El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Legado de cosa específica #2
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Legado de cosa específica #2

La casa de subastas devuelve el informe de la bandeja con una pregunta. «¿Podemos decir íntegra a efectos comerciales?» Elena copia la frase sobre las reposiciones, la pega en el correo y la envía. Esa tarde no recibe respuesta. Tiene que recordarles, por separado, el número de su factura.

Nuria llama desde Bilbao cuando su hija está en el autobús. Elena se sujeta a una barra con el antebrazo y contesta con la otra mano.

—¿Has comido?

—Sí.

—¿Qué?

El autobús frena. Una bolsa le golpea la rodilla.

—Un bocadillo.

—¿Y dentro?

—Mamá.

—El pan también se puede cerrar vacío.

Elena se ríe. La mujer de la bolsa la mira y ella se aparta un poco para dejarla pasar. Hablan del frío, de una vecina a la que han operado y del ascensor de la casa de Nuria. Su madre se guarda la pregunta sobre Ignacio hasta que Elena está en la calle y ya puede caminar sin sujetarse.

—¿Tú cómo estás?

Elena ha llegado a un semáforo. Comprueba si lleva el pañuelo en el bolsillo del abrigo y lo aprieta sin sacarlo.

—Hoy me han pagado dos informes.

—Me alegro, hija.

La llamada sigue abierta mientras cambia el semáforo. Nuria no pregunta por los Silva. Elena le dice que comprará huevos y, al pasar junto al supermercado, entra para que sea verdad.

El veintisiete de enero, a las cinco menos diez, llega al palacete de la Castellana.

El vigilante le pide el documento de identidad.

Mientras lo busca en el bolso, un hombre atraviesa el vestíbulo hablando por el móvil; el vigilante le abre la puerta interior sin interrumpir la comprobación de los datos de Elena.

—Ya está. Segunda planta. Le están esperando.

En el ascensor ve que lleva un hilo pegado a la manga. Lo estira, pero no se desprende: sale de la costura. Se lo enrolla en el dedo y lo corta con los dientes. La puerta se abre antes de que pueda esconder el extremo.

La sala de los retratos huele a calefacción recién encendida.

El abogado ha puesto varias copias sobre la mesa, una delante de cada silla.

En la pared de detrás está el general, con el uniforme que Elena conoce desde niña y una mano apoyada sobre un sable.

Elena aparta una silla para sentarse. Desde allí, el abogado le tapa una parte del retrato.

Álvaro se acerca por su derecha.

—Prima.

Le da dos besos y le sostiene el codo al separarse. En la familia siempre la ha llamado así, aunque fue primo de su padre. Ahora tiene sesenta años cumplidos y el pelo blanco sobre las orejas; a Elena le faltan dieciséis días para cumplir treinta y cinco.

—¿Cómo vas con lo tuyo?

—Estoy catalogando en el Museo de América.

—Eso. Muy bien. Luego hablamos.

Leonor está al otro extremo de la mesa. No tiene papeles delante. Le pide al abogado que acerque la jarra a Elena antes de empezar y él se levanta para hacerlo, aunque Álvaro está junto a ella.

La primera página lleva en la parte superior las palabras COPIA SIMPLE.

Hay una fecha: diecisiete de noviembre de dos mil veintiuno.

Elena busca la última hoja, encuentra una reproducción de la firma del abuelo y vuelve al comienzo.

La firma tiene un descenso largo al final, como si el bolígrafo hubiera continuado cuando la mano ya quería dejarlo.

—Esto es una reunión de información —dice el abogado—. Quedan por completar los trámites y comprobar que esta es la última disposición.

Alguien pregunta por una fecha de pago. El abogado levanta un dedo.

—Vamos por orden.

Lee los nombres completos. El del abuelo requiere dos líneas.

El de Fernando va acompañado de una palabra que Elena subraya: premuerto.

No toca los apellidos. El abogado explica cómo la disposición atribuye a Elena, en la posición de su padre, dos tercios del paquete de acciones de Ignacio; el tercio restante corresponde a la Fundación.

Señala los anexos y advierte que la valoración, las cuentas y la adjudicación tendrán sus propios documentos.

Álvaro se inclina para mirar la copia de Elena.

—Es una buena base —dice—. Para que estés tranquila.

Su dedo descansa junto a la cifra. Ella mueve la hoja para leer la línea que tapa. Bajo la mesa tiene el bolso apretado entre los pies.

—¿Hay que firmar algo hoy?

—El recibí de esta copia, si la retiras. Nada de aceptación —responde el abogado.

El abogado añade que recibirán una propuesta para actualizar sus datos.

Una dirección para las comunicaciones, una cuenta, la persona a la que se autoriza a consultar.

Pone un formulario encima de los anexos.

Elena empieza por el domicilio y, al llegar a profesión, escribe «historiadora del arte».

El espacio es demasiado corto; las dos últimas palabras suben por el borde.

—Lo puedes poner más sencillo —dice Álvaro—. Investigadora.

—Ya está.

—Es para nuestra base de datos.

Ella le devuelve el formulario sin corregirlo.

En la mesa queda una hoja con los servicios que el Grupo ofrece a las familias de sus consejeros: asesoría, gestión de patrimonio, atención personal.

Una columna lleva el teléfono de quien organiza traslados y citas médicas.

Elena lo reconoce. Durante los últimos meses había llamado allí cada vez que quería cambiar una visita al abuelo.

Siempre le respondían con cortesía y otra hora disponible.

Dobla la hoja para guardarla. Álvaro se la señala.

—La tienes también en la aplicación.

—No me acuerdo de la contraseña.

Él suelta una risa breve, coge su teléfono y empieza a escribir a alguien. Elena le pide que lo deje, que ya lo hará ella, pero él ha enviado el mensaje.

Álvaro vuelve a su silla. Se sirve agua. El vaso deja un círculo alrededor de una palabra que Elena no alcanza a leer.

El abogado pasa a la cláusula siguiente.