El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Exposición larga #2
2%

Exposición larga #2

El obturador se cierra. En la pantalla aparece un dibujo lavado, casi oculto por la luz.

Elena pulsa la ampliación una vez, otra.

Hay algo que el teléfono no conservó: un borde doble, una franja oscura, tres terminaciones separadas.

Sigue siendo insuficiente. Retrocede hasta la imagen entera y hace otra toma sin cambiar la exposición.

Al echar el cuerpo hacia atrás golpea con el talón uno de los libros.

La cámara se inclina apenas. Elena mantiene el pie quieto hasta que el obturador termina, como si todavía pudiera retirar el golpe.

La segunda imagen tiene los bordes duplicados.

La deja donde está y apunta el número del archivo con una cruz.

Si empieza a borrar ahora, luego no sabrá qué hizo entre una fotografía y la siguiente.

Se quita un guante tirando de él por el puño, seca la palma húmeda en el pantalón y coge otro. El extremo de la cinta del suelo se le ha pegado a un calcetín. Lo despega, vuelve a alisarlo y mira la hora: las once y cuatro.

La luz se ha ido hacia un borde del papel.

Elena se acerca al espejo a gatas, cuidando de no pasar por delante.

El asiento de la silla le roza el hombro.

Desde aquí distingue una pequeña costra en el borde del disco, una irregularidad verde que ayer dibujó en su croquis.

Deja la mano suspendida mientras busca por dónde coger el mango sin rozarla.

Sobre la silla hay una gamuza, junto a la funda de la cámara.

Bastaría estirar el brazo. Elena la toma por una esquina y la mete en el bolsillo lateral de la funda; cierra la cremallera.

Después hace sitio en la hoja de conservación y añade la hora.

El lápiz deja una marca más fuerte al pasar por la hendidura del papel.

La cuña se ha asentado con el peso. La desplaza un poco y comprueba otra vez la distancia. Mantiene el espejo donde está; modifica solo su inclinación. La mancha vuelve al centro de la cartulina con un recorrido mucho mayor que el de sus dedos. Tiene que deshacer casi todo el último movimiento.

De cerca, el bronce no muestra nada que se parezca al dibujo. Elena lo examina sin levantarlo, recorriendo la cara desde un lado para que su propia sombra no llegue a la cartulina. Gris, algún punto más brillante, el límite desigual del velo. En la pared, el trazo de arriba se curva.

Vuelve a la cámara.

Esta vez se coloca con los dos pies lejos de los libros.

Dispara, espera, revisa. Sube un poco la exposición para otra toma y después recupera los seis segundos.

Las imágenes tienen algo en común: una forma densa en el centro, extremos que se separan, líneas que se cruzan por arriba.

Al pasar de una a otra hay una zona que persiste aun donde el resto se borra.

Elena la busca también en el papel. La encuentra, la pierde, la encuentra otra vez al dejar de mirarla directamente.

Durante un rato oye su respiración y el roce del pantalón cada vez que cambia de postura.

El salón se ha enfriado. La piel de las manos está caliente dentro de los guantes.

Necesita ir al baño; espera a que termine otra toma.

Necesita beber; el vaso está en la cocina.

Extiende una pierna para aliviar la rodilla y el gemelo se le contrae.

Se inclina hacia el pie, tira de la punta del calcetín y permanece así hasta que el músculo cede.

Al incorporarse, el borde de la luz ya roza una de las cintas de la cartulina.

Mueve de nuevo la cuña. Es la tercera corrección de la serie; Elena hace tres pequeñas marcas en la hoja para recordarlo.

En el espacio entre dos líneas escribe la posición de la cámara, luego un croquis del balcón, el espejo y el papel.

La primera flecha le sale al revés. La tacha.

En la casa no hay nadie que le pregunte qué está haciendo y, aun así, explica el dibujo por escrito, ocupando el margen.

Coloca la cinta de acero junto a la mancha, sin meterse en el trayecto de la luz.

No encuentra un borde limpio donde empezar.

Treinta centímetros, aproximadamente, según incluya o deje fuera las rayas más débiles.

La cifra resulta demasiado grande al lado de los doce del disco.

Elena mide de nuevo el papel para comprobar que no ha confundido una marca de la cinta.

Cincuenta por setenta. No hay error ahí.

Hace una toma con la escala en el mismo plano y después la retira.

La luz del suelo toca el zócalo. Una sombra del hueco del balcón avanza sobre la bandeja, estrecha al principio, más ancha al cabo de unos segundos.

Elena logra otra fotografía antes de que alcance el bronce.

Cuando pulsa por última vez, las líneas de abajo ya han desaparecido.

Mira las dos imágenes consecutivas en la pantalla de la cámara.

El corte atraviesa la última de lado a lado.

Once y veinte.

Se queda sentada un momento junto al trípode. El marco blanco sigue en la pared, sujeto por cuatro trozos de cinta, con la superficie tan lisa como cuando lo sacó del tubo. En el rincón hay ahora más frío que luz.

Elena cierra el balcón. Asegura el espejo en su bandeja, con la cara protegida de roces y sin cargar el peso sobre el nácar. Antes de mover la silla recoge la copia del dorso. El papel impreso está templado por el sol; la fotografía original continúa en la cómoda, fuera de su alcance.

Para llegar al enchufe tiene que tender el cable del ordenador alrededor de una pata de la mesa.

Lo lleva hasta el suelo, se sienta con la espalda apoyada en el sofá y conecta la cámara.

La rodilla le late bajo la tela. Mientras se copian los archivos, arrastra hacia sí el vaso de agua que ha traído de la cocina.

Bebe sin separar los ojos de la barra que avanza.

Abre la toma con escala. La pone al doscientos por ciento.

Hay cuatro prolongaciones que pueden ser patas.

Elena vuelve a la imagen entera para ver si esa lectura se mantiene.

Una queda más alta que las otras; sobre lo que podría ser la cabeza aparece una pieza que no sabe separar de la maraña.

La forma tiene algo prendido alrededor o detrás.

En la zona central falta contraste. Si aumenta más, solo consigue cuadrados.

Busca la fotografía de 1967 entre las imágenes de ayer.

La abre al lado. La mancha antigua está inclinada de otra manera y el encuadre corta una parte.

Elena agranda las dos hasta que tienen un tamaño parecido.

Va de una a otra con el cursor. Señala una curva sin dibujar sobre el archivo, baja hasta una raya, regresa a la curva.

No logra superponerlas con la vista. Tampoco puede dejar de reconocer algo que las acerca.

Guarda las fotografías nuevas en una carpeta con la fecha y el número del objeto.

Luego vuelve a la hoja. Anota la reflexión anómala, la figura zoomorfa de unos treinta centímetros, la distancia medida de ochenta y ocho y las condiciones de las tomas.

Al final escribe documentar. Debajo hay espacio para varias líneas; lo deja vacío.

Son las once y veinticinco cuando llama al Museo de América. Pide que la pasen con la subdirección. Ha apoyado el teléfono entre el hombro y la oreja para levantar la bandeja y ponerla sobre la mesa; el aparato se desliza y tiene que sujetarlo con una mano.

—Soy Elena de Silva, de catalogación. Necesitaba el contacto de la conservadora de metales del IPCE con la que trabajasteis el año pasado.

Le piden que espere.

Elena deja el teléfono sobre la mesa con el altavoz puesto. La persona al otro lado se aleja sin cortar la comunicación. Se oyen unos pasos, una puerta; después empieza una música baja, más débil en unas notas que en otras.

Con las dos manos libres, Elena cambia la inclinación de la bandeja.

Se pone a la distancia necesaria y mira por primera vez su cara en el disco.

Cabe entera. Los ojos están algo oscuros; el pelo conserva el aplastamiento de la noche por un lado.

Mueve la boca, vuelve la cabeza un poco.

Las proporciones se mantienen. La cara sigue ahí, reconocible, sin una sola de las líneas que ha estado mirando en la pared.

En el teléfono cesa la música.

Elena tarda en contestar.