El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Legado de cosa específica #3
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Legado de cosa específica #3

SEGUNDA. — Lega a su nieta DOÑA ELENA DE SILVA AGUIRRE, hija de su hijo premuerto don Fernando, el baúl de Saigón, que trajo en 1975, con todo lo que contiene, ordenando a su albacea que le sea entregado sin dilación y sin inventario previo de su contenido.

Elena no subraya la ciudad. Traza una línea bajo 1975.

Álvaro sonríe. Conserva la sonrisa mientras busca en el anexo la referencia del paquete de acciones. Uno de los presentes pregunta si el baúl tiene valor y el abogado repite las últimas palabras de la cláusula, esta vez sin la entonación de lectura. Leonor acerca su vaso al borde de la mesa.

—Ignacio lo dejó dicho.

El abogado recoge una hoja que se le ha caído. Elena tiene la mano sobre el año, pero la cifra se sigue viendo entre los dedos.

En el verano de 2000 el baúl estaba bajo la ventana del despacho.

Elena tenía nueve años y cabía entre su costado y la pared, con las rodillas dobladas.

Desde allí veía a su padre de cintura para abajo, los pantalones claros y una mancha que no llegaba a distinguir si era de tinta o de aceite.

El abuelo se sentaba en la tapa para atarse los zapatos.

La madera cedía bajo él y expulsaba un olor de naftalina mezclado con el humo del puro que había dejado en el cenicero.

Elena metió un dedo bajo la cantonera de latón. Estaba fría incluso en verano. La uña encontró una rebaba y tiró de ella hasta que su padre se agachó.

—Eso es del abuelo. Déjalo.

Fernando le sacó la mano sin darle un tirón. Le miró la yema por si se había cortado y la limpió con el pulgar. Detrás, el abuelo buscaba el segundo zapato con la punta del primero.

El papel que le acerca el abogado roza el borde de su mano. Elena aparta los dedos de 1975. Lee el recibí completo antes de firmar.

Al salir, Álvaro la alcanza junto al ascensor.

—Si necesitas algo mientras arreglamos los papeles, me dices.

—Necesito hablar con el albacea.

—Claro. Pero decía por ti.

Le ofrece el móvil para enseñarle un número que ella ya tiene. Elena lo anota otra vez. Álvaro espera a que termine y pulsa el botón del ascensor con el nudillo. Cuando la puerta se abre, se queda fuera.

La abogada llega a Ayala después de las nueve.

Trae una carpeta dentro de una bolsa de tela y dos mandarinas en el bolsillo.

Se llama Marisa Otero; una compañera de la universidad le dio su teléfono a Elena cuando murió Fernando.

Lleva sucesiones en un despacho de Bravo Murillo y, antes de empezar, deja la minuta boca arriba al lado del testamento.

—Trescientos. Me los puedes pagar en tres veces.

—Hoy me ha ofrecido dinero Álvaro.

—¿Has cogido algo?

—No.

Marisa se sienta. Elena le ofrece té, café, una tortilla que ha quedado de la cena. La abogada elige la tortilla y desplaza los papeles antes de que ella ponga el plato.

Lee despacio. No vuelve ninguna hoja sin haber pasado el dedo por el pie de página. Elena espera al otro lado de la mesa con los codos recogidos para no tocar la copia.

—¿Era una lectura del testamento?

—Era una reunión de tu familia sobre una copia que tenía tu abuelo. Todavía hay que acreditar cuál es el último testamento.

—Me han dicho que firmara.

Marisa mira el recibí.

—Has firmado que te llevabas estos papeles.

Separa de la carpeta una impresión del Código Civil. Marca dos números: 882 y 885. No le lee los artículos enteros.

—Esto permite distinguir dos cosas. Si ese baúl era suyo y este es el testamento que rige, el legado tiene un efecto desde la muerte. Pero tú no vas, lo coges y te lo llevas. Pides la entrega a quien pueda hacerla. Aquí ha nombrado albacea y le ha dado la orden.

—¿Y tengo que esperar a las acciones?

—Podemos pedir que se tramite el legado por separado. Antes, comprobamos los documentos.

Elena pone el lápiz sobre el año subrayado. Marisa mira el calendario del móvil.

—El certificado de últimas voluntades no se puede solicitar todavía. Hay que dejar transcurrir quince días hábiles. El viernes treinta se cumple el decimoquinto; el lunes dos lo pedimos. No te prometo cuándo lo expiden.

—¿Entonces esta tarde?

Marisa se acaba el trozo de tortilla que tiene en el tenedor.

—Esta tarde querían verte sentada allí.

Elena recoge el plato. Al llevarlo al fregadero, se le cae el cuchillo. Las dos esperan a que termine de vibrar contra el acero.

Escribe el correo al albacea a las once y diez. Pide la entrega del baúl con su contenido una vez comprobada la documentación necesaria. Borra una frase en la que explicaba por qué lo quiere. Marisa, de pie, con el abrigo puesto, repasa el mensaje sin tocar el teclado.

—Así está bien.

Cuando se queda sola, Elena lava el plato y abre la ventana de la cocina. En el patio alguien está batiendo una alfombra a una hora imposible; tres golpes separados, una pausa, otros dos. Vuelve a la mesa y coloca la minuta debajo de la esquela. En la carpeta ya no cabe todo plano.

A las once y cuarenta entra la respuesta. El albacea acusa recibo, dice que se ocupará de las comprobaciones y propone una cita. Elena la copia en una página limpia. Escribe primero el lugar, después la hora. Debajo, con el lápiz que usó para la bandeja, el diez de febrero.