El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 2 · Estaño de Siam
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2 · Estaño de Siam

Los pies pasan junto a su cabeza sin detenerse. Kyūbei recoge el brazo que tenía fuera de la estera y abre los ojos. Una lámpara atraviesa el patio; detrás van dos hombres, uno descalzo, otro con los zapatos en la mano. El segundo tropieza en el umbral y se queda un instante agarrado a la puerta.

En el corral, alguien pregunta la hora. Nadie responde.

Kyūbei se incorpora. A su lado, un hombre se ha tapado la cara con el antebrazo. Más allá duerme la madre del niño. Han ido quedando pocos del grupo que llegó en diciembre; entre unas esteras y otras hay ya suelo suficiente para caminar sin pedir que retiren los pies.

Tomás aparece por el patio con la lámpara. La levanta para buscar una cara y, al encontrar a Kyūbei despierto, se acerca.

—Ha muerto don Justo.

El muchacho sostiene el recipiente por el asa, pero lleva la otra mano debajo, separada del fondo caliente. La llama tiembla con cada paso que llega de la casa. Kyūbei mira hacia la puerta por donde han entrado los hombres. Desde aquí no se ve la habitación.

—¿Ahora?

Tomás asiente. La noche del tres de febrero continúa en los cuerpos acostados, en el cuenco vacío, en la ropa puesta a secar bajo el cobertizo.

Un hombre se levanta para ir a la casa y otro le dice que espere.

Kyūbei recoge su fardo y lo coloca donde pueda verlo quien pase.

Después acerca al centro la estera de la madre: una punta sobresale en el camino de los pies.

La mujer abre los ojos.

—¿Nos tenemos que ir?

—Todavía no.

Ella busca al niño con una mano. Kyūbei se sienta otra vez.

En enero ha aprendido a volver al colegio desde tres lugares distintos.

Reconoce el camino por una pared que tiene una grieta abierta junto al suelo, por el olor del pescado en una esquina, por una tabla tendida sobre el barro que siempre cede del mismo lado.

Tomás le ha llevado a casas donde necesitaban arreglar un asa, sustituir una anilla o mirar una campanilla cuyo sonido molestaba a su dueño.

En la primera no había metal con que trabajar; en la segunda querían que pusiera él también el metal.

De la tercera salió con un recipiente abollado y la promesa de cobrar al devolverlo.

Para arreglarlo tuvo que pedir prestados un apoyo y un martillo.

Quien se los prestó le hizo afilar después dos herramientas.

Kyūbei trabajó con la piedra basta, la misma que había recuperado de debajo de la estera de su vecino la mañana siguiente al desembarco.

El hombre la devolvió envuelta en un trapo y dijo que una noche sobre suelo quieto pesaba más que todas las del barco.

Luego se marchó con un primo que había ido a buscarlo.

Kyūbei terminó el recipiente, cobró menos de lo hablado y guardó la diferencia para discutirla cuando supiera discutir.

Las monedas quedaron con la plata cortada que había traído de Japón.

Sacaba la bolsa al comprar arroz; la volvía a sacar para contar después.

También le pagaron dos trabajos con comida que comió en la misma casa.

De uno salió llevando una calabaza tan grande que Tomás quiso saber si pensaba ponerle mango.

—Si me pagan el mango.

El muchacho se rio hasta que se le cayó la tira con que intentaban sujetarla.

Al día siguiente de la muerte de Ukon, el paso hacia la iglesia está ocupado antes de que Kyūbei llegue.

Hay soldados, hombres con cuello blanco y gente que busca por dónde acercarse.

Él lleva sus sandalias reparadas. Ha cambiado la tira que le abrió el pie y siente el nudo nuevo cada vez que levanta el talón.

Tomás logra ponerlo junto a una puerta lateral.

Desde allí ve a Justa entre dos personas que se apartan para dejarla pasar.

La reconoce por cómo recoge la prenda antes de salvar el escalón.

Detrás viene uno de los niños del barco; tiene una mano cerrada sobre el borde de una manga y mira hacia arriba, esperando que la persona a la que se agarra vuelva la cara.

Dentro arden muchas velas. La cera se ha ablandado en algunas antes de que las prendan. Kyūbei recibe una, la sujeta lejos del fardo y espera. Alguien empieza una oración; los de delante responden antes que los de fuera y durante unas palabras hay dos rezos superpuestos. Él entra en el segundo.

Cuando puede avanzar, el humo le hace llorar el ojo izquierdo.

Se lo seca con el hombro. Ve pasar el borde de una tela, una mano que la sostiene por debajo, los dedos apretados para que no arrastre.

La campana golpea sobre la cabeza de todos.

Kyūbei pierde la cuenta al tener que apartarse para dejar salir a una mujer.

Fuera, Tomás lo espera junto al muro.

—Mañana iremos al Parián.

Kyūbei protege con la palma la llama que aún lleva encendida.

—¿Ha contestado el hombre?

—Ha preguntado cuánto puedes pagar.

La vela se apaga antes de que encuentre dónde dejarla.

En el Parián las tiendas abren unas junto a otras y el ruido cambia al pasar de un oficio al siguiente.

Hay golpes secos detrás de una puerta, un serrucho en la siguiente, el roce largo de una hoja sobre una piedra.

Un vendedor de telas extiende el brazo para impedir que un muchacho cruce llevando una cesta mojada.

Lo hace dar la vuelta por fuera. La tela queda colgada sin una gota.

Tomás camina deprisa. Kyūbei lo sigue, deteniéndose lo justo para mirar una balanza que pesa arroz.

Las pesas son diferentes de las que esperaba; los compradores las reconocen sin acercarse.

En la esquina, un hombre ofrece unos clavos dentro de la palma.

Tomás le pregunta por el taller y el hombre señala con la mano cerrada, guardándose los clavos.

El fundidor está agachado junto a un caldero.

Lleva el pelo recogido bajo un paño y una manga sujeta por encima del codo.

Levanta la vista cuando Tomás habla, escucha sin incorporarse y golpea el recipiente con el nudillo.

El golpe sale limpio. Lo repite en otra parte y allí encuentra una vibración que dura menos.

Kyūbei deja el fardo. Saca el fragmento de campana, lo sostiene entre dos dedos y le da un toque con la uña. El hombre alarga la mano. Kyūbei se lo entrega.

Lo primero que hace es pesarlo en la palma. Después mira el corte, la curva del borde y una zona del metal que la manga de Kyūbei ha mantenido más clara. Devuelve el fragmento sin preguntar de dónde viene. Señala el caldero y pasa un dedo por debajo del borde.

Kyūbei se agacha. Hay una abertura fina junto al arranque del asa; el hombre ha marcado sus extremos con carbón.

Un poco más allá aparece otra, todavía sin marcar.

Kyūbei la señala. El fundidor moja el pulgar, lo pasa por allí y acerca la pieza a la luz de la puerta. El agua se queda en una línea oscura.

Habla con Tomás, que tarda en responder.

—Quiere saber si puedes hacerlo otra vez —dice al fin.

—¿El caldero?

—Con el metal de este. Entero.

Kyūbei mira la pared del recipiente, la anchura y el fondo.

Apoya la mano por dentro para comprobar el espesor donde alcanza.

El fundidor lo deja examinar; mientras tanto, aparta con el pie un saco para que una mujer pueda entrar a recoger una olla.

Ella mira a los recién llegados, dice algo que hace sonreír al hombre y se lleva su pieza sin esperar una respuesta.

—¿Qué ha dicho?

Tomás se encoge de hombros.

—Eso no lo entiendo.

El fundidor vuelve. Kyūbei le muestra en el borde dónde pondría la entrada del metal.

El hombre dibuja con el dedo sobre el suelo otra entrada, más ancha.

Kyūbei la reduce por un lado y deja el otro como está.

Los dos permanecen agachados ante el dibujo hasta que Tomás tiene que pedir sitio para meter los pies.

Detrás del taller hay panes de estaño. Uno conserva la forma hundida del recipiente donde lo colaron; otro está partido y muestra un interior claro. El fundidor toma este último y lo pone sobre una tabla. Tomás traduce el lugar de procedencia.

—Siam.

Kyūbei toca el canto con la uña. Pide el peso. El hombre trae la balanza, pero antes pregunta cuánto quiere.

Un pico de cobre y medio de estaño. Kyūbei los nombra separando las manos, como si ya tuviera delante las dos existencias. El fundidor le mira el fardo y luego los pies. Tomás repite la cantidad, esta vez volviéndose hacia él.

—¿Todo eso?

—Para trabajar.

—¿Vas a juntarlo todo?

Kyūbei señala primero el caldero, después dos campanillas sin acabar que cuelgan de una cuerda. Aparta un poco de polvo sobre el banco y traza dos círculos. Deja entre ellos espacio para un tercero.

—No para la misma pieza.

El fundidor escucha la traducción y vuelve a coger la balanza.

La plata de Kyūbei ocupa poco espacio en el platillo.

Hay trozos de distinto grosor, uno con una marca incompleta, otro doblado.

El hombre los separa de las monedas locales.

Pesa, cambia una pesa, retira un fragmento y lo examina por los dos lados.

Kyūbei lo sigue con la mirada hasta que lo devuelve.

La mano del fundidor permanece un instante junto al platillo y después se abre, vacía.

Tomás dice una cifra.

Kyūbei no necesita la traducción del gesto que viene detrás. Vuelve a abrir la bolsa, le da la vuelta para mostrar que no hay más y espera. El fundidor baja uno de los calderos del estante. Lo pone al lado del primero. Trae un tercero, más pequeño, con una boca torcida.

—Estos —dice Tomás—. Y otros dos que están fuera. Puedes trabajar aquí. Él pone el fuego y la tierra.

—¿Y cuánto quita por ponerlos?

El muchacho pregunta. La respuesta dura bastante más que la pregunta.

Kyūbei vuelve a señalar los recipientes, uno por uno.

Hace que Tomás pregunte de nuevo por el metal que se perderá al refundir y por quién pagará el carbón.

El fundidor retira el caldero pequeño, lo gira, lo pone otra vez entre ambos.