3 · Merma de colada #2
Kyūbei avanza de lado. Tiene la cara seca por el calor, las costillas mojadas.
Una gota se detiene en el borde de su ceja y no puede quitársela.
Mira el espacio libre, el pie del hombre de enfrente, la boca por donde debe entrar el metal.
Cuando comienza a caer, el ruido llena el hueco entre las voces. Kyūbei ajusta su apoyo y sostiene.
Un hombre dice que basta. Él ve que todavía no.
El bronce aparece por donde lo esperan. Entonces da la orden. El recipiente vuelve a enderezarse, y durante el regreso ninguno habla. Lo dejan en su sitio. Kyūbei mantiene las manos cerradas unos instantes, aunque ya no sujetan nada. El maestro de vergas le vierte agua en ellas.
El oficial pregunta si ha salido bien.
—Todavía está dentro.
Tienen que esperar. La tierra conserva el calor hasta el día siguiente; Kyūbei vigila al hombre que quiere abrirla antes y le encuentra otro trabajo.
Cuando por fin rompen el molde, los primeros golpes sueltan una costra oscura.
Aparece un tramo del cuerpo, después otro.
Retiran el núcleo, cortan lo que sobra y examinan la pieza, con pausas para llevarla hacia la luz.
Kyūbei pasa los dedos por el lugar de la junta que corrigieron en la madera. Casi no lo encuentra.
A la prueba no le dejan acercarse. Ve hombres apartarse, una mecha, el sobresalto de unas aves más allá de la techumbre. El disparo le llega al pecho. Cuando puede volver a tocar la pieza, el maestro de vergas está sonriendo. Le muestra todos los dientes, uno menos que el día que llegaron.
—¿Qué te ha pasado?
El hombre se toca el hueco.
—Pan.
Kyūbei mira el diente que aún lleva envuelto en un trapo. El otro se ríe hasta que le duele.
Antes de irse, debe pasar ante el oficial. Sobre la mesa hay un papel con cantidades y líneas trazadas. El asentista señala una de ellas. Kyūbei oye el nombre del hombre que lo ha contratado y espera a que le pregunten el suyo. El oficial vuelve la hoja.
Le dan una parte del dinero. El resto debe recogerlo en Manila, en casa del capitán por cuya cuenta se ha hecho el pedrero. No recibe papel. El asentista le repite la calle y la puerta hasta que Kyūbei consigue repetirlas sin equivocarse.
A esa puerta vuelve dos veces. La primera lo mandan al día siguiente; la segunda permanece junto a la aldaba desde que la calle tiene sombra hasta que le alcanza el sol. A cada rato se corre un poco, temiendo que el criado salga y no lo vea.
Sobre el dintel hay un león tallado. Se sostiene en una pata, con la otra recogida y las delanteras altas.
La corona tiene los huecos llenos de oscuridad; una punta está rota.
Kyūbei sigue con la mirada la lengua, más larga de lo que esperaba, y el lugar donde el relieve de las uñas se une a la piedra del fondo.
Si alargara un poco uno de los cortes, se desprendería una uña entera.
Al abrirse la puerta, retrocede.
—Dice que ya pagó.
Kyūbei muestra las monedas que ha traído envueltas aparte. Dice cuánto le dieron. El criado le responde que no sabe nada de cuentas.
—Pregunte cuánto.
El criado mira el dinero, después las manos que lo sostienen.
—Guárdelo.
Kyūbei no se mueve hasta que el hombre añade que va a entrar otra vez. Entonces anuda la tela y espera. Desde la calle, la pata levantada del león oculta una pequeña grieta. Da un paso a la izquierda para verla completa. La grieta atraviesa el cuerpo y desaparece bajo la melena.
El criado vuelve con el resto. Cuenta las monedas en el aire, dejando caer cada una sobre la palma de Kyūbei. Se detiene a la mitad porque un perro quiere pasar entre sus piernas. Kyūbei recoge la última moneda, la separa del montón y cuenta desde allí.
Ahora sí alcanza el precio convenido. Guarda el dinero y espera, pero el criado ya está cerrando. Debe retirar el pie para que la hoja no lo golpee.
En abril las campanas interrumpen trabajos que nadie se atreve a abandonar del todo.
Desde Cavite llegan hombres que hablan de la batalla de Playa Honda.
Unos señalan hacia el norte; otros buscan a alguien por las casas.
Kyūbei recibe una visita que pregunta por el maestro de vergas.
Solo puede decir dónde lo vio. El visitante repite el lugar y sigue andando.
En Dilao se celebran misas por marineros que no han vuelto. Hay familias que traen arroz, otras se quedan cerca de la puerta. Un fraile le enseña a Kyūbei el golpe torcido del badajo contra una campana.
Ajusta gratis el badajo de hierro.
Vuelve a su taller con las manos sucias. Ha dejado un caldero a medio raspar; el cliente lo espera sentado sobre el cubo y se queja de que estaba húmedo. Kyūbei le ofrece otro sitio.
Durante los meses siguientes el trabajo vuelve por rachas.
Cada encargo obliga a rehacer una cuenta: cuánto metal pone el dueño, cuánto pone él, qué parte se recuperará, quién paga el carbón.
Si le traen una pieza a cambio de otra, la pesa antes de escuchar cuánto costó.
Aprende a reservar una porción de arroz cuando cobra mucho y a guardarla donde el niño no confunda el saco con el suyo.
Con metal que va apartando prepara los discos.
Conserva un modelo de cuatro sun, con un pino y una grulla en el dorso.
De ese modelo saca moldes nuevos. Seis cavidades reciben el bronce en una misma colada; al abrirlas tiene que romper la tierra alrededor de cada pieza.
Coloca los seis discos en fila, de canto, y los cuenta con el dedo aunque están todos a la vista.
Los trabaja entre encargos. El primero pierde las rebabas; luego el filo del sen avanza por su cara, dejando virutas que se enroscan y se rompen.
Kyūbei se detiene para beber, vuelve a afianzar el disco, cambia la presión.
Con las piedras y el agua borra las huellas de la cuchilla.
Al anochecer tiene un dolor en el cuello que le impide mirar directamente a quien le habla desde la puerta.
A la misma hora de la tarde sale hacia la pared encalada de la iglesia. Levanta el disco, lo inclina, desplaza un pie. La luz resbala por la cal. Después vuelve al taller y deja la pieza boca abajo.