1 · Bronce de campana #2
Kyūbei ha visto fundir piezas que necesitaban muchos hombres para salir del molde.
Le enseñaron a revisar primero la tierra, a tocarla entre los dedos; el metal no estaba siquiera cerca.
Mira hacia los muros de la ciudad. Desde allí no se distingue dónde guardan la pólvora ni de dónde han salido los disparos.
—Necesitarán gente —añade el marinero—. Tú puedes preguntar.
Kyūbei vuelve la cabeza. El hombre le indica el fardo con el cuenco.
—Si vendes eso, será más fácil que te escuchen.
—¿Por qué?
—Porque podrás pagar a quien pregunte por ti.
El borde de la escudilla está roto junto a la boca por donde han bebido. Kyūbei no lo había notado. El marinero lo recorre con un dedo y deja el cuenco junto al recipiente.
—Primero pregunto —dice Kyūbei.
El otro sonríe. Con la misma mano que ha rozado el borde le da una señal para que se vuelva: ya los están llamando desde la escala.
Le ordenan cargar unos rollos de estera en la barca siguiente.
Baja el primero por encima del hombro y encuentra el peldaño con los dedos del pie.
Abajo, un hombre lo sujeta por el cinturón hasta que pisa firme.
Hay agua entre las tablas de la barca. Kyūbei apoya el rollo atravesado sobre dos sacos; después vuelve a subir por el otro.
El fardo de las herramientas se le ha deslizado hacia el vientre y le dificulta doblarse.
—Deja eso —le dice el marinero de la vela.
Kyūbei se lleva la mano al nudo.
—Es mío.
—Ya lo recogerás.
Es la primera vez que tarda en obedecerlo. Desde abajo piden la estera. Kyūbei se agacha con el fardo sujeto contra el pecho, alza el rollo y vuelve a bajar. El marinero le dice algo cuando ya tiene la cabeza por debajo de la cubierta. No llega a oírlo entero.
En la barca se sienta sobre los talones.
La madre del niño viene con ellos; conserva la cesta apretada entre los tobillos.
Uno de los remeros pide espacio y Kyūbei se aparta, quedando con una rodilla contra el rollo.
Al levantar la vista, ve el costado entero del junco.
Los tres palos se mueven juntos por encima de él.
Desde abajo el barco tiene más altura de la que recordaba.
La mujer moja un dedo en el agua del fondo y se limpia una mancha del vestido. Kyūbei mira la abertura por la que entra el agua. No crece deprisa. Vuelve a acomodarse.
Antes de llegar, los remeros les indican que se sienten hacia el otro lado.
La barca roza el fondo, se detiene y retrocede un poco.
Dos hombres saltan al agua. Uno tiende una tabla corta; el otro pide las esteras.
Kyūbei se levanta cargando un rollo y espera hasta que el hombre de tierra afianza el pie.
Al bajar, la tabla se hunde bajo su peso. El agua le cubre una sandalia. Da otro paso y la paja se le queda prendida en el barro. El rollo tira hacia la izquierda. Kyūbei lo abraza, endereza la espalda y pisa con el otro pie. Ya hay alguien detrás, impaciente.
Un muchacho con un jubón claro se ríe al verlo. Dice unas palabras a otro, señala la sandalia y levanta su propio zapato para imitarlo. Lleva un cuello de tela blanca que le mantiene la barbilla erguida. El compañero mira la estera, mira el fardo y se marcha a recibir un arcón.
Kyūbei deja el rollo donde le indican. Se agacha, desata las tiras húmedas de la sandalia y libera el pie. Al quitarse la otra ve que la paja ha abierto una rozadura junto al dedo pequeño. Junta ambas, las sujeta al cinturón y continúa descalzo con la cabeza baja. La risa del muchacho queda detrás.
Vuelve por la segunda estera. El barro sale blando entre los dedos; más arriba hay piedrecillas que le obligan a cambiar de apoyo.
En el borde de la explanada se alinean hombres con jubones oscuros y calzado limpio.
Algunos llevan unas vueltas de encaje que tiemblan bajo la barbilla cuando hablan.
Kyūbei se fija en cómo buscan las zonas secas antes de avanzar. También ellos miran el suelo.
Ukon se aleja entre gente que le abre paso.
El hombre de la barca señala los tejados y le explica a la madre, en un japonés que ella parece entender a medias, que lo llevan ante el gobernador Silva, a las Casas Reales.
La mujer mira un momento y vuelve a ocuparse del niño.
Kyūbei levanta la cesta mientras ella se incorpora.
Esta vez la sostiene hasta que ambos han dejado atrás el barro.
El marinero de la vela reúne a los que han cargado los rollos.
Deben llevarlos a un cobertizo. Kyūbei avanza con ellos hasta que un franciscano vestido de pardo se interpone, hablando y mostrando una palma abierta.
A su lado hay un japonés joven con una cuerda a la cintura.
El fraile tiene los pies cubiertos de polvo hasta los tobillos.
Los dos hombres discuten. Kyūbei solo entiende las palabras del marinero: necesitan descargar, quedan cosas, han estado trabajando para comer. El japonés joven traduce hacia un lado y hacia el otro. El fraile hace una pregunta señalando a Kyūbei.
—¿Vienes con él? —le dice el muchacho.
Kyūbei mira al marinero.
—He trabajado en el barco.
—Pregunta si eres de su tripulación.
—Me dejaron subir.
El muchacho transmite la respuesta. El fraile repite un gesto con la mano, esta vez hacia las personas que aguardan junto al muro. El marinero aparta el rollo que Kyūbei sostiene por un extremo y se lo carga solo al hombro. Antes de irse le da un golpe en la parte alta del brazo.
—Tienes fuerza para otra travesía.
Kyūbei se frota el punto donde lo ha tocado. El fraile ya está mirando al niño de la mujer. Le levanta apenas la barbilla, observa sus ojos y llama a alguien que espera con un cántaro. Cuando han bebido, señala el fardo que Kyūbei continúa sujetando contra el costado.
—¿Qué eres? —pregunta en japonés, con las sílabas separadas.
—Imoji.
El fraile aguarda el resto. Kyūbei repite la palabra.
El joven se acerca.
—¿Campanas? ¿Calderos?
—Campanas. También piezas pequeñas.
El joven le mira los brazos.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintinueve.
—El padre pregunta si aprendiste o si ya trabajabas por tu cuenta.
—Trabajaba.
Kyūbei se levanta una manga. Tiene una quemadura vieja en el antebrazo, apenas más clara que el resto de la piel. El joven la mira con atención, como si supiera decidir algo por la forma de la cicatriz. Kyūbei vuelve a bajarse la manga.
—¿Se lo has dicho?
El muchacho habla con el fraile, que sacude la cabeza y señala de nuevo el fardo.
—Quiere ver qué llevas. Enséñale.
No hay una mesa donde abrir el paño. Kyūbei lo extiende sobre la parte lisa de una piedra. El sen queda atravesado entre las dos muelas. El fraile se inclina y toca uno de los mangos. Kyūbei le indica cómo sujetar el otro; el hombre lo coge con las dos manos y mira el filo vuelto hacia su vientre.
—Así no.
Kyūbei cambia la inclinación de la cuchilla. Hace un movimiento corto sobre el aire. El fraile lo repite, demasiado ancho; Kyūbei le detiene una muñeca. El joven se ríe, y el fraile dice algo sin soltar los mangos. Esta vez se ríen los dos.
—Dice que le saldría cara la primera campana —traduce el muchacho.
Kyūbei recupera el sen. El fraile sigue mirando el filo.
—Con esto se acaba la pieza —dice—. Primero hay que hacerla.