El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 2 · Estaño de Siam #2
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2 · Estaño de Siam #2

La discusión acaba cuando separa el lote que podrá entregarle al terminar cada trabajo.

El resto seguirá guardado hasta que Kyūbei pague o lo gane.

No le permite llevarse estaño a cuenta de una campana que todavía nadie le ha encargado.

Sí acepta reservar lo que han hablado de una partida que llegará a Cavite.

Antes de apartar la balanza, el fundidor hace una pregunta más. Tomás mira a Kyūbei y tarda en traducirla.

—Quiere saber si piensas irte con el primer barco que regrese a Japón.

Kyūbei levanta la cabeza. El hombre señala hacia donde han dejado el puerto a sus espaldas y dice dos nombres que Tomás reconoce: junio, julio.

Los regresos esperan otros vientos. En la tienda, el carbón ya se vende por cestas; en la bahía, el tiempo que falta hasta que cambie el aire decide cuánto puede fiarle.

—Tengo que hacer un horno —responde Kyūbei.

El fundidor repite la palabra en castellano. Mira hacia el suyo, después hacia el fardo. Tomás explica que el japonés busca dónde instalarse. El hombre le pide entonces que, cuando encuentre sitio, se lo enseñe.

Kyūbei asiente. Habrá que dejar pasar al hombre hasta el fondo, mostrarle dónde guarda el metal, dejar que pregunte cuánto vale lo que salga de allí. Recoge el fragmento de campana que aún estaba sobre el banco y vuelve a envolverlo.

Kyūbei señala las dos primeras porciones. El hombre confirma con la cabeza.

Entonces aparece otra cantidad, acompañada de ocho dedos.

—La licencia —dice Tomás—. Ocho pesos por dejarlo quedarse.

El fundidor le muestra el lugar donde guarda su papel, dentro de una caja elevada sobre el suelo.

No lo saca. Habla de nuevo y Tomás traduce lo que alcanza, por partes.

El hombre tiene que pagar, tiene que guardar el recibo, tiene que enseñarlo cuando se lo piden.

Kyūbei toca el nudo de su bolsa. Nadie le ha pedido ocho pesos por estar en el corral del colegio.

No dice cuánto le queda después de apartar la plata sobre el banco.

Al salir, Tomás mira las manos vacías de Kyūbei.

—Hemos tardado mucho para no llevar nada.

Él le muestra una mancha de carbón en la manga.

—Esto sí.

El muchacho intenta quitársela con dos dedos y la extiende.

Durante los días siguientes, Kyūbei entra en el taller antes de que el vendedor de telas descuelgue el cierre.

Aprende dónde guarda el fundidor la tierra más fina y qué herramienta puede tomar sin preguntar.

Come allí cuando hay suficiente arroz y vuelve al colegio cuando no.

Al final de una jornada, el hombre deja a un lado una porción de metal; al final de otra, aparta menos.

Kyūbei pide que le enseñe la balanza y espera a que la diferencia vuelva al platillo.

Una mañana Tomás lo lleva al río para buscar carbón en la otra ribera.

En el embarcadero los pasajeros se distribuyen hasta que la barca deja de inclinarse.

Kyūbei cambia el fardo de hombro. El barquero pide el pasaje antes de separar la embarcación de la orilla y Tomás busca entre sus monedas una pieza pequeña que no encuentra.

Kyūbei pone la suya junto a la del muchacho.

El barquero las recoge, las mira y señala todavía la mitad de lo que falta.

Hay que cambiar una moneda mayor con un pasajero.

El hombre que la cambia muerde su pago como si fuera a comérselo; luego guarda todas las piezas en una tela y se acomoda a esperar.

La barca se aparta con un golpe de pértiga.

Kyūbei pone la mano sobre el borde para sostenerse.

El agua parda sube por fuera, alcanza sus dedos y se retira.

La deja allí unos momentos. Un hilo frío le corre hasta la muñeca.

Al otro lado, una mujer llama a alguien por encima de los techos y un hombre contesta desde una embarcación que Kyūbei no había visto, pegada al margen.

El vendedor de carbón no tiene magnolia.

Tomás repite el nombre dos veces, buscando en el aire una palabra con que acompañarlo.

Kyūbei corta la pregunta y pide ver lo que hay.

Toma un trozo, lo aprieta entre dos dedos y lo parte.

El interior tiene un grano que tendrá que probar en una pieza que pueda perder.

Compra una pequeña cantidad; la magnolia del fardo seguirá guardada para el acabado.

En el viaje de vuelta lleva el saco entre los pies. Un niño quiere sentarse encima y su madre lo retira a tiempo. Kyūbei coloca el paquete bajo el banco, donde nadie pueda confundirlo con un asiento. Esta vez deja las manos dentro.

Diez días después de aquella noche vuelven a rezar por Ukon.

Kyūbei llega tarde y permanece cerca de la misma puerta.

No lleva vela. Al salir encuentra a la madre del barco con el niño en la cadera; ella se marcha hacia donde la esperan otras mujeres.

El pequeño lo mira sin reconocerlo. Kyūbei le muestra dos dedos y el niño cierra los suyos alrededor de una cuenta que cuelga del cuello de su madre.

Tomás lo llama. Hay que hablar de alojamiento.