5 · Agua de amolar
—Ese no. El otro.
Mutia tiene el cubo suspendido sobre el brocal.
La mujer de la cocina señala una vez más, como si ella pudiera dejarlo en el aire mientras elige otro recipiente.
A su espalda, los dos cántaros esperan junto al palo.
Ha puesto el mayor del lado que carga con el hombro izquierdo; el otro tiene una base desigual y no debe rozar la cerca al pasar.
—Este está limpio —dice Mutia.
La mujer introduce dos dedos bajo el asa para ver el fondo. Lo encuentra limpio. Entonces aparta el otro cubo y se va sin llevárselo.
Mutia termina de llenar el segundo cántaro. Antes de levantar el palo bebe de un cuenco, sentada en el borde bajo del pozo. El agua no está fría, pero le despega la lengua del paladar. Una de las gallinas de la casa se acerca al derrame y ella la deja beber hasta que oye que vuelven a llamarla.
Lleva agua desde la primera misa. Unas veces la necesitan en la cocina, otras junto a la ropa; dos viajes al día terminan en el taller del japonés.
Allí se gasta tanta como en una casa llena de gente.
La mujer de la cocina se lo recuerda cada vez que lo encuentra trabajando sin fuego: no entiende en qué puede gastarla si no está haciendo un caldero.
Mutia tampoco lo sabe. Cuando pregunta quién paga esos viajes, le repiten que son parte del servicio de la casa donde vive. Si pregunta cuántos faltan, obtiene un número. Con eso organiza la mañana y guarda para el último trayecto la parte del hombro que todavía no duele.
Ahora el sol cae de costado sobre el camino.
La campana de nona ha sonado mientras esperaba turno en el pozo.
Mutia adelanta la mano por el palo para corregir el balanceo, pasa junto a un hombre que repara una cesta y tiene que detenerse porque él ha dejado cruzada una caña.
El hombre sigue trenzando, ocupado en encajar una punta.
—La caña.
Él levanta la que sostiene.
—La del suelo.
La retira con un pie. Mutia pasa, y el agua de atrás golpea contra la pared del cántaro. Lleva varios días aprendiendo dónde puede caminar sin que alguien le añada un paso.
En el taller encuentra la puerta abierta.
Hasta ahora ha dejado el agua en el corral, en los recipientes que le indicaron el primer día.
Hoy hay uno volcado y el otro no está. Llama desde fuera.
Le responde el roce largo de una herramienta, una pausa, el mismo roce.
Empuja con el extremo del palo la hoja que estorba y entra de lado.
Nadie levanta la cabeza.
El japonés trabaja junto a la pared, agachado ante una banca baja.
Más allá hay un horno apagado y una caja de madera con un mango que sobresale hacia el paso.
Mutia baja los cántaros donde puede y queda un instante con el palo aún apoyado en el hombro, libre ya de la carga.
El hombre tira hacia sí de una cuchilla con dos asas.
Cada pasada termina antes de alcanzar su cuerpo.
Mutia espera a que acabe una.
—El agua.
Él señala hacia abajo. Hay un cubo casi vacío junto a la banca. Ella tiene que acercarse para verlo: desde la puerta lo tapaban sus piernas. Levanta el cántaro pequeño y empieza a verter. El hombre aparta el disco de metal que sostiene y continúa esperando hasta que ella retira el recipiente.
El suelo está húmedo en un solo sitio, allí donde él apoya las rodillas.
A ambos lados quedan porciones secas, cubiertas de polvo claro.
Mutia encuentra varias piedras en fila, desde una de superficie áspera hasta otra pequeña, lisa por el centro.
Hay un paño negro por dentro y una tira con marcas de dedos.
Más arriba, dos clavos esperan el ancho de la cuchilla.
El japonés deja la herramienta, moja una de las piedras y la lleva al disco. El agua se enturbia enseguida. Mutia acerca el otro cántaro, pero él extiende una mano sobre el borde del cubo.
—Aquí basta.
Le indica otro recipiente al fondo. Ella tiene que pasar detrás de la banca. El alero da sombra en esa parte del taller, y el cambio de luz le deja ver durante un momento la mancha del camino dondequiera que mira. Espera, vierte el resto y vuelve a colocar los cántaros junto a la puerta.
Hay una mujer allí. Ha entrado sin que la oyeran; lleva el cabello recogido y una cesta tan pequeña que puede mantenerla bajo el brazo. Mutia la conoce de las casas próximas al pozo. Es japonesa, viuda, y la última vez que le llevó agua le hizo esperar mientras acababa de contar unas monedas.
La mujer habla con el fundidor. Él sigue moviendo la piedra durante las primeras palabras, después la deja. Mutia distingue los números y la palabra que usan para el dinero; el resto llega demasiado deprisa. Está intentando pasar una de las cuerdas por el palo cuando la viuda se vuelve hacia ella.
—¿Has visto el espejo?
Lo pregunta en tagalo, con una entonación que alarga la última sílaba.
Mutia señala la banca. La mujer se acerca, pero el fundidor cubre el disco con la mano mojada y dice algo que la hace detenerse. No discuten a voces. La viuda abre la cesta, la cierra, cambia el brazo con que la sostiene.
—Pagado —dice después en castellano—. Todo.
Él asiente.
—Acabar.
La viuda pronuncia una frase más larga. Mutia entiende la última pregunta: cuándo. El hombre deja caer el agua de la piedra dentro del cubo antes de responder. La mujer lo escucha y se queda donde está.
Mutia se agacha para coger el cántaro. La viuda le habla otra vez en tagalo, señalando la pieza.
—Lo ha sacado de ahí, de lo que ya tenía. Solo había que acabar la cara.
La viuda aprieta el borde de la cesta contra el costado.
—Si no puede terminar este, que me dé otro. O me devuelve lo que le pagué.
Mutia vuelve la cabeza hacia el hueco bajo la banca. Hay telas dobladas y el canto de otra pieza, pero no ve más. No toca nada. La viuda lleva la mano hacia el disco; el fundidor lo aparta un poco, vuelve a decir que tiene que acabarlo y señala el camino.
La mujer contesta con dos dedos levantados. Él repite el gesto. Ella le coge la muñeca para bajar uno de los dedos, y el hombre vuelve a levantarlo en cuanto lo suelta.
Mutia se queda inmóvil, con el cántaro contra la pierna.
La viuda acaba soltando una risa breve, más de fastidio que de gusto, y se marcha.
Al pasar junto a Mutia le dice que le lleve el agua antes la próxima vez.
Ya en el camino se detiene para aclarar que habla del agua de su casa, no de la que acaba de dejar allí.
El fundidor vuelve a la banca. Mutia podría salir, pero aún le falta sujetar una cuerda que se ha deshecho. Se sienta en el umbral y rehace el nudo. Uno de los extremos está gastado; tiene que buscar con la uña las hebras largas y cruzarlas otra vez.
El roce de la cuchilla se oye ahora más alto.
Mutia levanta la cabeza sin saber qué ha cambiado.
Es la misma pasada corta; al final queda un sonido fino que antes no llegaba hasta la puerta.
El hombre se detiene. Gira el disco, lo examina levantándolo hacia el claro y apoya los pulgares en la cara. El borde cede apenas.
—Este ya no sirve.
Habla en castellano, sin dirigirse a ella. Mutia piensa en la cesta cerrada de la viuda y en el dedo que le ha obligado a bajar. Aprieta su nudo, lo prueba tirando del cántaro y termina de sujetar el segundo.
El hombre deja la cuchilla y vuelve a apoyar el disco. Con la piedra mojada repasa la cara; el ruido es ahora más bajo y continuo. Mutia tiene los nudos terminados, pero continúa sentada en el umbral.
Él coge del paño un trozo negro, lo moja y frota el metal hasta que el agua se oscurece. Luego enjuaga la pieza y la seca por ambas caras. Mutia levanta del suelo el extremo de la cuerda para que no vuelva a mojarse.
Sale por el corral, donde el sol alcanza la tierra barrida.
Mutia lo sigue con un cántaro en la mano; el otro ha quedado en el umbral, con el palo atravesado.
Necesita pasar hacia el pozo y él se ha detenido en el camino.
Sostiene la pieza casi tendida y baja un borde hacia la pared de la iglesia, que queda al otro lado del claro.
La cal recibe la luz de la tarde, con unas manchas más oscuras junto al suelo.
Una claridad redonda se desliza por el muro. No es mucho mayor que un plato. Se alarga cuando el hombre mueve la mano, sube y vuelve a bajar. Mutia se aparta para no cruzar delante de él. La sombra de su cabeza ha entrado por un momento en la zona que mira.
El japonés da dos pasos desde la pared y vuelve a levantar el disco.
Hay una mota oscura dentro de la claridad, pero permanece en su sitio cuando la mancha se desplaza.
Mutia la reconoce: es una falta en la cal.
Cerca del suelo queda un cerco de barro, más arriba la marca de algo que estuvo apoyado.
La luz pasa sobre las dos cosas y no deja nada detrás.
Él gira un poco el cuerpo. Ella ve el reflejo en la pared sin encontrar para qué puede servirle. Aguarda por si va a pedir el cántaro; hace un momento necesitaba agua y ahora lo sostiene vacío junto a él. No se lo pide.
Del otro lado de la iglesia llega una voz llamando a un muchacho.
Una cabra cruza el claro, se detiene a oler la cerca y continúa.
El fundidor baja la mano antes de que pase delante del disco.
Cuando vuelve a levantarla, tiene que buscar otro lugar en el muro.
La claridad sale torcida y se recoge al acercar el codo al cuerpo.
Mutia cambia de mano el cántaro.
El hombre acaba por volverse hacia el taller.
Ella se queda mirando el sitio donde ha estado la luz.
La pared es la misma, con la falta de cal y el cerco junto al suelo.
Levanta la vista hacia el borde del tejado, después la baja otra vez.
El cántaro vacío pesa menos, pero su brazo lleva demasiado rato en la misma postura.