El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Parámetros fundamentales
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Parámetros fundamentales

—Aquí falta tu nombre.

Elena vuelve a leer la hoja. En solicitante pone Museo de América. En propiedad, particular. Su nombre figura al pie, como responsable de la documentación fotográfica, con el teléfono y el correo del trabajo.

—Está abajo.

La subdirectora señala otro impreso, sujeto detrás por el mismo clip.

—Como propietaria.

Elena había dejado ese espacio para el albacea. Ahora que tiene delante la copia del acta del día diez, sabe que no corresponde. Desliza el impreso hacia sí y escribe sus dos apellidos. La bolita del bolígrafo no gira bien; tiene que repasar la primera ese. Queda más oscura que el resto.

La subdirectora le devuelve una fotografía del bisel.

—¿Esto lo has comparado con la colección?

—El león, sí. La montura no se parece a ninguna de las fichas que he revisado. Precisamente por eso quería…

—¿Y la cara?

Elena busca la otra imagen. Las ha impreso al mismo tamaño; puestas juntas, el disco gris y el reverso adornado parecen tener poco que ver.

Explica cómo el cerquillo recoge piezas de materiales distintos.

Señala las uniones, las zonas que necesitaría ver de cerca.

No sabe aún cuáles pertenecen al mismo trabajo y cuáles se añadieron después.

—Eso es lo que tienes que pedir —dice la subdirectora—. La imagen de la pared, de momento, no nos resuelve esas preguntas.

Elena retira de encima la toma de la proyección para dejar visibles las otras dos.

La llamada del día doce no le había conseguido una cita.

Le consiguió un nombre, Pilar Rebollo, y una dirección de correo.

Después vinieron las fotografías, la descripción, una pregunta acerca del interés del objeto para el proyecto y otra acerca de quién podía autorizar una intervención.

Elena respondió a las dos con el mismo párrafo.

Se lo devolvieron separado en dos casillas.

Esta mañana, viernes veinte, la petición está aprobada. La subdirectora ha visto las imágenes de la cartulina. También ha pedido las fotografías del reverso y una copia del legado. Ha corregido «japonés» por «oriental» antes de firmar.

—Tendrás que entregarnos la documentación del estudio.

—Claro.

—La completa. También si no sale nada.

Elena dice que sí por segunda vez. Ya había preparado una carpeta para lo que saliera bien; tendrá que añadir las tomas movidas, la primera descripción y las preguntas que ahora parecen mal hechas.

Piensa en la raya verde de una pieza del museo que dejó ayer pendiente de fotografiar.

El trabajo no se retira de su mesa porque esta otra carpeta haya empezado a crecer.

MUSEO DE AMÉRICA. Solicitud de asesoramiento y estudio.

Objeto: espejo metálico oriental con montura, propiedad privada, objeto de estudio del proyecto de catalogación.

Referencia aportada: SILVA-ESP-0001.

Propietario: particular. Identificación y autorización en anexo de depósito.

Se solicita examen del estado de conservación, caracterización de materiales y valoración de los estudios complementarios necesarios.

Registro de salida: 20 de febrero de 2026. Firma de la subdirección.

La copia lleva un sello azul. En el anexo, que no se separa de ella, Elena autoriza el estudio y una intervención limitada, pendiente de propuesta. No autoriza a desmontar el reverso. Lee esa línea dos veces; había imaginado que bastaría con llevar el espejo y hacer preguntas.

El análisis no le cuesta dinero. La póliza de transporte y estancia, de clavo a clavo, le ha costado ciento ochenta euros.

Guarda el justificante en una carpeta distinta de las facturas del museo.

Antes de cerrar el banco en el teléfono comprueba el saldo.

Tendrá que esperar para arreglar el ordenador.

A mediodía recoge la caja. Es de polipropileno, con una cama de espuma recortada en la que el disco y el mango tienen apoyos separados.

Para cerrarla no hay que apretar nada contra el nácar.

Lleva una etiqueta que tapa casi por entero la del fabricante.

Elena desliza la caja hasta el centro del asiento del taxi y viaja sujetando el asa, aunque la correa del cinturón la mantiene quieta.

Desde el aparcamiento de Pintor El Greco, cuatro, el edificio del Instituto parece no tener una parte de atrás.

Las puntas de hormigón se repiten sobre el círculo; entre dos se ha detenido un pájaro.

Elena busca la puerta por la que ve salir a una mujer con una bolsa de comida.

Al bajar del coche, descubre que ha venido haciendo fuerza con los dientes.

Pilar Rebollo la recibe con una bata abierta sobre el jersey. Es más baja de lo que Elena había imaginado por teléfono. La hace pasar junto a una mesa ocupada por fragmentos que tienen cada uno su número. El suyo aún no está.

—Tengo cuatro trabajos delante. Hoy vemos el estado y dejamos decidido qué se puede hacer.

—No quería que lo limpiaran sin…

—Para eso estás aquí.

Pilar comprueba la referencia de la caja contra la documentación.

Le pide que se siente al otro lado de la mesa.

Abre los cierres y saca la pieza con las dos manos, sosteniendo los apoyos.

El nácar permanece separado del tablero y la cara del disco mira hacia arriba.

Hay un momento en que Elena reconoce el peso por la forma en que las manos de la otra mujer lo reciben. Aprieta las suyas entre las rodillas.

Fotografía frontal, reverso, detalles. Una escala cambia de lugar sin rozar el metal.

Pilar dicta un número que Elena anota en el cuaderno: IPCE-2026-041.

Lo repite para comprobarlo. En la ficha auxiliar se imprimen dos imágenes pequeñas; debajo hay lugar para observaciones, no para la historia del baúl.

INGRESO PARA ESTUDIO. 20-02-2026. IPCE-2026-041.

Referencia de la solicitante: SILVA-ESP-0001.

Objeto recibido con montura y mango. Caja y apoyos independientes.

Estado: cara gris mate, depósitos superficiales discontinuos; productos verdes localizados bajo el cerquillo de cobre; nácar con pérdidas antiguas y juntas abiertas. No se desmonta.

Fotografías de ingreso: anverso y reverso, copias de 10 × 15 cm; serie digital de detalle asociada.

Titularidad, autorización y antecedentes declarados: documentación adjunta al depósito.

Pilar acomoda el borde bajo la lupa binocular. Durante un rato pregunta fechas sin mirarla: cuándo se abrió el baúl, cuánto tiempo estuvo cerca del balcón, si se ha limpiado desde entonces. Elena contesta. Al decir que no lo ha tocado, oye lo que acaba de decir.

—No lo he limpiado —corrige—. El primer día lo cogí sin guantes.

—¿Por dónde?

—Por el mango. Y por el canto.

—Enséñamelo en la foto.

Elena marca las zonas con la punta del lápiz, sin trazar. Pilar anota el dato junto a la fecha del inventario.

—Antes de fotografiar —añade Elena.

La conservadora deja de escribir.

—Entonces no tenemos imagen anterior a esa manipulación.

—No.

Pilar vuelve a la lupa. No le dice que no importa. Tampoco le dice que el polvo verde es culpa suya. En la pantalla aparece la orilla del disco, agrandada hasta que un grano que Elena apenas había visto ocupa el tamaño de una lenteja.

—Podrían ser cloruros activos. Hay que comprobarlo.

Elena pregunta si se pueden quitar.

—Lo que vemos, sí. Que no vuelva a aparecer es otra cosa.

Le enseña dónde se cobija el polvo bajo el cerquillo.

El verde es tan claro que, aumentado, parece recién hecho.

Elena había colocado esa mancha entre las pérdidas antiguas, al lado de una raya y una zona mate; ahora Pilar la señala por separado.

Le explica qué van a vigilar y escribe una propuesta de aislamiento y control de humedad.

El benzotriazol queda anotado como tratamiento que habrá que valorar, no como algo que se aplique esta tarde. La montura obliga a decidir por zonas.

—¿Cuánto tiempo lleva pasando?

—No lo sé.

—¿Días? ¿Años?

—Con esto no lo puedo saber.

Elena mira en su pantalla la ampliación que hizo el día once. Ya estaba allí. Acerca el teléfono a Pilar, que le pide el archivo original para incorporarlo a la serie. Elena lo envía. El pequeño alivio que esperaba no llega: aquella fotografía tampoco es anterior a sus manos.

Al salir, lleva una copia de la ficha y la caja se queda. En el taxi de vuelta se sienta junto a la ventanilla. Cuando frena en el primer semáforo, extiende el brazo hacia el asiento vacío.

En casa, la bandeja ocupa todavía el centro de la mesa.

Podría retirarla y recuperar el sitio para comer.

La deja hasta después de cenar, junto a la cuña de espuma que ya no sirve para este nuevo embalaje.

Al pasar por el salón, varias veces mira hacia ella antes de recordar dónde está el espejo.

La cartulina sigue pegada a la pared; una esquina se ha soltado.

Esa noche Elena la despega entera, escribe la fecha en el dorso y la guarda plana detrás de una carpeta grande.

Conserva las tiras de cinta adheridas a los bordes.

El tres de marzo hay nueve círculos numerados sobre una fotografía. Los cinco primeros están en la cara del disco. Dos señalan pequeñas zonas de bronce que quedan descubiertas en el borde posterior; el octavo, una parte del bisel de plata; el noveno, el mango. Ninguno cae sobre el nácar.

Elena llegó diez minutos antes y Pilar la hizo esperar en el pasillo mientras terminaba una reunión.

Ahora puede quedarse si no interrumpe la sesión.

Se ha llevado el cuaderno, pero no el ordenador; no quiere volver a buscar un enchufe en una sala donde cada cable parece tener ya asignado un aparato.

El analista coloca la pieza en el soporte. Comprueba que el círculo de tres milímetros cabe entero en la primera zona elegida. El cabezal se aproxima sin descansar sobre el metal. En el monitor hay una línea casi horizontal que empieza a llenarse de puntas.

—Sesenta segundos —dice.