El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 4 · Echar las cuentas #2
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4 · Echar las cuentas #2

En tagalo se oyen las mismas lindes: la acequia vieja, tres piedras grandes, el recodo por donde entra la pesca.

Mutia sigue el recorrido sin moverse. Al llegar a la última piedra, el lector no vuelve al punto del que ella esperaba que volviera.

Cierra dentro del amojonamiento las tierras de su madre.

—Otra vez desde el agua.

El escribiente empieza desde antes. Salonga le indica un renglón y el hombre repite solo aquel.

Mutia lo deja terminar.

—¿Dónde dice quién las ha sembrado?

El lector busca en las hojas. Salonga le contesta mientras busca: esas son las lindes que se han admitido; por eso ha pagado la composición. La gente que trabaja allí podrá seguir trabajando. Hay que hablar del arroz que corresponde entregar.

Mutia pide que le enseñen la frase. El escribiente baja la tablilla y la inclina hacia ella. Mutia mira las líneas, la parte que el dedo tapa, el borde roto de una hoja. Luego llama al hombre que había traído el saco. Él se acerca, se seca los dedos, pero tampoco lee.

Salonga ofrece dejar que cultiven hasta recoger lo que está sembrado.

—Ya estaba sembrado cuando pagaste —dice ella.

Un vecino pide que no hablen los dos a la vez. Salonga se aparta el cuello del jubón. Explica el gasto, el viaje de quien midió, lo que ha tenido que esperar. Conoce las cantidades de memoria y las enumera hasta que el escribiente le dice que una de ellas pertenece a otra cuenta.

Mutia vuelve a pedir la lectura de las lindes. Esta vez se sienta para oírla.

Al acabar no le dejan ninguna hoja. Le dicen dónde puede pedir un traslado y cuánto tendrá que pagar.

Ella recoge la estera con las marcas húmedas de los zapatos y la tiende sobre la cerca.

Salonga ya está de camino hacia otra casa; se detiene a hablar con un hombre que le entrega algo envuelto en una hoja.

Mutia pregunta por el papel a quienes pasan con libros o cuentas.

Uno le ofrece escribir una petición si encuentra testigos que vayan con ella.

Otro dice que hay que ver antes lo que realmente se ha concedido.

Para verlo necesita la copia que todavía no tiene.

Aparta una pieza de oro del pago de una casa y deja de contarla entre lo que puede gastar.

En noviembre, el hijo del viejo muerto la espera junto al embarcadero. No trae el arroz que debe. Dice que van a venir a preguntar por las ceremonias y que conviene guardar ciertas cosas.

—¿Cuáles?

El hombre mira el bulto que lleva ella. Dentro hay ropa lavada.

—Los platos. Lo que usas.

Mutia le pregunta quién lo ha dicho. Él baja a la barca antes de contestar que Salonga ayuda a los padres en la averiguación. La barca se separa un poco y tiene que agarrarse a la orilla; Mutia le sujeta el borde hasta que consigue sentarse. Entonces le recuerda el arroz.

La lista llega en un medio pliego. El hombre de la mano herida acompaña a otro vecino hasta la casa donde se aloja el dominico de visita.

Mutia los sigue porque uno acaba de decir su nombre.

Desde el corredor oye al fraile preguntar cuánto han recorrido.

El principal saca monedas de una bolsa y se las da a los hombres; después el religioso deja otras sobre la mesa, junto al papel.

El vecino herido cuenta las suyas. La mano ya no está hinchada.

—¿Por qué les pagas? —pregunta Mutia a Salonga.

—Por buscar a quienes saben.

El otro vecino dice que solo han dado los nombres.

El dominico llama a Mutia desde dentro. Hay tres hombres sentados y ningún lugar libre junto a la mesa.

Ella permanece en la puerta mientras leen el papel en voz alta.

Su nombre ocupa el tercer lugar. El lector pone el dedo debajo; en los dos primeros hay una cruz al margen.

Al final se lee una cantidad. Mutia pregunta cuántas personas faltan.

—Son días —le dice el lector—. Para que vengan.

Dobla el papel una vez, después otra. En esa cara no queda escrito nada que ella pueda señalar.

Las preguntas se repiten en otras visitas. Qué hace, quién acude, qué palabras dice. Mutia explica el arroz y las cuentas; cuando habla de la mujer que no pudo pagar, le preguntan qué celebraron en aquella casa. Pide que llamen a Ana. Le responden que ya hablarán con ella.

Mientras esperan la resolución, madura y se recoge una cosecha.

De Bulacán traen noticias del reparto, pero ningún saco para Mutia.

Inés manda parte de su deuda con la hermana y pide más tiempo para el resto.

Mutia retiene la pieza de oro destinada a conseguir la copia.

La toca a veces a través de la tela, para comprobar que el nudo sigue cerrado.

En febrero de 1620 le ordenan sacar los enseres. Dos hombres los llevan a Dilao. Mutia camina detrás; al ver asomar el cuenco entre una manga y el tambor, pide que sujeten el bulto por abajo. Uno cambia de brazo. Los vestidos llegan al atrio sin rozar el suelo.

Allí los extienden ante quienes han salido de misa.

Hay platos que su abuela recibía de otras casas, la palma blanca, el cuenco del vino, el tambor al que Mutia sostuvo tanto tiempo que el aro le dejó un callo atravesado bajo los dedos de la mano izquierda.

Un muchacho pone leña entre las telas. Mutia le dice que saque un plato antes de que lo pise; él la mira y sigue poniendo leña.

El dominico habla con otro religioso y señala las cosas. Cerca de la puerta, Salonga saluda a un hombre que acaba de llegar. Mutia intenta recordar cuál de ellos ha venido por las tierras, pero el fuego prende en el borde de un vestido y ella se adelanta.

La tela reparada arde peor que la nueva. Durante unos instantes queda una manga tendida fuera del fuego, entera, con el remiendo hacia arriba. El muchacho la empuja con una vara. La palma blanca se encoge y suelta un ruido breve, de agua dentro de una caña.

El cuenco rueda al caer el tambor. Queda de costado, más allá de la llama, con una hebra encendida en el borde. Mutia se agacha, se cubre la mano con la punta del tapis y lo saca. Al apoyar el brazo, las brasas le tocan el antebrazo derecho. Lo retira demasiado tarde.

Deja el cuenco sobre una piedra. No está partido. Todavía se ve la mancha oscura del vino por dentro, la que nunca consiguió quitar. El muchacho llega antes de que pueda envolverlo. Levanta el pie y lo pisa.