3 · Merma de colada
La escoba se detiene siempre en el mismo sitio, bajo la banca.
Allí se juntan las partículas que el sen arranca al bronce, y Kyūbei se arrodilla para recogerlas con una tablilla.
Antes barría hasta el umbral. Ahora separa el polvo del suelo de las virutas, aunque al pesarlas apenas descienda el platillo.
La tierra buena viene del corte de Guadalupe, en sacos que arañan los hombros.
Kyūbei desmenuza los terrones, aparta las raíces, mezcla arena, arcilla y paja quemada, aprieta una porción entre las manos y espera a que se seque.
Cambia lo que pone hasta que el borde soporta la uña.
La arena del estero queda para el suelo, donde sirve sin que nadie tenga que sujetarla.
El horno de barro alcanza más arriba de su cintura.
A un lado está la caja del fuelle, protegida de las chispas por una tabla.
Un niño del barrio tira del mango y lo empuja; al principio deja un hueco entre ambos movimientos y Kyūbei lo nota de espaldas, en el fuego.
Le hace llevar el brazo hasta el final. Después le enseña cuándo debe parar.
La madre viene a buscarlo antes del anochecer.
Si Kyūbei necesita otra hora, tiene que decírselo a ella.
El muchacho acepta siempre; la madre pregunta qué comerá.
Kyūbei acaba guardando una escudilla para él, vuelta sobre el banco de la puerta.
El niño la examina al llegar y protesta cuando encuentra dentro una lagartija.
Así pasan las semanas: el barro secándose bajo los aleros, la lluvia obligando a entrar las piezas, un caldero que se enfría mientras otro espera su molde.
Hay mañanas en que el horno está dispuesto y no se puede fundir.
Basta una humedad que Kyūbei siente al apoyar la mejilla en la tierra cocida.
Quien ha venido a recoger su encargo pone también la mano y dice que aquello está seco.
—Entonces lléveselo así.
El hombre mira el molde. Kyūbei sigue apartándolo del fuego.
Las primeras campanas pequeñas salen para Dilao y para dos visitas de la Laguna.
Se las llevan envueltas, sujetando sus bocas contra el vientre.
Algunas tardes vuelve alguien para preguntar si puede hacer otra que suene igual.
Le traen la cuerda de la primera, como si la medida del sonido estuviera en la cuerda.
A los calderos siguen un mortero, unos morillos, piezas que solo deben encajar en otras.
Kyūbei aprende a exigir la pieza vieja. Cuando le dibujan con el dedo una anchura sobre la palma, él ofrece su propia mano, más corta, y repite la medida.
A veces se ríen. Otras veces se marchan y vuelven con lo que debieron traer.
Dos días por semana camina al Parián. Lleva metal o vuelve con él.
La deuda del primer lote se va acabando entre monedas y trabajo; luego comienza otra.
El sangley pesa el estaño, moja un dedo para separar las hojas de su cuenta y le permite llevarse la porción convenida.
Kyūbei ya entiende las palabras del peso y del plazo.
Con las que dicen que el plazo ha terminado entiende incluso la prisa.
Cobra en reales de bordes irregulares, en arroz, en promesas que procura no aceptar dos veces.
A quienes pagan con grano les hace abrir el saco.
Una vez encuentra piedras al fondo. Devuelve el saco sin levantar la voz y se queda con el caldero tres semanas.
Durante esas semanas come peor y tiene que mirar el caldero todos los días.
Cuando le traen de Intramuros una campana partida, a finales de las lluvias, el hombre que la acompaña quiere que cierre la raja sin alterar nada más. Kyūbei le muestra dónde acaba la abertura y dónde sigue, apenas visible, por dentro. El hombre frota con el pulgar y dice que por ahí todavía suena.
—Suena —admite Kyūbei.
La campana ocupa media banca. El niño mete la cabeza bajo su boca para oír mejor el golpe y la madre lo saca tirando de un tobillo.
Necesitan varios encuentros para acordar la refundición.
Después, al devolver el bronce sobrante, Kyūbei tiene que explicar por qué pesa menos de lo que pesaba la campana rota.
Pone en el platillo los restos recuperados, los canales cortados, hasta las partículas que ha podido separar de la tierra.
El dueño acerca el dedo al borde de la balanza.
Kyūbei le retira el dedo.
Ese otoño empieza a pesar los restos delante de los clientes.
Algunos traen a un vecino para que mire con ellos.
Se colocan los dos frente al platillo y Kyūbei debe pedirles espacio para dejar las pesas.
Cuando lo que falta es poco, quieren compensarlo con más trabajo; le llevan un mango suelto, una tapa que no ajusta.
Él señala la pieza encargada. Acaban negociando sobre la tapa mientras la campana nueva aguarda en el suelo.
A veces lo buscan en domingo y lo encuentran sentado fuera, con las piernas extendidas.
El niño pasa con otros muchachos y disimula que lo ha visto.
Kyūbei le pregunta si ha olvidado algo. Le contestan todos a la vez, echando a correr.
Entonces él vuelve a cerrar los ojos, hasta que otra persona le pone una pieza rota sobre las rodillas.
Los días sin fuego remienda el techo, lava las telas, repasa el filo del sen.
Hay casas de las que conoce el caldero y no conoce la cara de quien cocina.
Reconoce las piezas cuando vuelven: una muesca junto al asa, el fondo que hubo que hacer más grueso.
Una mujer trae por tercera vez el mismo recipiente, ennegrecido y abollado.
Quiere que le cambie el asa de lado. Le ha cambiado el sitio al fogón y ahora se quema al levantarlo.
Kyūbei se imagina la cocina por sus gestos. Le hace repetir cómo se acerca, dónde pone la otra mano. La mujer termina apartándole la banca para enseñárselo. Él espera a que acabe y le pide que la devuelva a su sitio; ella la arrastra de vuelta, sorprendida de que pese tanto.
Barre más despacio. El polvo fino se le mete en los surcos de la palma; al lavarse, la primera agua tiene un brillo que lo hace inclinarse sobre el cubo.
En los primeros meses de 1617 lo llaman a Cavite para un pedrero de lancha. Debe dejar el taller cerrado. El muchacho pregunta si seguirá cobrando durante su ausencia; Kyūbei le paga por retirar el agua del corral y le prohíbe encender el horno. La madre se queda con la llave.
En Cavite el olor del alquitrán llega hasta la comida.
Los hombres del astillero tienen las uñas negras, los pies abiertos por las astillas, cabos pequeños atados a la cintura para aprovechar las dos manos.
A Kyūbei lo instalan cerca de la fundición, donde encuentra un lugar para las herramientas pero no para dormir sin que alguien pase sobre sus piernas.
El oficial quiere saber cuándo estará la pieza. Lo pregunta antes de que Kyūbei haya visto el metal. Un maestro de vergas, que entiende mejor su castellano que los demás, repite la pregunta señalando con los dedos los días.
Kyūbei pide ver el modelo.
Le enseñan una pieza de madera, las medidas acordadas y el lugar del horno. El pedrero es pequeño en comparación con lo que custodian allí; aun así, para moverlo harán falta varios hombres. Kyūbei palpa una junta del modelo. Hay un resalto que aparecerá en el metal si nadie lo quita.
—Primero, esto.
El maestro de vergas busca una cuchilla. El oficial dice que ese arreglo no puede costar un día.
No cuesta un día. El núcleo de tierra, en cambio, necesita secarse, y después necesita secarse el molde que lo rodea.
Kyūbei trabaja con los hombres que le asignan, vuelve la pieza donde se lo permiten los apoyos y revisa los lugares por donde saldrá el aire.
Cada mañana encuentra al oficial aguardando junto a la puerta.
Cada noche el maestro de vergas deja algo suyo cerca de las herramientas, para asegurarse un sitio donde sentarse.
Tiene señalados tres pesos al mes. Kyūbei lo sabe porque el hombre le habla de ellos mientras raspa una espiga.
—Señalados —repite, tocándose la frente—. Aquí los veo enteros.
Le han descontado arroz, una herramienta perdida, unos días que dice haber trabajado. Suma con los dedos y vuelve a empezar cuando se acaba una mano. No le pide a Kyūbei que compruebe la cuenta. Le pide que le sostenga la madera.
Al cabo de dos semanas, la superficie del molde está dura, pero en una unión conserva una frialdad que Kyūbei no acepta. Lo mantiene al calor. El oficial se impacienta y trae al asentista que lo ha contratado. Los tres se quedan mirando mientras él gira despacio una brasa con las tenazas.
—Mañana hay hombres libres —dice el asentista.
Kyūbei toca la unión, le ofrece el sitio. El otro apoya dos dedos.
—¿Y pasado mañana?
—Mañana miro.
Esa noche duerme mal. Alguien lo pisa en la oscuridad y ni siquiera se detiene. Kyūbei se sienta, comprueba que las manos están enteras y acaba durmiendo contra un poste.
La colada se hace en la tercera semana. Hay brasas dispuestas desde antes del amanecer.
Los hombres se turnan ante el fuego; uno vigila las sujeciones del molde, otro aparta todo lo que estorba entre el horno y el lugar donde deben verter.
Kyūbei revisa también el suelo. Un saco abandonado obliga a levantarlo todo antes de que haya metal en movimiento.
El oficial se acerca cuando están listos.
—Ahora no —le dice Kyūbei.
El hombre lo mira. El maestro de vergas le toca una manga y lo lleva a un lado. Kyūbei ya ha vuelto la cabeza hacia quienes sostienen las varas.
Hay un momento en que deben alzar a la vez. Lo han ensayado en frío y uno de los hombres vuelve a empezar antes que los otros. Kyūbei grita; bajan. El recipiente queda en su apoyo. El hombre se frota una muñeca y mira las manos de su compañero, esperando la señal de allí.
Vuelven a levantarlo.