El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Legado de cosa específica
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El reflejo de Oriente. El espejo Makyo

El reflejo de Oriente. El espejo Makyo

Por Manuel Marcos Aldon

© inepub.com

Legado de cosa específica

Cuando el teléfono empieza a vibrar, Elena está decidiendo cuánto de una bandeja sigue siendo la bandeja.

Las asas son posteriores. Uno de los pies también.

En las fotografías, la soldadura del borde izquierdo tiene un color distinto del resto, pero la casa de subastas quiere que escriba «pieza íntegra» y le ha enviado un segundo mensaje, más corto, con la palabra urgente.

La pantalla del móvil dice Dirección de Asuntos Corporativos.

Son las siete y veinte. En el cristal del balcón todavía se refleja la mesa: el ordenador, una taza, el cable blanco que cruza por encima de dos facturas. Elena deja el lápiz paralelo a la regla y contesta.

—¿Doña Elena de Silva?

—Sí.

La mujer se identifica con un nombre que Elena pierde al abrirse en el auricular el ruido de otra llamada. Luego dice que don Ignacio ha fallecido esa madrugada. Hace una pausa breve, suficiente para que Elena se quite las gafas y vuelva a ponérselas.

—¿A qué hora?

La mujer consulta algo. Se oye una tecla.

—A las cinco y cuarenta. Le acompaño en el sentimiento.

Elena apunta 5:40 en el margen del informe. Al lado quedan las palabras «reposición moderna». Apoya sobre ellas la base de la taza.

—¿Había alguien con él?

—Se ha avisado a todos los familiares. Recibirá la información del tanatorio por correo electrónico.

—Preguntaba si había alguien en la habitación.

Ahora la pausa dura más.

—Lo averiguo y la vuelvo a llamar.

La mujer explica el horario previsto, le pide que compruebe el correo no deseado y añade que el departamento está centralizando las confirmaciones. Elena tiene que darle una dirección electrónica. Empieza a dictar la del museo, se detiene y dicta la suya. La mujer pregunta si puede hacer algo más.

—No me llame doña.

—Perdona.

Las dos permanecen un instante al teléfono, con el cambio de tratamiento entre ellas. Elena da las gracias y cuelga. No ha preguntado dónde está el abuelo. La luz de la pantalla sigue encendida sobre el informe; para apagarla tiene que pulsar justo encima del nombre del departamento.

En el mensaje que llega a las siete y veinticuatro hay un archivo adjunto.

Horas, direcciones, una indicación discreta de vestuario.

Elena lo descarga. Después quita la taza de la hoja y termina la frase de la bandeja: las sustituciones afectan a tres elementos y deben constar en la descripción.

Envía el informe sin usar la palabra íntegra.

La mujer llama de nuevo antes de las ocho.

—Estaba su cuidadora —dice—. Estuvo con él hasta el final.

Elena baja el volumen de la radio, aunque la radio lleva toda la mañana apagada.

—¿Sabe cómo se llama?

—No. Eso no me lo han dicho.

El sábado compra el periódico en un quiosco a dos calles de casa. El hombre le ofrece una bolsa porque el papel se está humedeciendo con la niebla baja. Ella dice que no y lo lleva bajo el brazo, pegado al abrigo. Al abrirlo sobre la mesa, una esquina del suplemento se queda adherida a la manga.

La esquela ocupa una página. La cruz está tan arriba que Elena tarda en verla. Reconoce primero los apellidos y, más abajo, su nombre.

IGNACIO DE SILVA ARIZMENDI

Falleció en Madrid el día 9 de enero de 2026.

Su hermana, Leonor; sus sobrinos; su nieta, Elena; demás familiares y personas que le quisieron ruegan una oración por su alma.

Hay otros nombres, cargos y siglas bajo la relación de la familia.

El abuelo pertenecía todavía, al morir, a dos patronatos de los que Elena no ha oído hablar.

Busca el nombre de Fernando. Vuelve a leer desde arriba.

Su padre, muerto seis años antes, no aparece; ella ha quedado escrita en el hueco que correspondería a los hijos.

Pone la regla de acero junto a la columna y pasa el filo de un cúter despacio. El papel, blando por la humedad, se abre mal en la esquina inferior. Elena detiene la mano antes de arrancarlo. Cambia la hoja del cúter, sostiene la esquina con la uña y termina el corte.

En el ordenador busca una fotografía del abuelo.

Tiene varias tomadas en la misma comida: Ignacio mirando hacia otra persona, Ignacio con los ojos cerrados, Ignacio desenfocado detrás de una botella.

En una se le ve la mano sobre la muñeca de Fernando.

Elena la amplía hasta que los dedos pierden contorno. No la imprime.

Abre una carpeta de cartón que compró el mes anterior para los análisis del abuelo. Había escrito en la pestaña «Ignacio». Como los análisis se enviaban a otras personas, la carpeta no contiene nada. Coloca dentro la esquela y dobla hacia abajo la pequeña fibra que ha quedado suelta en el borde.

El lunes, en la Almudena, una de las mujeres que acompaña al grupo ofrece caramelos de eucalipto.

Los lleva en un bolsillo de terciopelo y se cambia la bolsa de una mano a otra después de que todos han rechazado el primero.

Elena acepta dos. Guarda uno; el otro se pega al guante cuando intenta quitarle el papel.

El panteón tiene una puerta baja. Quienes entran deben inclinar la cabeza antes de poder erguirse ante los nombres.

Carlos de Silva y Alcázar está en letras de bronce, en una placa sobre el mármol de 1931.

General de brigada. 1857–1931. Debajo hay un espacio reservado que Elena recuerda más claro; la piedra nueva lo ha igualado todo con una precisión que molesta a los ojos.

Los dedos de su mano derecha se mueven dentro del guante, contra el muslo. Carlos. Otro Carlos. Ignacio. Fernando. El pulgar queda separado de los demás y Elena lo aprieta hasta que la costura tira.

—Por aquí, por favor.

Un empleado del cementerio pide paso. Lleva barro en el borde de los zapatos y una carpeta cubierta con plástico. Álvaro retrocede, aparta a una persona con la mano abierta y consigue que todos parezcan haberse movido por su propia voluntad. A Elena le deja el lugar junto a la puerta.

Leonor llega del brazo de su hijo. El abrigo le cubre las rodillas y uno de los botones está cosido con hilo de un tono más claro.

Álvaro le ofrece entrar; ella mira el escalón, mide con el pie la altura y se queda fuera.

Saluda a dos hombres por sus nombres. Luego se vuelve hacia una mujer que espera detrás de los demás, con un bolso pequeño sostenido entre las dos manos.

—Teresita. Gracias por venir.

La mujer inclina la cabeza. Leonor suelta el brazo de Álvaro para cogerle una mano y se la mantiene entre las suyas mientras le dice algo que Elena no alcanza a oír. Teresita asiente, intenta hablar, vuelve a asentir. Tiene las uñas sin pintar y una marca estrecha donde suele llevar una alianza.

Al salir, Elena espera junto a ella. Álvaro se ha llevado a Leonor hasta el coche y el grupo empieza a dividirse según las plazas disponibles.

—Soy Elena.

—Ya sé. Su abuelo tenía una foto.

—¿Estuvo usted con él?

Teresita mira hacia el panteón.

—Pidió que levantara la persiana. Pero era de noche. Se la levanté un poco.

Elena saca el caramelo del bolsillo y se lo ofrece. El papel está abierto por un extremo. Va a retirarlo, pero Teresita lo acepta y termina de desenvolverlo.

—Gracias.

—¿Le llevo a algún sitio?

La cuidadora señala a una mujer que espera más allá de los coches. Antes de irse, busca algo en el bolso. Es un pañuelo de tela, planchado y doblado en un cuadrado muy pequeño.

—Este se quedó en el abrigo que me llevé a lavar. No sabía a quién dárselo.

Tiene una I bordada en una esquina. Elena lo recibe con las dos manos. Teresita ya se ha vuelto cuando ella encuentra una pregunta que no sea sobre la última noche.

—¿Tomaba todavía el café con canela?

—Decía que no quería. Después me pedía del mío.

La mujer sonríe y se va hacia su amiga. Elena guarda el pañuelo en el bolsillo donde estuvo el caramelo. Al sacar la mano le sigue adherida una tira de papel transparente.

El trabajo en el museo le ocupa los días siguientes de un modo que puede escribirse en casillas.

Llegada, salida, número de pieza, imágenes pendientes.

Está en el segundo mes de un contrato de seis.

En la mesa de examen le esperan las escenas de una conquista pintada sobre tabla y atravesada por fragmentos de concha.

Cuando acerca la lámpara, un caballo pierde el blanco del lomo y una manga se enciende.

Si cambia de lugar, vuelven a ser pintura.

Su compañera sostiene el cable para que no roce el marco.

—¿Aquí?

—Un poco más abajo.

La luz descubre un levantamiento en el borde. Elena levanta un dedo y las dos se quedan quietas. Su compañera apaga la lámpara antes de que ella se lo pida.

Al día siguiente vuelve a la misma tabla.

Su compañera ha dejado una fotografía ampliada junto a la ficha antigua.

Donde antes se describía una laguna hay una figura diminuta: una persona lleva un bulto a la espalda, detrás de los hombres a caballo.

Se distingue mejor en la fotografía que mirando la pintura. Elena compara ambas y anota el cambio.

—¿Había estado siempre? —pregunta la compañera.

—En esta foto de los noventa también está.

—Pues alguien no lo vio.

Elena acerca la lupa. El bulto es más grande que el cuerpo que lo sostiene.

La cara apenas ocupa un punto oscuro. Busca en la ficha un lugar donde describirlo sin convertirlo en lo que todavía no puede asegurar.

Su compañera sale a atender una llamada y la deja con la tabla, las dos fotografías y la palabra «porteador» sin escribir.

A mediodía, Elena continúa con las fichas en el despacho compartido.

El ordenador solo funciona conectado: ha hecho retirar la batería y ha aplazado la compra de otra.

Necesita una mesa cerca del enchufe, así que come allí un bocadillo envuelto en papel de aluminio, con el expediente cerrado y desplazado hasta el otro extremo.

La grasa deja en la yema del índice un brillo que tarda en irse incluso después de lavarse las manos.