El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Exposición larga
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Exposición larga

La mesa tropieza con el baúl a mitad del recorrido. Elena deja de empujar, saca la cadera del hueco y prueba por el otro lado. Una pata arrastra el borde de la alfombra. Tendrá que quitarla también.

Son las diez y cuarenta. El café lleva una hora junto al fregadero y la casa se ha ido llenando de superficies despejadas: la cómoda para los papeles, dos sillas para las cajas, el suelo para lo que antes estaba en las sillas.

Elena ha conseguido fotografiar la moneda con luz de día. Para el espejo necesita espacio.

Enrolla la alfombra hasta la mitad y se golpea la barbilla con una rodilla al incorporarse.

Se queda quieta, comprueba con la lengua que no hay sangre y acaba de empujar la mesa.

En el sitio que ocupaba aparece una raya del parqué, larga, blanquecina, que nunca había visto entera.

La sigue con los ojos hasta que desaparece debajo del baúl.

La cartulina mide cincuenta por setenta.

La sostiene contra el paño de pared situado junto al paso al pasillo; aún conserva la curva del tubo donde la guardaba.

Pega la esquina superior izquierda con cinta de pintor, luego la derecha.

Al soltarla, las dos de abajo se levantan.

Corta otras tiras con los dientes y las alisa con el canto de la mano.

Queda un rectángulo blanco a poca altura del suelo, ligeramente torcido.

Desde la puerta se ve mejor que desde donde está ella.

Vuelve a la cómoda. La fotografía descansa sobre su soporte, junto a la imagen del dorso que imprimió anoche. Coge esta última. Hay una pelusa adherida al punto de una cifra; la aparta y acerca el papel a la luz.

«Cholon, 3/67. 11 h. f/8. 4 s. 80 cm. Mur blanc. — 2 essais.»

Ochenta centímetros. La pared de la fotografía era blanca; eso puede reproducirlo.

El resto sigue sin indicar dónde estaba cada cosa.

En el anverso hay una mancha dentro de otra, algunas rayas, el borde de un encuadre que alguien eligió y un espacio fuera de él donde cabe casi todo lo que Elena necesita saber.

Apoya la copia impresa en el asiento de una silla.

Saca de la carpeta la cinta de acero, fija el extremo al pie de la pared y la extiende por el parqué.

Ochenta. Marca el punto con un pedazo de cinta de pintor.

La hoja metálica se recoge con un chasquido; tiene que frenar con el pulgar los últimos centímetros para que el gancho no le golpee la uña.

Abre la puerta del balcón. El frío baja enseguida hasta los tobillos.

Al otro lado de la calle, un hombre sacude una bayeta por una ventana y la recoge antes de que ella termine de volver la cabeza.

Se oyen un motor al ralentí, el golpe de una persiana, una conversación que sube solo cuando los dos interlocutores dicen lo mismo a la vez.

Dentro, la luz atraviesa el polvo que ha levantado la alfombra.

El rombo claro alcanza su marca del suelo por un extremo.

Elena trae la bandeja en que ha dejado el espejo.

Antes de levantarlo se pone guantes nuevos.

Tira de las puntas, estira el nitrilo sobre la base de los dedos y comprueba el apoyo que preparó ayer: el cerquillo y el mango descansan en piezas separadas; el nácar queda libre.

Coloca la bandeja junto a la marca, sobre un cartón limpio.

Puede modificar la inclinación con una cuña de espuma sin hacer que el reverso roce el suelo.

Se arrodilla. La primera luz que recibe el bronce se dispersa en un gris más pálido.

Elena inclina un poco el conjunto por el mango, mientras con la otra mano mueve la cuña.

Una mancha pasa por su manga y sale disparada hacia la pata de la silla.

Baja el borde. La mancha cruza el zócalo, se alarga y entra por una esquina en la cartulina.

Hay que mover muy poco.

Retira un dedo de debajo de la cuña y pierde casi todo el blanco. Vuelve a meterlo, esta vez de lado. La luz regresa, oval, sucia en los bordes. Elena permanece de rodillas con la cabeza inclinada, como si estuviera escuchando a alguien que habla desde muy abajo.

Cuando consigue dejar la mancha dentro del papel, retira la mano del mango. El apoyo aguanta.

La cinta del suelo queda detrás del espejo.

Desplazó la bandeja al buscar el sol y también al inclinarla.

Elena vuelve a medir, ahora desde el centro de la cara hasta la cartulina, sin apoyar el gancho en el metal.

Ochenta y ocho centímetros. Lo apunta en la hoja de trabajo.

Debajo añade la equivalencia aproximada, cero coma nueve metros, y rodea la cifra pequeña para no perderla entre las notas de ayer.

Se sienta sobre los talones. La mancha tiene un lado más claro que el otro.

En la parte baja hay una sombra delgada; cuando Elena ladea la cabeza, la sombra sigue en su sitio.

Mira el borde del bronce, busca la cosa que puede estar interceptando la luz.

El guante queda lejos. También la cuña. Una de las cintas que sujetan la cartulina forma un bulto, pero está arriba, fuera de la mancha.

Acerca la mano al mango. Antes de tocarlo aparece otra raya.

Es corta, oblicua, apenas más oscura que el blanco.

Elena mira a través de ella, a la pared que conoce debajo del papel; luego vuelve a enfocar en la cartulina.

Las dos rayas parecen unirse. Una vibración del suelo, quizá el autobús que arranca, las separa en algo que se parece a una pata y deja de parecerse en cuanto ella intenta fijarlo.

Pone un dedo sobre el mango para inmovilizarlo. Empeora.

La mancha sube y baja a cada pulso. Elena afloja la mano, apoya el codo en el cartón y busca una posición en que el brazo no tenga que sostener su propio peso. El frío del suelo atraviesa la manga. Le duele la rodilla izquierda. La saca de debajo del cuerpo, se sienta de lado y vuelve a empezar.

Ahora distingue tres trazos. El de arriba se curva sobre una forma compacta. El de abajo casi alcanza el límite de la luz. Entre ambos queda una zona blanca que podría ser un hueco o parte de algo que no está viendo bien.

Deja de respirar por la boca.

La figura aguanta el tiempo que ella aguanta así. Al soltar el aire se deshace un poco por el extremo, y Elena se oye decir espera, en voz baja, al salón vacío. Retira el dedo, ajusta la espuma con una presión lateral y cuenta hasta tres antes de apartarse. Queda suficiente.

El teléfono está encima de la cómoda. Tiene que levantarse para cogerlo.

Lo hace despacio, apoyando la palma en el asiento de una silla.

Al volver ya no encuentra la posición exacta desde la que veía las líneas.

Prueba agachada, después sentada. En la pantalla hay un óvalo blanco, demasiado limpio.

Toca para enfocar. El teléfono oscurece el salón; las rayas aparecen un instante y se pierden cuando ella amplía la imagen.

Hace una fotografía. Otra con menos exposición.

Las abre por separado, cubre la pantalla con la mano para quitarle el reflejo del balcón.

En una se distingue el borde de la cartulina con enorme precisión; dentro de la mancha, el teléfono ha hecho una superficie lisa.

En la otra hay manchas de compresión donde ella está viendo líneas.

—Claro, la cinta sale estupenda.

Deja el móvil boca abajo. La pantalla vuelve a encenderse bajo su mano y la luz se escapa por los bordes. Elena lo aparta sin mirar el aviso.

La cámara de las tasaciones está en su funda, al fondo de la bolsa.

Saca también el trípode pequeño. Una de las patas tarda en desplegarse porque el tornillo quedó demasiado apretado la última vez; afloja, despliega, vuelve a apretar.

El conjunto tiene que quedar a un lado del rayo de luz, bastante bajo para no mirar la cartulina desde arriba.

Elena prueba en el suelo, no alcanza; pone debajo dos libros grandes, comprueba que las tapas no deslicen y encaja la cámara.

En el visor el papel está inclinado. Corrige el trípode. La mancha entra casi entera en el encuadre. Desactiva el enfoque automático cuando empieza a buscar una y otra vez sobre el blanco y gira el aro a mano, despacio, hasta ver nítida la fibra de la cartulina donde acaba la luz.

Las cifras de la copia impresa quedan visibles desde aquí. Elena las mira y ensaya una toma. La mancha sale blanca, vacía; al activar el aviso de altas luces, parpadea casi toda. Abre el histograma. Está perdiendo por exceso de luz lo que trataba de recoger durante más tiempo.

En el bolsillo plano de la bolsa lleva un filtro gris de densidad variable.

Lo saca de su caja, comprueba el cristal a contraluz y lo enrosca delante del objetivo.

El aro gira con una resistencia suave. Elena vuelve a comprobar el encuadre y ensaya, esta vez atenuando la luz que llega a la cámara.

La pared permanece igual. Solo cambia lo que registra el sensor.

Tiene que corregir el filtro después de la primera toma; en la siguiente, el aviso deja de cubrir la mancha.

En la hoja añade el filtro a las condiciones del ensayo.

No podrá trasladar sin más los números de la fotografía antigua.

Mira el cuatro del papel, luego la pantalla, y conserva el tiempo que acaba de probar: seis segundos, diafragma once, sensibilidad cien.

Deja dos de retardo, retira el dedo del disparador y mete las manos bajo las axilas para no tocar nada.

El obturador se abre.

Elena mira el papel durante esos seis segundos.

El primero parece corto, los siguientes no.

La calefacción produce un clic dentro de la pared.

En la calle alguien toca dos veces el claxon.

La mancha no se mueve lo bastante para que el ojo lo advierta, pero una raya del extremo queda más separada de la otra al terminar que cuando ella empezó a contar.