El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 1 · Bronce de campana #3
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1 · Bronce de campana #3

El joven traduce más palabras de las que Kyūbei ha dicho. Habla de él, señala el fragmento de bronce y añade una frase que termina en «campanas». El fraile asiente. Del interior del hábito saca un papel plegado y un pequeño estuche. Apoyándose en el muro, escribe unas palabras.

Kyūbei ve correr la mano. Las letras se enganchan unas con otras; no encuentra un comienzo por el que intentar leerlas. Cuando el fraile vuelve la hoja para añadir algo al otro lado, él se agacha a envolver sus piedras.

—Yo soy Tomás —dice el joven—. Ayudo a los padres. En Dilao hay japoneses. ¿Tienes allí a alguien?

Kyūbei aprieta la tira del fardo. Niega con la cabeza.

—¿Parientes en el barco?

Vuelve a negar.

Tomás mira sus sandalias colgadas.

—Esta noche estarás con los del colegio. Mañana preguntamos.

—¿Por trabajo?

El muchacho consulta al fraile. Este responde sin dejar de doblar el papel y luego alza los ojos hacia Kyūbei.

—Mañana —repite Tomás—. Hoy te lavan ese pie.

Kyūbei no le había mostrado la rozadura. Mira hacia abajo y ve la sangre que se ha mezclado con el barro sobre el dedo.

Caminan cuando el sol ya cae sobre las calles.

Delante va un hombre con el cántaro vacío; el fraile se ha quedado recibiendo a otros.

Las casas les dan sombra por tramos. Hay ventanas cerradas tras las que se oyen voces y manos que apartan una tela para mirarlos.

Kyūbei encuentra un paso corto que le permite apoyar el pie sin abrir más la herida.

Al cabo de un rato la madre le pide que lleve al niño.

Pesa poco. El pequeño se acomoda contra el fardo y protesta. Kyūbei lo cambia al otro brazo. El niño le coge el borde del cuello, introduce dos dedos debajo y encuentra las cuentas del rosario. Tira de ellas.

—Eso, no.

Le libera los dedos uno por uno. La madre le ofrece un extremo de la tira de su cesta; el niño lo sujeta y se lo lleva a la boca. Así llegan a un patio, donde les ordenan esperar hasta que retiren unos bultos del cobertizo.

Por la tarde les dan arroz. Kyūbei se limpia la mano antes de acercarse el cuenco.

Come sentado, con el fardo entre los pies.

Un hombre que duerme apoyado contra una columna se despierta al oír los recipientes y pregunta si han empezado sin él.

Recibe su ración, mira la de Kyūbei y acerca el cuenco vacío que usaba de almohada.

Quien reparte le da un golpe con el cucharón en el borde.

El hombre sonríe, retira su segundo cuenco y empieza a comer.

Al hacerse de noche los acomodan en el corral, bajo un cobertizo abierto hacia el patio del colegio.

Todavía se pasan bultos de un lugar a otro.

Una mujer exige que retiren un cántaro que gotea junto a su estera.

Dos hombres buscan a un tercero y solo encuentran sus cosas.

Vuelve cargando un banco que nadie le ha pedido; después de discutir dónde puede ponerlo, todos acercan a él sus ropas mojadas.

Kyūbei desenvuelve las herramientas sobre las rodillas. Ha lavado el pie y la parte del paño que recibió una salpicadura al desembarcar. La tela sigue húmeda en una esquina. Coloca las piedras sobre el suelo y apoya el sen en el doblez seco, con el filo apartado de donde van a acostarse los otros.

La mujer y el niño duermen cerca de la entrada. Ella tiene una mano extendida sobre el pequeño, apenas apoyada. De vez en cuando la levanta, palpa su frente y la deja otra vez en el mismo sitio.

El hombre del cuenco le pide que acerque las piedras para sujetar el borde de una estera. El aire la levanta contra sus piernas.

—Pesa con otra cosa —responde Kyūbei.

El hombre palpa el suelo alrededor y encuentra un cascote.

Es demasiado ligero. Kyūbei ve cómo lo coloca en el centro y dobla los dos extremos de la estera sobre él.

Entonces le presta la piedra basta. El hombre la recibe, observa su superficie y la pone en el borde, con la cara lisa hacia arriba.

La otra piedra permanece bajo la mano de Kyūbei.

No vuelve a pedirle nada.

Kyūbei se desata el cuello del kosode. El kontatsu se le ha pegado al pecho; las cuentas han dejado una hilera de marcas en la piel. Levanta el cordón, pasa un dedo por debajo y lo acomoda bajo la tela, hacia el lado donde no va a recostarse.

El fragmento de bronce cabe entero entre sus dos manos. Pasa el pulgar por la arista de la boca, se detiene en una rebaba y retrocede. Una gota de sudor cae junto al pulgar. La seca con la manga y frota hasta que no queda el cerco húmedo.

En el patio alguien vierte la última agua de un cubo. Kyūbei afloja los dedos y toca el bronce con la uña. El golpe sale corto. Prueba a sostenerlo por el borde, como lo sostenía al amanecer; el sonido dura un poco más. Va a golpear otra vez, pero la mujer ha levantado la cabeza.

Kyūbei estira el pie herido hasta alcanzar una zona de suelo que aún está fresca.

Después recoge el fragmento entre las palmas.

Le queda el último golpe en la yema del dedo, una vibración débil que busca otra vez sin llegar a tocar.

Espera a que la mujer se acueste y deja el bronce sobre el paño, junto al sen.

Aun con la mano abierta siente el calor del metal.