El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 4 · Echar las cuentas #3
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4 · Echar las cuentas #3

El primer golpe lo vuelve. Con el segundo abre una grieta; para acabar tiene que apoyarse en la vara y cargar todo el peso. Mutia mira las manos que se cierran sobre la madera. El muchacho cambia de sitio los dedos porque una ampolla le molesta, vuelve a pisar y se aparta.

Después le piden a ella que retroceda. Bajo las miradas recoge la punta del tapis, quemada en un lugar del tamaño de una uña. El brazo le duele incluso sin moverlo. Una mujer se acerca con un recipiente de agua. Mutia no ve su cara hasta que le habla; es la hermana de Inés.

—Ana viene luego.

Mutia le entrega el borde de la tela para que no arrastre. Se dejan pasar por la gente despacio. A su espalda siguen echando cosas al fuego.

Al amanecer vuelve al atrio. Le permiten recoger los trozos grandes para llevarlos fuera.

La ceniza está fría en la superficie y tibia debajo.

Entre lo negro encuentra una cuenta azul que rodó lejos cuando se quemó el hilo.

La limpia con el borde sano del tapis. Conserva dentro la burbuja que conoce desde niña; al girarla, la burbuja parece desplazarse hasta que acerca el vidrio al ojo.

Ata la cuenta en una punta de la tela y continúa recogiendo.

Esa mañana se arrodilla en la iglesia con una vela.

Al principio la llama queda a la altura del rostro del hombre sentado delante.

Después le indican que se ponga en pie y se acerque.

El cura lee en tagalo lo que ella ha hecho, las ceremonias, las palabras que le han mandado abandonar.

Mutia oye su nombre cristiano unido al otro.

María Mutia. El lector separa las dos palabras con la pausa que ella deja entre una cantidad y lo que falta.

Hay gente de Balete junto a los bancos. Inés ha venido con el pequeño, que ahora se sostiene bien sobre su cadera. No mira hacia Mutia. El mayor trata de ver y su tía lo sienta delante de ella.

La cera cae por la vela hasta el pulgar. Mutia cambia de mano; otra gota alcanza la muñeca y se extiende antes de espesarse. Mientras el cura vuelve una hoja, la gota se vuelve opaca. Con el hombro protege el brazo que Ana le ha cubierto. El paño roza la quemadura cada vez que respira hondo.

La lectura y la espera duran cerca de una hora.

Le dicen que vivirá donde puedan verla, que oirá misa cada día, que no regresará a Balete sin licencia.

Una persona explica de nuevo lo que no ha entendido.

El permiso del ordinario, las promesas que debe hacer, el lugar donde la han de recibir. Mutia pregunta cuánto tiempo.

El cura repite las condiciones.

Después le acercan el papel. Un hombre moja la pluma, le señala un espacio y le sostiene la hoja mientras ella hace una cruz. Mutia deja la pluma en el sitio del que la han cogido. En el suelo, junto a sus pies, hay dos gotas de cera; una ha conservado la punta levantada.

Le permiten volver a Balete por la ropa. Un hombre la acompaña y espera al pie de la escalera mientras recoge lo que queda; cuando baja, le pregunta si falta algo. Mutia deja la puerta encajada.

Desde Balete a la casa que le asignan cuentan media legua de camino.

El traslado se acaba antes de que anochezca, aunque deben parar una vez para cambiar el bulto de lado.

Mutia lleva la ropa que no era del oficio, la cuenta azul y el pequeño envoltorio que destinaba al traslado del título.

El dinero sigue dentro. Salonga no necesita venir.

La viuda se llama Marina. Abre una puerta de caña dentro del solar de los franciscanos y deja que Mutia entre primero.

Hay sitio para una estera, un cesto alto y una vasija con la boca tapada.

El hombre que las acompaña le explica a Marina las obligaciones y espera a que las repita.

Ella pregunta quién dará de comer a la recién llegada.

El religioso que ha salido a recibirlas dice que habrá trabajo de agua y de colada para la casa. Marina vuelve a preguntar por la comida. Acuerdan lo que se ha de recoger y quién irá a buscarlo. Mutia escucha desde el cuarto, con el bulto aún en los brazos.

Cuando se marchan, Marina levanta la tapa de la vasija.

—Esta es de beber.

Mutia la cierra. La viuda mira el paño del antebrazo y aparta el cesto para que pueda pasar sin rozarse.

Luego le muestra dónde se duerme y dónde se deja la ropa sucia.

Habla despacio, repitiendo una palabra cuando Mutia no la entiende.

Acaban señalando las cosas a la vez y Marina se ríe de la confusión, solo un momento.

Al otro lado de la cerca se oye golpear metal. El humo que entra bajo el alero huele a carbón; Mutia se vuelve antes de saber de dónde llega. Marina continúa enseñándole la casa.

Más tarde baja al estero con un recipiente vacío.

El agua ha descendido. En la otra orilla, entre casas que todavía no distingue, un balete deja al descubierto el principio de las raíces.

Mutia mira las que ya han engrosado, las que se juntan, las hebras que aún terminan por encima del fango.

Cuenta hasta perder una detrás de otra y vuelve al punto donde empezó.

El hueco está más alto que en el árbol de Balete.

Desde allí puede ver a través una franja de agua que se mueve.