2 · Estaño de Siam #3
Naitō Tokuan recibe a varios de los desterrados junto a un corredor.
A algunos los nombra antes de que lleguen hasta él.
Pregunta por parientes, por las personas con quienes han venido, por las manos que podrán ayudar en cada casa.
Un hombre repite que necesita sitio para cuatro; otro explica que su mujer se quedó en una embarcación diferente.
Tokuan le hace repetir el nombre de ella y envía a alguien a buscar a un religioso.
Se habla de San Miguel, de casas donde han recibido a gente de Ukon, de mujeres que están con Julia. Kyūbei aguarda con el paquete de carbón entre los tobillos. Cuando le preguntan, Tomás explica los trabajos del Parián. Tokuan le mira las manos y señala un lugar en dirección a la salida.
—En Dilao preguntaron por un fundidor.
Kyūbei se vuelve hacia Tomás.
—Hay tierra de moldear cerca del estero.
El muchacho le mira como si le hubiera contestado a otra pregunta. Tokuan pide que lo acompañen cuando puedan. Antes de que Kyūbei se aparte, el hombre de los cuatro vuelve a acercarse y Tokuan tiene que mostrarle con la mano que ya lo ha oído.
La mañana de Cavite empieza antes de que haya luz para distinguir las monedas.
Tomás lleva un envoltorio de arroz; Kyūbei, la bolsa atada por dentro de la ropa.
Viajan con el fundidor, que se duerme sentado durante una parte del trayecto.
Cuando abre los ojos señala unos bultos a bordo de otra embarcación y empieza a hablar de ellos.
Tomás escucha. Kyūbei mira el agua y espera a que traduzca.
El junco es chino. Entre lo que descarga hay cobre de Japón y estaño traído de Siam, que ha pasado por más manos de las que el mercader enumera.
En la orilla, los cargadores hacen sitio a las partidas que ya han pesado.
Uno lleva un pedazo de tela enrollado sobre la cabeza; otro le pide que se lo preste y recibe una respuesta tan corta que vuelve a cargar sin insistir.
Kyūbei reconoce el estaño antes de que el fundidor lo señale.
Se agacha ante los panes, mira las marcas y espera a que separen la porción convenida.
El mercader le aparta el brazo cuando se acerca a uno todavía sin pesar.
Primero el peso. Después el precio. Las piezas cambian de sitio mientras un hombre las nombra ante otro que está sentado con un libro abierto.
Tomás habla con el oficial. Señala al fundidor, señala a Kyūbei, vuelve a explicar quién recibirá aquella parte. El hombre del libro levanta la pluma.
—Tomé —dice Kyūbei cuando le preguntan cómo se llama.
Tomás añade el nombre japonés. El oficial pide que lo repita; al oírlo de nuevo, mueve los labios y empieza a escribir. Kyūbei ve una línea larga cruzada por otras. Al terminar, la pluma se detiene sobre un espacio y Tomás dice Dilao.
Los dedos del oficial están manchados junto a la uña.
Vuelve una hoja del cuaderno, busca una cuenta y habla de derechos.
El fundidor abre su bolsa. Kyūbei abre también la suya.
Se separa lo que debe dejar allí, se cuenta y se pasa a otra mano.
La bolsa pesa menos de lo que él acaba de entregar: al recogerla se le dobla entre los dedos.
El oficial aparta el dinero, deja secar la línea y pasa a la partida siguiente. Kyūbei continúa frente a él hasta que un cargador le pide sitio.
Solo se lleva lo que puede recibir por los trabajos ya hechos.
El resto del lote seguirá con el fundidor; también la cuenta de lo que falta.
Tomás lo ayuda a colocar el metal para que no rompa la cesta que han comprado en la orilla.
Kyūbei introduce debajo una tablilla y cambia el asa de lado. Al alzarla, el fondo aguanta.
Vuelven con el día avanzado. El fundidor recoge su parte y se marcha al Parián.
Kyūbei y Tomás siguen hacia Dilao con la cesta entre ambos.
El peso los obliga a cambiar de mano cada poco.
Donde el camino se estrecha, Kyūbei se adelanta y Tomás queda detrás; durante unos pasos ven solo la espalda del otro o el asa que les tira del brazo.
En el barrio, algunas casas dejan pasar el aire por debajo del suelo. Hay ropa tendida entre los apoyos y una mujer lavando un cuenco al pie de una escalera. Tomás pregunta por el solar. Ella se seca una mano contra la falda, señala y vuelve a frotar el recipiente.
La pared encalada de la Candelaria recibe el sol bajo.
El terreno que les muestran queda al otro lado de una cerca mal cerrada, cerca del estero.
Kyūbei deja la cesta. Camina hasta el límite, mira por dónde ha corrido el agua y vuelve hacia la pared, que queda al este.
Da unos pasos más, se agacha y recoge tierra de dos sitios distintos.
—¿Aquí? —pregunta Tomás.
Kyūbei señala el lugar donde podría apoyar una banca sin que la lluvia le llegue de frente. El muchacho acerca la cesta a ese punto y se sienta al lado, dejando caer los brazos.
El estero está bajando. A la orilla queda una franja húmeda que cede bajo el pie. Kyūbei saca un poco de arena y vuelve con ella en la mano. Abre el paño sobre el terreno, aparta el sen y las piedras, humedece la arena con saliva y cierra el puño.
Tomás espera a que lo abra.
La forma aguanta un momento, atravesada por las marcas de sus dedos. Kyūbei la gira entre el pulgar y el índice. Un extremo cae sobre el paño. Al intentar sostener el otro, se le deshace también.
Sacude la arena lejos del filo. Después vuelve a doblar la tela alrededor de las piedras.