El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Estado de conservación #3
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Estado de conservación #3

Pone la regla a un lado y fotografía el documento entero.

Después, el sello y el número corregido.

Regresa a la línea del remitente. El apellido está allí con la misma limpieza impresa que la bandera del buque.

Cuarenta y una cajas. Elena levanta la vista hacia el baúl y la baja otra vez al papel: no hay un número que permita asignarlo a una de ellas. No lo añade.

Lee la descripción de la carga por segunda vez. Busca una relación adjunta, da la vuelta al documento, examina el bolsillo de la tapa. Vacío. Lo fotografía también.

Por la ventana ya entra menos luz. Elena enciende la otra lámpara del despacho y llama a los portes del barrio.

Dice baúl de madera, dice frágil, dice que comprobará el ascensor.

El hombre le pide medidas. Ella va a tomarlas y se lleva consigo la regla que ha estado usando para la moneda.

La mira, vuelve a la bolsa a por la cinta y da al teléfono las tres cifras.

—Por el ascensor, no —le contestan.

—Ya me parecía.

—Le subimos también. ¿Tiene ascensor en destino?

Esta vez Elena lo sabe sin medir.

A las cinco y cuarto termina de numerar.

El espejo será SILVA-ESP-0001; la fotografía, 0002; la moneda, 0003; la hoja, 0004; el conocimiento de embarque, 0005.

Escribe el código completo en cada soporte.

No pega una sola etiqueta a los objetos.

En una hoja aparte dibuja el baúl abierto y sitúa la bandeja, el envoltorio azul, la lata, el bolsillo.

La factura del cerrajero tiene su fecha de hoy; el acta, la de ayer.

Comprueba ambas antes de cerrar la carpeta.

Queda el estado de conservación. El lápiz avanza ahora con menos interrupciones: cara velada, puntos verdes pulverulentos en el borde, nácar agrietado con pérdidas, plata ennegrecida, recubrimiento dorado sin desprendimientos visibles.

Se detiene en los remaches y añade los productos de corrosión verdes que alcanzan el nácar.

Ninguna limpieza. Señala en un croquis los lugares donde puso los dedos desnudos, y al hacerlo descubre que el mango casi cabe entero bajo la anchura de su mano.

El albacea llega a las seis. Se queda en el umbral hasta que Elena le indica una silla libre. Hay papeles incluso donde él solía dejar el sombrero.

—¿Había algo de valor?

—Un espejo de bronce con guarnición. Y papeles.

Él mira el espejo desde su silla.

—Se ve poco.

—Está velado.

—¿Eso se arregla?

—Primero hay que saber qué tiene.

El hombre acerca la cabeza un poco más, pero no alarga la mano. Elena gira hacia él una de las fotografías del móvil; el brillo de la pantalla le permite ver mejor el mango. El albacea mueve los labios al distinguir el león, sin pronunciar nada que ella alcance a oír. Devuelve el teléfono.

—Su abuelo tenía mucha paciencia para comprar cosas.

Elena espera el resto. Él se alisa el pantalón sobre la rodilla. No hay resto.

Los mozos llaman desde abajo. Entre los dos sacan el baúl hasta el rellano; uno baja primero y el otro lo sigue, peldaño a peldaño, pidiendo espacio en cada vuelta.

Elena lleva la caja con los objetos sujetos en sus apoyos.

Se detiene para dejarles maniobrar y, desde allí, mira la marca de las cantoneras en la alfombra.

Devuelve al albacea la llave pequeña. La anilla le tiembla un poco mientras la ensarta.

En el primer descansillo uno de los mozos pide que abran más una puerta.

Elena sujeta la caja con el antebrazo, empuja con el hombro y se queda en el hueco mientras pasan.

El extremo del baúl queda a pocos centímetros de la jamba.

El hombre de abajo dice que no baja más; el de arriba le pide que espere.

Lo inclinan hacia el pasamanos hasta ganar el espacio.

Elena aparta el hombro cuando ya no lo necesitan.

En la calle, uno de ellos le ofrece colocar la caja junto al baúl, entre las mantas.

—Esta va conmigo.

—Entonces, delante. Atrás no puede ir usted.

Ella sonríe, tarda un poco en encontrar las llaves de su casa y sube al asiento que le indican.

En la furgoneta, con la caja entre los pies, abre en el teléfono la imagen del dorso.

El conductor pregunta si todo procede de una herencia.

Ella dice que sí. Él cuenta algo sobre un armario que tuvieron que desmontar; Elena le escucha hasta que frena en un semáforo.

Amplía entonces las últimas palabras del lápiz.

«80 cm». Al reanudar la marcha, baja el teléfono y sujeta la caja con las rodillas.

En Ayala hay que apartar la mesa pequeña para hacer sitio al baúl. Lo dejan junto a la pared. Elena paga los portes, cierra la puerta y permanece un rato sin quitarse el abrigo. El piso parece más estrecho; para llegar a la cocina debe rodear una esquina de madera que ayer no estaba allí.

Después lleva los objetos a la mesa del salón.

Coloca el espejo en su apoyo y la fotografía contra el soporte del mango.

La bombilla ilumina el papel con facilidad; sobre la cara gris del metal no gana nada.

Las tomas de hoy servirán para dejar constancia, pero necesita otras mejores para la ficha.

Mañana tendrá luz por el balcón, que da al sureste.

Comprueba que no haya nada al borde de la mesa. Enchufa el teléfono, abre la alarma y pone las nueve.