5 · Agua de amolar #2
Al regresar por el otro, encuentra al fundidor de rodillas, vertiendo agua sobre una piedra.
Él ha puesto el disco boca abajo. Se ve en el reverso un dibujo que Mutia no alcanza a distinguir entero: algo alargado, unas patas, ramas que se juntan cerca de un borde. Recoge el palo y sale sin preguntar.
Debe llenar de nuevo los dos cántaros. En la casa de los frailes han dejado una tinaja destapada y una gallina se ha caído dentro; la mujer de la cocina exige que retiren toda el agua, aunque el animal haya salido vivo.
Mutia encuentra a la gallina junto al pozo, mojada hasta el cuello, y tiene que apartarla para bajar el cubo.
Cuando vuelve con la carga, la mujer le pide que espere para limpiar el fondo de la tinaja. Mutia deja los cántaros donde termina el sol y se sienta cerca. El hombro sigue levantado sin que ella quiera. Lo baja con la mano del otro brazo y aguarda a que pueda verter el agua.
Otra tarde de marzo
El patio de la casa de los frailes está lleno de ropa recién lavada y de personas que dicen dónde no se debe pisar. Mutia tiene preparados los dos cántaros junto al pozo. Si tarda en salir, la viuda del espejo volverá a pedir que llegue antes.
Una manga larga se ha soltado del tendido y roza el agua del cántaro.
Mutia la recoge por el extremo. La mujer que ha lavado aquella camisa le pide que mantenga la manga en alto mientras busca sitio para colgarla.
Mutia espera con el brazo levantado. El sol le calienta la cicatriz del antebrazo derecho y procura doblar el codo para ponerla a la sombra.
Al fin puede irse. Lleva la carga un poco más adelante sobre el hombro; la piel donde apoyó el palo la primera tarde sigue sensible.
En el camino hace más calor. Las puertas abiertas no dejan salir aire, y hasta el hombre de las cestas ha entrado en su casa.
La caña que antes atravesaba el paso está recogida contra la cerca.
Deja el agua de la viuda y continúa con la del taller. La mujer no ha preguntado por el espejo. Le ha pedido que no llene el recipiente hasta arriba, porque luego no puede moverlo. Mutia retira dos cuencos de agua y se los lleva en el cántaro: allí no hay planta que necesite lo que le sobra.
Cuando llega al taller oye la piedra antes de entrar.
El fundidor trabaja en el mismo sitio. Tiene el cabello pegado a un lado de la cara y el cuello de la ropa abierto.
Hay más luz en el corral que dentro; Mutia espera un instante para distinguir el cubo.
El palo cabe por la puerta si lo gira de una vez, sin la pausa que hacía al llegar.
El hombre detiene la mano. No aparta los ojos del disco. Ella llena el recipiente, deja en otro lo que queda y se ocupa de una cuerda que ha empezado a torcerse sobre sí misma. La extiende en el suelo. El agua que acaba de verter recibe el golpe de la piedra, se enturbia y salpica el borde.
Tiene que traer menos en el segundo viaje, o traerla más tarde. Aún queda agua limpia en el recipiente del fondo. Mutia lo señala.
—Agua queda.
El fundidor levanta dos dedos. Ella apoya la mano en el borde del cántaro.
—Dos, ya.
Él señala el agua, después las piedras. Habla con palabras cortas, pero las junta demasiado. Mutia reconoce que habla de mañana. Asiente, aunque no sabe si le ha pedido más o si le ha dicho que basta por hoy. Tendrá que comprobar cuánto queda cuando vuelva.
El hombre deja la piedra y coge del paño ennegrecido un trozo de carbón.
Lo humedece y vuelve a frotar; después enjuaga el disco y lo seca con una tela, doblándola para buscar una parte limpia.
Mutia ve en el metal el movimiento de una mano y un pedazo claro de la puerta.
El resto cambia en cuanto él lo gira. Luego se levanta y sale al corral.
Ella acaba de ordenar las cuerdas. Podría tomar el camino del pozo por el otro lado, pero el hombre ya avanza hacia la pared con la pieza. Mutia deja el palo junto al umbral y lo sigue unos pasos, llevando un cántaro vacío. No necesita atravesar el claro. Se coloca donde estuvo la otra tarde.
El disco está al sol. La cal del muro tiene un brillo que obliga a entornar los ojos; sobre ella aparece la mancha, tan débil que Mutia la pierde cuando mira un poco más arriba. El hombre inclina la pieza. La claridad se achata, se mueve hacia un lado y vuelve a quedar casi redonda.
Dentro hay una línea.
Mutia acerca la cabeza. La pierde. Retrocede hasta el sitio anterior y la encuentra de nuevo: una curva corta, más clara por un borde, como una hebra que no acaba de asentarse sobre la pared. El cántaro le estorba en la rodilla. Lo deja en el suelo, sin apartar los ojos de la cal.
La línea desaparece cuando el fundidor baja un poco la mano.
En cuanto la levanta, vuelve más arriba.
Mutia va hacia el muro y apoya la palma en el lugar donde cree haberla visto.
La piel toca una superficie tibia y áspera.
La claridad alcanza sus nudillos y su mano tapa la línea; cuando la retira un poco, la curva vuelve a verse en la cal.
Pasa los dedos hacia un lado, hacia el otro; queda polvo en las yemas.
Detrás de ella se interrumpe la luz.
Mutia retira la mano y se aparta. El fundidor ha bajado el disco. Va a volverse hacia el taller.
—Ponla otra vez.
Él permanece de espaldas. Mutia señala el sitio, aunque no esté mirándola.
—Ahí.
El hombre levanta la pieza. La claridad aparece lejos de donde ella ha puesto la mano. Mutia se desplaza, y el borde luminoso se pierde antes de que llegue. Se detiene. La otra tarde había visto una falta en la cal; ahora está mirando más arriba, donde no hay nada que pueda tocar.
El fundidor cambia el pie de apoyo. La mancha vuelve a la zona anterior. Mutia reconoce la curva y alza un dedo, sin acercarse hasta el muro.
—Esa.
En la muñeca del hombre hay un temblor pequeño.
La línea se mueve con él. Mutia mantiene el dedo donde lo ha levantado y deja que la claridad pase a un lado, regrese, se detenga un instante.
La curva tiene el tamaño de una cosa que podría tapar con la mano.
Cuando vuelve a moverse, ella no intenta seguirla.
El sol calienta su nuca. Oye agua en alguna parte, un cubo vaciándose, y piensa que la van a llamar.
La línea permanece unos instantes más, casi borrada en el blanco del muro.
El hombre recoge el codo. Durante ese movimiento la curva se ve mejor; luego la claridad entera desciende y toca la parte de abajo de su sombra.
Mutia busca otra vez con los dedos la cal donde ha estado. No hay una raya hundida ni una hebra adherida. Tiene polvo en la palma y lo sacude sobre su propia falda. Cuando él vuelve a levantar la mano, ella ya se ha apartado.
Kyūbei reconoce en aquella curva el lomo de la grulla que el modelo dejó en el reverso.
Es el sexto disco de aquella serie; lo ha sacado de entre las piezas pendientes para el encargo de la viuda.
Lo ha dejado demasiado fino y aún siente entre los pulgares lo poco que ha cedido.
No sabe por qué la línea aparece hoy donde antes solo había claridad.
Entra en el taller y coge el sen. Se sienta con la cuchilla atravesada sobre las piernas, sin acercarla al disco.
Mutia recoge el cántaro vacío. El hombre ha entrado y la pared ya no retiene ninguna mancha. Cerca del suelo hay un insecto detenido sobre la falta de cal; mueve las patas, se desplaza y desaparece detrás de una tabla.
Ella va por el palo y por el otro cántaro. Al levantarlos oye que una cuerda roza contra la madera. La acomoda, sale hacia el pozo y vuelve la cabeza solo para calcular por dónde cabe la carga al regresar.
En el patio de la casa queda poca gente.
La mujer de la cocina está dentro, y desde la puerta le pregunta si ha terminado.
Mutia responde que falta agua para mañana.
No le dicen que la lleve ahora. El cubo está en el gancho; lo baja, espera a que se llene y lo sube con las manos alternadas, cuidando de que la cuerda no pase por la grieta de un dedo.
Llena los dos cántaros. Al echarse el palo al hombro tarda un poco en enderezar las rodillas.
Vuelve al taller por la parte despejada del camino.
La puerta continúa abierta y el hombre permanece en la banca.
Mutia pasa de lado, baja la carga junto al recipiente del fondo y deja dentro los dos cántaros llenos.
Las cuerdas vacías cuelgan a ambos extremos. Al salir se coloca el palo en el hombro; ahora tiene que sujetarlo con una mano para que no se incline.