El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 6 · Méritos y servicios #2
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6 · Méritos y servicios #2

A la tercera, que le vio embarcar en la capitana y regresar de la batalla; lo que dentro de ella sucedió lo oyó después.

A la cuarta, que recibió por orden suya armas de dos hombres llevados a curar, un arcabuz con la caja hendida y otro sin frasco, y así lo puso en la cuenta para que no se cargase entero al que no lo había entregado entero.

A la quinta, que fueron cuatro meses de paga los que suplió de su hacienda, en diversas entregas y no de una vez.

Lo sabe porque las asentó. Cuando se dio la primera faltaba moneda menuda y no se pudo completar a todos: quedó la diferencia escrita junto a cada nombre y se entregó después.

Las cantidades se señalaron a cuenta de lo que Su Majestad debiese a cada soldado.

No sabe este testigo cuánto se ha restituido al capitán, porque dejó de llevar aquellas cuentas antes de acabarse el cobro.

Preguntado si los cuatro meses fueron de toda la compañía, dijo que de los que constaban efectivos en la lista que él tuvo, y que no se dio paga de muerto ni ausente. Que no quiere decir que todos cobrasen la misma cantidad, por ser diferentes sus plazas y haber entrado algunos después.

A la sexta, que en el año de mil y seiscientos y veinte le entregó una cuenta de zapatos y lienzo para la gente, con los recibos de lo repartido. No sabe si todas las faltas quedaron remediadas, porque no se repartió una pieza por hombre, sino conforme a lo que cada uno necesitaba.

A las preguntas séptima y octava dijo que no tiene ciencia particular.

A la novena, que entró muchas veces en su casa por razón de las cuentas y conoció a doña Juana; asistió a su entierro en marzo de mil y seiscientos y veinte y tres.

Del hijo sabe que el capitán lo tiene y lo nombra por suyo legítimo.

A la décima, que le pagó su trabajo, aunque la última paga se detuvo hasta rehacer una suma. A la undécima, que no le ha llevado cuentas desde entonces y no sabe. A la duodécima, que se remite a lo dicho.

Y habiéndoselo leído, dijo que estaba bien escrito, y firmó. Francisco de Villalobos. Ante mí, Aranda.

Tercer testigo

En veintisiete de mayo fue recibido Baltasar de Cárdenas, mercader y vecino de esta ciudad.

Hizo el juramento acostumbrado y dijo ser de cincuenta y dos años, sin parentesco con el pretendiente.

Ha contratado con él y tiene una cuenta abierta de mercaderías, no vencida, por la que no hay pleito.

No espera que la merced se aplique a su paga.

A la primera y segunda, que le conoce de doce años y no fue testigo de su llegada. A la tercera y cuarta, que sabe por voz pública que estuvo en Playa Honda, pero no se halló allí. A la quinta y sexta, que le vio sacar dinero para su gente y no conoce las cuentas militares.

A la séptima, que asistió a la compra de boletas de dos viudas en el año de mil y seiscientos y veinte, y a otra de la santa Misericordia en el siguiente.

Que en todas se concertó primero el precio y después se contó la plata.

Una de las viudas pidió que se le adelantase parte aquella misma mañana y no se aguardase a traer la boleta; el capitán la hizo dar y el resto se pagó al entregarla.

Preguntado qué quiere decir a los precios corrientes, dijo que a los que entonces daban otros compradores, según la cercanía de la partida y el espacio de carga a que la boleta daba derecho.

Que no había un solo precio para todo el año.

Las de las viudas se compraron cuando aún faltaba tiempo para cargar.

No recuerda ahora la cantidad de cada una y sin sus papeles no la afirmará.

Que sabe haberse puesto carga del capitán en las naos de los años de veinte y veintiuno, porque entraron en ella partidas compradas a este testigo.

De la de veintiuno se perdió una parte con la capitana Nuestra Señora de la Vida.

El capitán no pidió a este testigo que volviese a su riesgo lo vendido y pagado.

No sabe lo que llevaba por cuenta de otros ni declara sobre ello.

A la octava, que ha visto su nombre en cuentas de limosnas, no su entrega. A la novena, que tuvo trato con su casa viviendo su mujer y lo tiene por viudo, con un hijo legítimo, según es recibido entre sus conocidos.

A la décima, que en una partida de lienzos hubo diferencia por piezas halladas húmedas antes de la entrega, y el capitán no las recibió por sanas. Se abrieron los fardos y se contó lo aprovechable, quedando la diferencia en poder de un tercero hasta concordarse. No sabe de otras diferencias suyas.

A la undécima, que no tiene oficio en que se le comuniquen las órdenes de guerra. A la duodécima, que le tiene por hombre de caudal y crédito para mantener la casa y el cargo que Su Majestad le diere.

Leyósele su dicho; ratificólo y firmó. Baltasar de Cárdenas. Ante mí, Aranda.

Cuarto testigo

En treinta de mayo, fray Alonso de Valdemoro, religioso de la orden de nuestro padre San Francisco, guardián que fue de Dilao, habiendo prometido decir verdad en la forma que a su estado conviene, fue examinado por las dichas preguntas.

A la primera dijo que es mayor de cuarenta años, que conoce al capitán de trato de esta ciudad y no es su pariente; que ninguna cosa se le ha ofrecido por este testimonio.

A la segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta, que tiene noticia de sus servicios por lo que se dice, pero no le toca declarar de hechos de guerra que no vio.

A la séptima, que sabe haber socorrido a la Misericordia mediante contratos, sin haber asistido a ellos.

A la octava dijo que recibió para la iglesia del pueblo de los japones una limosna en dinero del dicho capitán, destinada a la cubierta por donde entraba agua, y que se empleó en aquel menester.

No recuerda sin el libro cuánto fue, ni quiere acrecentarlo de memoria.

Que el capitán no pidió que por aquella limosna se le diese asiento ni enterramiento en la iglesia.

Sobre los dos pedreros dijo que los vio antes de aderezados y después vueltos a su servicio, y que oyó al capitán dar orden de satisfacer el gasto.

Preguntado si vio la paga, respondió que vio entregar dinero al que traía la cuenta; del repartimiento que después se hiciese de él no sabe.

No estuvo presente a la labor. Que no vio libranza contra la Real Caja por razón de aquel aderezo.

A la novena, que conoce la casa del capitán y lo tuvo por casado mientras vivió doña Juana, y después por viudo; de su hijo sabe lo que públicamente se dice. No asistió al matrimonio ni al entierro, por ser de otra parroquia.

A la décima, que nada se debe de la limosna que declaró. A la undécima, que no sabe de órdenes militares. A la duodécima, que por los actos de caridad de que tiene ciencia lo juzga acreedor a que se le tenga consideración, dejando lo demás a quien corresponda.

Leído el dicho de principio a fin, afirmóse en él. Fray Alonso de Valdemoro. Ante mí, Francisco de Aranda.

Conclusión y despacho

En tres de junio el capitán dijo que no presentaba más testigos y pidió se diese la información por acabada.

Vista por los señores de la Audiencia, mandaron darle los dos traslados que solicita, signados y autorizados en forma, para que los presente donde le convenga, sin que por este despacho se le conceda la merced ni se aprueben alcances contra la Real Hacienda.

Yo, Francisco de Aranda, escribano de Su Majestad, hice sacar estos dos traslados y los concerté con los autos, que quedan en mi poder.

Cada uno va en doce pliegos de papel, cosidos con bramante, rubricadas sus hojas y salvadas al pie las enmiendas.

La señal de arenilla pegada al margen del dicho del padre Valdemoro no ocupa letra.

En el segundo testimonio, donde decía tres meses, va enmendado cuatro: vale. Puse mi signo en testimonio de verdad.

En nueve de junio entregué ambos al capitán para su remisión en la nao de este año. Recibiólos y firmó. Hernán de Silva.

Derechos de escribanía, por recepción, escritura, cotejo y autorización: treinta y dos reales. Derechos del relator: ocho reales. Papel de los dos traslados, veinticuatro pliegos: cuatro reales. Bramante y cubierta: un real.

Suman cuarenta y cinco reales.