1 · Bronce de campana
El bronce conserva el calor de su mano cuando Kyūbei lo pasa a la otra. Tiene el tamaño de una palma abierta y uno de sus bordes se curva hacia fuera. Cierra los ojos un momento para pesarlo mejor. La cabeza le cae hacia delante; la levanta antes de que el metal resbale.
A sus pies, entre las piernas cruzadas, está abierto el paño.
La cuchilla de raspar ocupa casi todo el ancho, con un mango en cada extremo.
Junto a ella ha puesto las dos piedras, la basta y la de acabado.
El carbón de magnolia va dentro de un doblez pequeño que se ha ennegrecido por fuera.
Kyūbei aprieta el nudo: aún hay trozos enteros.
Durante el viaje ha guardado el paquete bajo la ropa cada vez que el agua ha entrado donde dormían.
El junco se inclina. Con la rodilla detiene la piedra basta y coloca el bronce encima del paño. El filo de la cuchilla tiene un punto oscuro cerca del mango izquierdo. Lo examina acercándolo al ojo, lo toca con la uña y vuelve a envolverlo. Necesitará aceite en tierra.
Detrás de él un niño tose sin acabar de despertarse. La mujer que lo sostiene cambia de hombro, se frota el brazo entumecido y busca un sitio para sentarse. Kyūbei recoge las piernas. Le deja el ancho de una tabla.
—¿Ya se ven las casas? —pregunta ella.
Él mira por debajo de una cuerda. Desde allí solo alcanza el casco de una embarcación que los sigue y la franja turbia del agua.
—Hay que levantarse.
—Entonces esperaré.
El niño tiene los labios separados. En la comisura hay una costra amarilla; la madre la humedece con el pulgar y desiste. Se queda con el dedo apoyado en la mejilla.
Kyūbei dobla el paño sobre el metal. Las dos asas del sen abultan la envoltura y le impiden hacer un fardo compacto.
Ha ensayado durante el viaje todas las posiciones; vuelve a la primera, la de su taller.
Anuda las puntas, pasa por debajo una tira de tela y se la ciñe al cuerpo.
Al incorporarse descubre que la pierna derecha no lo sostiene todavía.
Espera agarrado a una cuerda hasta que le vuelven los pinchazos a la planta del pie.
Por encima de la borda ve una muralla y, detrás, tejados.
El sol alcanza unas ventanas altas. Hay barcas entre el junco y tierra, gente de pie en ellas, remos que desaparecen enteros dentro de un agua sin transparencia.
Un hombre agita los brazos desde la proa y recibe una respuesta que Kyūbei no entiende.
La misma voz vuelve a gritar, más despacio, como si esa distancia pudiera corregirse pronunciando mejor.
Han salido de Fukuda el ocho de noviembre. Un pasajero que conserva la cuenta dice que hoy es veintiuno de diciembre: cuarenta y tres días. Kyūbei oye el número mientras trata de separar una hebra de cuerda que se le ha metido bajo la uña.
La hebra sale partida. Tendrá que sacar el resto con el filo, cuando pueda apoyar la mano.
Suena una campana en tierra. Otra entra por debajo, más grave.
Kyūbei vuelve la cabeza hacia la izquierda.
Entre los golpes hay uno que se abre con una vibración corta, rota, y se apaga antes que los demás.
Espera a que vuelva. No logra aislarlo: desde la fortaleza llega una detonación y después otra.
El niño se despierta llorando. La mujer le tapa un oído contra el pecho y cubre el otro con la palma.
En el lugar donde el borde de la campana de la Asunción apoyó en el carro había quedado una marca blanca.
Kyūbei la recuerda al apretarse el fardo contra las costillas: bajada ya la campana, había tenido que impedir que rodara mientras otro hombre retiraba la cuerda.
El trozo que lleva procede de su boca. Lo recibió entre otros restos de metal, a cuenta del trabajo.
Los más pequeños los cambió por comida antes de embarcar.
Ahora una cuerda cae a su lado. El marinero de la vela le hace una señal.
Kyūbei recoge el cabo y ayuda a cobrarlo, pasando la parte floja por detrás de los talones para que nadie se enrede.
Subió en Fukuda con las mangas recogidas y unas sandalias nuevas.
Le habían dicho que necesitarían brazos.
Mientras otros buscaban dónde acostar a sus hijos, él sostuvo una verga hasta que lo mandaron soltar.
Después le dieron arroz en un cuenco que tuvo que devolver.
El marinero le indica que sujete. Kyūbei cambia el fardo de lado y tira. El sudor le baja por la espalda. La cuerda está húmeda, blanda por fuera; en la palma izquierda encuentra enseguida el surco de los días anteriores.
Cuando acaba, la cubierta se ha llenado de gente de pie.
Cerca del palo mayor, unos hombres despejan sitio alrededor de Takayama Ukon.
Kyūbei lo ve de perfil: la piel hundida bajo el pómulo, un mechón blanco que el viento le levanta.
Tiene pasados los sesenta. Una mujer le acomoda una prenda sobre el hombro; alguien la llama Justa.
Uno de los niños que permanecen junto a ella intenta ver por encima de un arcón.
La mujer lo baja por la cintura sin interrumpir lo que le está diciendo a su marido.
Kyūbei alza el cabo para que puedan pasar. Ukon lo aparta con los dedos y tarda un poco en salvarlo. Uno de los hombres que lo acompañan se vuelve para darle las gracias a Kyūbei, pero otro lo reclama desde la escala. Tiene que irse antes de acabar la inclinación.
Al otro lado esperan varias mujeres. Kyūbei reconoce a Julia porque la ha oído nombrar durante el viaje.
Está ajustando la correa de una cesta. Una de sus compañeras quiere cargarla; ella le muestra el borde suelto y las dos discuten cómo sujetarlo.
Entre ellas queda una muchacha con un hatillo bajo cada brazo, inmóvil, aguardando una decisión.
Más atrás se agrupan los religiosos. Kyūbei reconoce algunas voces de las oraciones, aunque sigue sin saber los nombres de quienes las dicen.
El sendō manda dejar un paso libre. Dos marineros empujan los fardos con el pie. El de la vela toca a Kyūbei en el codo.
—Esos también.
Son tres recipientes vacíos que estorban junto a la escala.
Kyūbei los lleva a proa. Al volver se encuentra con un hombre de sombrero oscuro, espada y zapatos cerrados que acaba de subir.
Un segundo hombre lo sigue hablando con el sendō.
El oficial se detiene para limpiar la suela contra el canto de una tabla.
Tiene barro fresco en el tacón. Kyūbei mira después hacia las barcas, buscando de dónde puede venir ese barro si todavía no han tocado tierra.
El sendō despliega un rollo. La parte de abajo está manchada de agua y debe sostenerla con dos dedos para que no se doble.
El oficial abre su cuaderno. Oye un nombre, busca, mira una cara.
El hombre que ha subido con él hace preguntas en japonés; el sendō contesta señalando distintos lugares de la cubierta.
Kyūbei mantiene las manos sobre el borde del último recipiente. Podría llevarlo hasta los otros dos. Para hacerlo tendría que pasar por delante del rollo.
—Los de proa, aquí.
Un marinero se limpia la boca con la mano y se acerca. Dos más salen de detrás del palo. El oficial mira los tres cuerpos y luego el cuaderno. Kyūbei espera su nombre.
No lo oye.
Han escrito a los hombres que el sendō declara como suyos.
Kyūbei ha trabajado las velas, achicado agua, arrastrado cabos; durante las primeras noches también le han hecho guardar los bultos mientras los marineros dormían.
Ahora el sendō le vuelve la espalda para señalar a unos pasajeros.
La línea de los que responden se desplaza hacia popa.
La madre del niño se ha quedado sentada. Cuando la llaman, intenta levantarse sin despertarlo. Kyūbei deja el recipiente, le ofrece el antebrazo y sostiene su cesta con la mano libre.
—Llévesela —dice ella—. Me tengo que poner detrás de aquella mujer.
Él la sigue con la cesta. El oficial los mira al pasar y se detiene en el niño, que abre los ojos y vuelve a cerrarlos.
Hace una pregunta. La mujer responde. Kyūbei oye el nombre del pequeño, repetido por el intérprete de una manera que la madre corrige enseguida.
El hombre lo intenta otra vez. Ella asiente.
La mirada del oficial llega al fardo de Kyūbei, vuelve al cuaderno y sigue.
Él deja la cesta junto a los pies de la mujer.
—¿Ya? —pregunta ella.
Kyūbei se encoge de hombros.
El oficial cierra el cuaderno. Hay gente que empieza a recoger sus cosas antes de recibir ninguna orden.
Desde la escala los hacen retroceder. La muchacha de los dos hatillos pierde uno; Kyūbei lo alcanza con el pie, se agacha y se lo entrega.
Cuando vuelve a su sitio, el rollo del sendō está otra vez recogido. No ha dicho que faltaba un nombre.
Bajan primero las personas a quienes acompañan los religiosos y los hombres de Ukon. Las barcas se acercan por turnos. Alguien grita que no arrojen equipajes. Un arcón golpea de todas formas contra una borda; desde abajo sube una voz furiosa y el resto espera.
Kyūbei dispone de unos momentos para mirar tierra. Junto a los muros se mueve una mancha de telas claras. Las campanas continúan, ahora más separadas. Entre dos golpes oye agua vertida de un recipiente a otro, muy cerca.
Un marinero llena su escudilla. Kyūbei señala con el mentón a la mujer y al niño.
—Un poco para ellos.
El hombre bebe, lo mira y vuelve a meter la escudilla en el recipiente.
—Ahora habrá en tierra.
—Todavía están aquí.
El marinero le ofrece lo que ha sacado. Kyūbei lleva la escudilla con las dos manos, evitando que se derrame. La madre humedece los labios del niño. Tiene que hacerlo dos veces antes de que él empiece a beber. Cuando aparta la cara, ella se lleva el borde a la boca, se detiene y devuelve el cuenco.
—Beba usted.
Kyūbei señala el agua que queda. La mujer bebe. Él espera, recoge la escudilla vacía y vuelve a entregársela al marinero.
El marinero se queda con el cuenco en la mano. Mira las herramientas envueltas y pregunta qué hará con ellas.
—Lo que pueda.
—Aquí hacen cañones.