El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 3 · Merma de colada #3
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3 · Merma de colada #3

Hace lo mismo con la segunda, con la tercera.

Si las nubes cubren el sol antes de que haya terminado, espera junto al muro.

Quienes pasan empiezan a saludarlo sin detenerse.

El niño lo imita con una tapadera; mueve la mancha hasta hacerla pasar sobre los pies de un hombre.

Kyūbei le quita la tapadera y lo manda adentro.

Con el cuarto disco rebaja más. El sen encuentra una resistencia breve, cambia de sonido, y el metal se parte. Un trozo cae entre sus rodillas. El otro permanece sujeto a la banca.

Durante un rato no recoge ninguno.

Cuando el niño asoma por la puerta, Kyūbei sigue con los dos mangos entre las manos. Le pide que traiga el cesto de los recortes. El muchacho mira los fragmentos y pregunta si puede quedarse con uno.

—Se vuelve a fundir.

—Solo el pequeño.

Kyūbei alarga la mano. El niño deja el fragmento en ella y regresa al fuelle.

Una noche de aquel año ve antorchas junto al estero. Hay gente en el camino, voces que le llegan separadas por el ruido del agua. Kyūbei aparta la estera de la entrada. Dos hombres pasan cargando una envoltura larga; uno le indica con el codo que vuelva a cerrar.

Por la mañana han fijado un papel en la puerta de la iglesia.

El borde de abajo está húmedo. Kyūbei reconoce la marca oscura del sello y las líneas de escritura, pero necesita que otro japonés le diga lo que han pregonado: deben entregar las armas antes del mediodía.

Van a registrar las casas de aquel camino.

—¿Todas?

El hombre vuelve a mirar el papel.

—Las del camino.

Kyūbei piensa en el sen. Lo descuelga, lo deja junto a las piedras y abre la puerta del taller de par en par. No tiene sable. Tiene una hoja ancha con dos mangos que un soldado puede coger por uno solo.

La madre del niño viene a llevárselo. Kyūbei ocupa su lugar ante el fuelle.

Dentro del horno hay metal calentándose y el fuego se debilita mientras él mira hacia fuera.

Tira del mango, lo empuja. Un humo espeso sale de unos restos húmedos que ha dejado demasiado cerca.

Se levanta a apartarlos y oye órdenes junto al corral.

Los soldados hacen bajar a los hombres de las casas.

Desde el hueco de la puerta ve pies desnudos, una escalera retirada, un sable con la vaina atada.

Un hombre sostiene un papel sobre una tabla y pregunta quién vive en cada sitio.

Cuando responden dos, exige saber cuál es el dueño. Escribe solo una vez.

Kyūbei vuelve al fuelle. Alguien se detiene ante el taller; la sombra le cruza las manos. Él señala las tenazas, luego el horno. El hombre que anota se tapa la boca con un extremo de la manga. Pregunta algo desde fuera, pero otro lo llama y se aleja antes de recibir respuesta.

La sombra desaparece. Kyūbei sigue moviendo el brazo hasta que la mano le resbala de sudor.

Después quedan una cerca rota, un cobertizo abierto y una casa cerrada varios días.

El japonés que le ha leído el bando lleva sus cosas a otro lugar.

Kyūbei no sabe si volverá; al buscarlo para una cuenta tiene que preguntar por un hombre distinto.

De noche, antes de acostarse, prueba dos veces el encaje de la puerta.

El quinto disco permanece semanas bajo un paño.

Con el sexto avanza a ratos, aprovechando el agua limpia antes de usarla para otras piezas.

Lo adelgaza, lo pule, vuelve a la pared.

Por la cara de bronce ve pasar un trozo de cielo y su propia frente, oscura por el borde. En la cal solo queda la mancha.

En julio de 1618 oye las salvas por la llegada del gobernador Fajardo. Las oye desde la banca, sin dejar de raspar. Cuando vuelve al Parián, los hombres que antes discutían de barcos discuten del nuevo gobernador. El sangley escucha mientras pesa. Cobra lo mismo esa semana y más la siguiente.

Desde octubre llegan noticias de los holandeses en la entrada de la bahía.

Las barcas siguen trayendo cosas, aunque cuesta averiguar cuáles llegarán y a qué precio.

Kyūbei pregunta por el estaño y recibe una cantidad menor por el dinero que lleva.

Deja las monedas donde están. El sangley tampoco toca el metal.

Al final Kyūbei retira dos monedas y se lleva aún menos.

En el taller se acumulan piezas rotas que los dueños preferirían reparar.

Hace herrajes de bronce; si piden hierro, los manda a otro taller.

Gasta el carbón en cargas pequeñas y recoge hasta los salientes más delgados de cada colada.

El niño viene menos tardes. Su madre consigue trabajo para él en otro sitio y Kyūbei tiene que mover el fuelle, atender el fuego y levantarse cada vez que llaman.

Al llegar diciembre sigue sin recibir un encargo que le permita comprar lo que necesita.

En el sexto disco, la cara cede apenas bajo la presión de los pulgares.

Lo apoya sobre la banca, boca abajo, y guarda el sen.

Al pasar la escoba se detiene en el hueco de siempre.

Quedan unas virutas junto a la piedra del apoyo. Se arrodilla para alcanzarlas.