguiente sesión. El espejo ocupa más espacio que todas juntas.
La caja del IPCE ha quedado abierta sobre una mesa auxiliar.
Pilar no se ha quedado: el traslado estaba previsto y ella ha comprobado con Joaquín los apoyos antes de irse.
Elena no ha tenido que coger la pieza. Conserva en el bolsillo del abrigo una copia de la hoja que acompaña el depósito.
En el otro lleva un papel doblado en cuatro.
Cada vez que se sienta, uno de los pliegues le roza la muñeca.
Joaquín cambia la altura y recorre una franja del disco. El centro queda más alto que el borde; el cabezal desciende para seguirlo. No está buscando el dibujo. Está buscando la superficie entera en la que tiene que medirlo.
—Hay que acompañar la curva con el desplazamiento grande. Luego medimos cada campo.
La pantalla muestra una serie de números.
Elena reconoce las unidades y tarda un momento en entender el signo que hay delante.
Ha dormido poco más de una hora; al cerrar los ojos veía las tres letras del punzón, cada una a una altura distinta.
Ahora mira cómo el aparato sigue un perfil que a simple vista ella habría llamado plano.
Joaquín ajusta los datos de las primeras posiciones. Aparece una curva muy tendida y, en una casilla, el radio: uno coma dos metros, aproximadamente. Señala la cara del disco sin acercarle el dedo.
—Casi plana con intención.
Elena sonríe. Él vuelve a la pantalla y corrige un nombre de archivo. La frase no entra en las condiciones de medida.
—¿Eso se conserva? —pregunta ella, señalando el perfil.
—También. Vamos a necesitarlo para quitar la curvatura general.
Elena mira de nuevo el disco. Su padre tenía una regla de metal con la que comprobaba si una tabla se había combado; la apoyaba de canto y buscaba luz por debajo.
Ella sostenía la lámpara. Si la movía antes de que él acabara, tenían que empezar otra vez.
Recuerda el borde frío contra la yema de un dedo, no qué tabla estaban arreglando.
Mantiene los brazos pegados al cuerpo mientras Joaquín coloca el siguiente punto.
A las cuatro y veintitrés empieza la serie.
En una esquina se lee el número de campos: mil seiscientos cinco.
El programa ha dibujado una retícula que rebasa el contorno circular.
Cada ventana mide unos tres milímetros de lado, algo más en una dirección que en la otra.
Se solapan; parte de lo medido en una volverá a aparecer en la siguiente.
Cuando Elena pregunta por ese margen, Joaquín amplía dos campos vecinos.
Hay un pequeño accidente que atraviesa la unión y permite comprobar si las dos alturas encajan.
—Si aquí nos equivocamos, te dibujo una escalera que la pieza no tiene.
Cierra el detalle. La mesa comienza su recorrido. Un avance, una parada breve, otro avance. El movimiento es tan pequeño que Elena lo reconoce mejor en el cable que acompaña al carro que en el carro mismo.
En el monitor crece una franja coloreada.
No se parece al bronce. En el centro del primer campo hay una mancha anaranjada; en el siguiente, un azul con verde alrededor.
Joaquín deja que el programa muestre cada adquisición con su propia escala.
El borde entre dos colores puede desaparecer al completarse el campo vecino.
Elena intenta seguir una línea y la pierde en la siguiente actualización.
Se sienta en una silla apartada de la mesa óptica. Su bolso está en la taquilla, junto al cuaderno. Había creído que bastaría con mirar. Joaquín le ha prestado un lápiz para señalar en una copia las zonas tratadas por Pilar. Lo tiene aún en la mano.
La primera hilera cruza la pantalla. En la segunda hay un hueco negro. Elena se inclina hacia delante, pero no pregunta. Ve cómo aparece un número en la lista de campos que habrá que comprobar al terminar.
El teléfono vibra dentro del abrigo.
Es un mensaje del museo. Falta la fotografía lateral de una pieza que documentó la semana pasada.
Elena responde que está en el estudio del espejo y busca en el móvil la carpeta de trabajo.
La imagen está, aunque no con el nombre que debería.
La envía y espera a que salga el aviso de recepción.
Cuando vuelve a mirar el monitor, el carro ha completado otra hilera.
No hay nada que pueda reconocer.
Joaquín trabaja en un ordenador distinto mientras avanza la adquisición.
Abre una tabla, compara dos columnas y anota algo.
De vez en cuando gira hacia el espejo; una sola vez se levanta para comprobar el apoyo.
No parece estar aguardando la misma cosa que ella.
Elena vuelve a guardar el teléfono y el papel doblado se desplaza hasta el fondo del bolsillo.
Lo había impreso a las tres de la mañana.
El anverso de la fotografía de 1967, sin ampliar, sobre una hoja corriente.
La copia antigua está a salvo en Ayala, pero en este papel barato también se distinguen una pared, una mancha y unos trazos que podrían coincidir con los del día diez.
Al doblarlo, Elena pasó la uña por encima de la zona más débil del dibujo. Ahora nota ese pliegue por el tacto.
Podría sacarlo. Hay una mesa libre a menos de un metro y Joaquín tiene sitio junto al teclado. En vez de hacerlo, extrae el móvil y consulta la hora. Ha transcurrido poco más de un cuarto. La impresión permanece dentro del abrigo.
El carro llega al extremo de una hilera y cambia de dirección.
La franja siguiente empieza por donde terminó la anterior.
Elena descubre el recorrido cuando ya lleva varios minutos siguiéndolo.
En su teléfono, la barra de una descarga suele avanzar por tramos demasiado rápidos o quedarse fija al final; esta vuelve a darle una unidad pequeña, un campo, otro.
Cerca de la mitad se repiten algunos. Un número deja de crecer mientras la ventana correspondiente se ocupa por segunda vez.
—Esta costaba —dice Joaquín.
Elena se incorpora. Él le muestra el indicador de calidad y el lugar de la repetición.
El dato nuevo no rellena todo el hueco, pero permite conservar una parte.
El resto seguirá negro. Ella busca ese punto en la fotografía de ingreso: está cerca del margen, donde una irregularidad interrumpe la superficie.
Anota el número de campo en el reverso de la hoja de traslado. No necesita sacar el papel del otro bolsillo.
A las cinco y cinco, alguien abre la puerta.
Una mujer pregunta por una reserva de equipo.
Joaquín contesta que la siguiente empieza a las seis y señala la bandeja de piezas pequeñas.
Hablan de un soporte que no está donde lo dejaron.
La mujer lo encuentra en el estante inferior y se lo lleva con ambas manos.
Elena tiene la garganta seca. Sale a beber al pasillo. Desde la puerta ve el espejo bajo el objetivo, reducido por la distancia a una circunferencia sin adornos. En el vaso de agua no hay nada que mirar; lo bebe de una vez y llena otro antes de volver.
La pantalla ha cambiado mucho y sigue sin mostrar una figura.
Las hileras ocupan casi todo el círculo.
En una esquina, un campo conserva una franja roja que el siguiente no prolonga.
Elena ya ha dejado de buscar cabezas en cada bulto.
Si tiene que salir de aquí con una superficie manchada de colores, habrá que conservarla así, con sus números.
Se frota los ojos con los nudillos. El sueño le ha quitado profundidad a la sala: por un instante, el cable parece pasar por delante de una pata que está mucho más cerca. Parpadea, comprueba el recorrido y vuelve a sentarse.
A las cinco y cuarenta y tres termina la adquisición principal.
Joaquín revisa la lista de campos y abre las uniones.
No da por buena la imagen solo porque esté llena.
En dos zonas consulta el solapamiento; en otra mantiene una máscara negra.
Después aplica una escala común. La superficie se ordena en una gran variación de color del centro al borde.
Hay marcas pequeñas, algunas rayas, pero Elena no encuentra el animal que ha visto en la pared.
El físico guarda ese resultado con un nombre distinto. Luego ajusta la curvatura general.
—Esta es la forma grande —dice, señalando la esfera calculada—. Ahora la restamos de las alturas que hemos medido.
Elena deja de mirar el disco.
La imagen resultante aparece primero muy contrastada.
Joaquín modifica los límites de la escala y consulta varios perfiles.
Devuelve los colores a un intervalo más estrecho.
Sobre un fondo verde quedan zonas amarillas y azules, enlazadas por transiciones suaves.
El árbol se distingue antes que el animal: un tronco que sube desde un haz de líneas y se estrecha detrás de una forma levantada.