4 · Echar las cuentas
La cuenta azul rueda por el vientre y se detiene en el pliegue de la tela. Mutia la recoge antes de que caiga al suelo. La mujer ha vuelto a incorporarse; busca con la boca un aire que no encuentra junto a la lámpara.
—Más atrás —dice Ana Maganda.
Mutia se sienta a su espalda, le ofrece las rodillas y espera a que apoye el peso. La casa cruje sobre los harigues. Debajo, alguien se ha quedado quieto al oír el grito, y la partera le manda traer agua en vez de escuchar.
Inés Pitahin aprieta la muñeca de Mutia.
—Está abajo —dice.
Ana no le responde hasta haber mirado. La hermana de Inés, arrodillada junto a la puerta, empieza a levantarse y vuelve a agacharse. Cada vez que se mueve, el suelo cede y el arroz se desliza un poco sobre el plato.
Mutia sostiene las cuentas grandes sobre el cuerpo y las mueve entre los dedos, dejando que el hilo ceda.
Dice las palabras en voz baja. Mira cómo se agrupan y se separan; las acerca a la lámpara, donde el vidrio guarda un pequeño resto de claridad.
Ana le pide que sostenga mejor un hombro.
Mutia recoge el hilo en el hueco de la mano y obedece.
El marido llega con agua. Deja la vasija tan cerca de la puerta que la hermana tiene que pasar una pierna por encima para salir. Él quiere quedarse, pero Ana señala la lámpara: está casi vacía. Vuelve a marcharse con el recipiente del aceite.
Pasa un rato sin que nadie hable. La mecha chisporrotea. Mutia siente en el muslo cada esfuerzo de la mujer y acomoda la espalda contra el poste; una astilla le engancha la tela. Podría soltarse tirando. Prefiere quedarse así.
Cuando Ana pide otra tela, la hermana trae una demasiado pequeña. La partera la mira, la acepta, vuelve a pedir otra. Inés ha dejado de apretar y Mutia teme que se le haya dormido el brazo, hasta que los dedos se cierran de nuevo con tanta fuerza que tiene que separar las uñas de su piel.
La criatura nace antes de que el marido vuelva con el aceite. Primero se oye a Ana, después una queja corta que la hermana intenta imitar para hacerla durar. Mutia no se levanta. Inés está aún apoyada contra ella, con la cara vuelta hacia el sitio donde han llevado al niño.
—Acércalo —pide.
La partera lo acerca. Hay que cambiar las telas, recoger lo mojado, devolver espacio a quienes se han quedado sin él. El marido entra con el aceite y lo sostiene ante todos, sin saber a quién entregarlo. Su cuñada acaba quitándoselo de las manos.
Mutia libera por fin la tela del poste. Ha quedado un hilo enganchado. Lo recoge entre dos dedos y lo rompe.
Al amanecer cuentan lo que hay para pagar. Inés tiene un cesto pequeño de arroz que debe durar hasta que su marido vuelva a trabajar; falta parte de lo convenido con Ana. La hermana propone partirlo en tres. Mutia mete los dedos en el grano, comprueba cuánto hay y vuelve a cerrarlo.
—A Ana le das ahora. Lo mío, después.
—¿Después de cuánto?
Acuerdan la cantidad y la hermana la repite. Es la tercera persona que ha de recordarla. Mutia reúne sus cosas mientras Inés trata de acomodar al recién nacido. El niño mayor duerme cerca, con una pierna fuera de la estera.
—A este no vendrán a buscarlo —dice Inés.
Mutia mira al mayor. La mujer le indica con la barbilla al pequeño.
El padre sirve en una casa ajena. Inés es libre, y desde el nacimiento del primer hijo han empezado a venir hombres que preguntan por él como preguntan por el trabajo del padre.
Uno quiso llevárselo antes de que pudiera cargar nada.
Inés recuerda aquella visita con todas sus palabras; la repite mientras aparta una mosca de la cara del recién nacido.
—El primero va con la parte del padre —dice Mutia—. El segundo, con la tuya.
Inés mira a su hermana para que lo oiga.
—¿Y una niña?
—Lo mismo.
La hermana pregunta qué hacen cuando hay uno solo.
Mutia deja el cuenco en el suelo. Explica que entonces se cuenta una mitad para cada parte; que, si se trata de rescatar la parte sujeta, habrá que discutir lo que piden por ella.
El hombre que vive en su casa y debe servicios no está en la misma condición que quien sirve dentro de la casa del dueño.
Conviene decir cuál es cuál antes de que alguien lo diga por ellos.
Inés no pregunta cuánto puede valer el mayor. Le ha quedado dormido sobre el pie. Mueve despacio la pierna para no despertarlo y le mete la mano debajo de la cabeza.
Mutia sale cuando ya hay gente en el camino. Bajo el balete se detiene medio paso; mueve los labios y sigue. Ana la alcanza junto al agua, con la estera enrollada bajo el brazo.
—Has vuelto a fiar.
Mutia le pide que no olvide la cantidad. La partera dice que todavía recuerda otra del año pasado.
El estero está creciendo. El agua penetra entre las raíces y cubre los agujeros donde unas horas antes buscaban comida las aves. Mutia cambia de senda para no mojar el envoltorio. Desde allí ve la casa de Inés, más baja que las otras, y la mancha del aceite nuevo bajo la puerta.
Durante los meses siguientes la buscan en casas a las que Ana no va.
Un muchacho tiene fiebre y no soporta el ruido de los platos; su madre quiere que Mutia haga callar también a los vecinos.
A un pescador se le ha hinchado la mano alrededor de una herida.
Llega enseñándola a todo el mundo y se enfada cuando ella pide que la deje quieta.
Una mujer que cae sin aviso junto al fogón lleva un cuenco para no deber otro; Mutia se lo devuelve al marcharse. El cuenco reservado se queda con ella.
Hay también una niña que no puede cerrar la boca de dolor. Su abuela contesta cada pregunta hasta que Mutia le pide que vaya a buscar agua. Cuando están solas, la niña señala el lado que le duele. La abuela había señalado el otro.
A cada casa lleva lo que hace falta y reclama lo que le prometieron.
A veces recibe arroz húmedo que debe extender para secarlo; otras, una tela cuyo borde está mordido por las ratas.
No cobra más por reconocer una buena pieza de oro, pero la vuelve hacia la luz antes de guardarla.
Su madre le enseñó a mirar el pago después de recoger las cuentas, cuando ya no podían confundirse unas cosas con otras sobre la estera.
El viejo del pecho hundido es el último de aquellos enfermos al que vuelve a ver.
Su hijo ha preparado pescado y le ofrece más vino del necesario.
El viejo quiere saber por qué se habla tan bajo a su alrededor.
Mutia acerca el plato y le pregunta si puede comer.
Él elige con cuidado el pedazo más pequeño; al levantarlo se le queda una espina entre los dedos.
Muere al empezar las lluvias. Cuando la llaman, la marea ha vuelto salobre el agua del estero.
El hijo trae un cubo y Mutia lo rechaza después de probar una gota.
Debe ir a buscar otra agua. El cuerpo puede esperar ese viaje; ella se queda con las mujeres, apartando las telas limpias de las que han usado durante la enfermedad.
Lavan al viejo entre tres. Una sostiene la cabeza para que no golpee contra la madera. El hijo regresa y pretende hacer algo con el cubo ya vacío. Mutia le señala la puerta: estorba el paso. Él lo saca y vuelve sin nada, mucho más despacio.
De la casa se lleva menos de lo prometido. El resto queda dicho delante de dos vecinas. En el camino de vuelta oye a un hombre llamarla catalonan desde una barca. Quiere que cruce; hay alguien enfermo en la otra orilla. Mutia levanta el bulto de telas mojadas y le pide que se acerque él.
En la casa de Mutia guardan los vestidos envueltos, lejos del suelo.
Los que llevó su abuela tienen reparaciones por dentro que solo se ven al sacudirlos.
El de su madre conserva en una manga un pedazo de tejido distinto; Mutia hace coincidir el remiendo con la cara interior del brazo cuando se lo pone.
Ha crecido viendo reconocer esas telas antes de que reconocieran su cara.
Las casas de su orilla se aprietan junto al estero.
Más allá viven japoneses, hay huertas y cercas que cambian de dueño sin cambiar de sitio.
Por el camino se oye hablar en lenguas que Mutia conoce a medias.
A su madre la llamaban de una casa a otra; para ir a las tierras había que embarcarse y seguir mucho más lejos, hacia Bulacán.
Nunca las confundió con las pequeñas parcelas detrás de su casa.
De aquellas tierras viene parte del arroz que reserva para las ceremonias.
Ocho quiñones de regadío, dos de secano, los pasos del agua que su familia cuida y cobra desde antes de que ella naciera.
También llega pescado. El hombre que lo trae suele quedarse a comer y se marcha con algún recado para otra casa.
A finales de las lluvias viene sin pescado.
Espera hasta que Mutia acaba de tender una tela para decirle que han puesto estacas nuevas junto a la acequia.
—¿Quién?
El hombre se toca el pecho donde un jubón llevaría botones.
Don Agustín Salonga ha mandado medir. Dice que ha pagado al rey por asegurar su posesión. El hombre solo ha visto las estacas y a quienes las hundían; cuando quiso acercarse, uno le pidió que mostrara su título.
Mutia cuenta lo que hay en el saco. Hay menos de la mitad de otras veces.
—¿Y el resto?
El hombre señala hacia el agua. Le han dicho que espere a saber a quién debe entregarlo.
Salonga llega a Balete unos días después, acompañado por quien lleva los papeles.
Desde la casa, Mutia lo ve detenerse para que un muchacho le quite una hoja pegada al zapato.
Tiene la misma cara que cuando venía con su padre; el jubón le tira del cuello al agacharse. Pregunta por una sombra donde leer.
Mutia pone una estera delante de la casa. Salonga se queda de pie. El escribiente desdobla las hojas sobre una tablilla y lee primero en castellano. Ella espera la otra lectura. Los hombres que han venido con el saco reconocen el nombre del río y dejan de hablar.